Y otra vez para no olvidar

Post thumbnailEl primer transporte de prisioneros a Auschwitz en la estación de Tarnów. (14 de junio de 1940) - Foto: Wikipedia - Dominio Público
Y una mano huesuda que no quería dejar la cuchara de madera para no romper su último vínculo con la existencia (Boris Pahor, Necrópolis)

El mayor de los estruendos es el silencio, esas palabras que están ahí, anudadas en las gargantas de los sobrevivientes que no es que no saben qué decir, sino que no hay palabras para decir, contar ese horror, de no oírse decir y que ese eco les retorne en el recuerdo ominoso que quieren, pero no deben olvidar.

Tomo las palabras de Boris Pahor que como sobreviviente nos va a decir: “esto significa que estaba casi satisfecho al saber que nuestro mundo del campo de concentración es intransmisible….y que realmente el ritmo con que despierta la conciencia humana es desesperadamente vago”. Vago o negador diría yo, de eso el testigo no quiere saber y ataca con la pronta respuesta “otra vez hablando de lo mismo, que pesada, eso ya es pasado!”. Pero aquello que se niega, se olvida, es la mejor forma de invitar a su repetición porque los muertos claman por su deuda, por hacer justicia, porque su muerte no haya sido en vano, de ahí que esa masacre sea nominada de Lesa Humanidad.

Y nosotros, hijos de esa barbarie basculamos desde poner una mirada sin velos, sensible, dura, a optar por su contrario, el de sostener un gesto de suma ingenuidad al extremo de parecer tontos en algunas ocasiones, de ser demasiado confiados y apostar a la buena voluntad del otro, posiblemente como una forma de seguir creyendo en los humanos, como una creencia a que no todo esta perdido, y que aún queda un dejo de humanidad en las antípodas de la barbarie.

Entonces, ese silencio ensordecedor, un gesto venido de mis padres debido a una excesiva protección a “su nena”, que no se entere de esas atrocidades, de no saber cómo explicarle por qué no tiene familia,  tios, primos, abuelos, hermanos, efecto de haber alimentado a esa enorme boca de hierro de los hornos crematorios. Pero tanto silencio, tanta desinformación puede tener su lado adverso, hacer de que “esa nena” siga creciendo en un mundo irreal, de bondades ficticias sin tener las herramientas para defenderse de las fieras humanas, que por cierto abundan, y de creer en sus palabras sin cuestionar que a veces encierran segundas intenciones para nada santas ni verdaderas.

Entonces, una y otra vez escribo sobre lo mismo, la Shoá, la mía, la personal, acerca de las marcas que han dejado dentro mío la historia del Silencio. Y no tan sólo leo con la vista sino que todo mi cuerpo lee, y es con mis entrañas que trato de asimilar, digerir tanto Mal, si esto es posible, ¿es posible? No, porque digerirlo sería sinónimo de minimizarlo, olvidarlo, maquillarlo y hacerlo pasado.

En cada hogar de hijos de sobrevivientes eso nunca fue olvidado, su presencia se hacía sentir en cada detalle, “cómo dejas la comida, si nosotros hubiermos tenido un plato de sopa…”. Y la frase doliente, sentida y llena de culpa de mi padre acerca de su hermano menor que nunca pudo pronunciar su nombre y que hasta la fecha todos sus muertos son fantasmas sin nombre para mí. Y eso dicho de manera constante y repetitiva hasta el día de su muerte era “¿por qué lo dejé ir?”, pronunciado en idish y que me llevó una vida desentrañar su significado. ¿Ir a dónde?. De vuelta a la casa paterna en Wolomin, Polonia, siendo que mis padres junto a los hermanos menores de mi mamá a su cargo estaban por subir a un tren camino al Este, tomando distancia de una Polonia invadida por Hitler el 1 de septiembre de 1939. Qué los hizo tomar esa decisión, nunca me lo explicaron, pero fue esa intuición la que les salvó la vida. Toda la familia Rubin, cuando digo toda, es toda, dado que en Wolomín pareciera que todos se llamaban Rubin, fueron masacrados en Auschwitz. Mis abuelos, cuatro hermanos de mi papá, los mellizos del hermano mayor, una nena y un varón, tíos, primos, cuñadas, en fin, toda mi familia paterna. Debido a ello la pregunta doliente, culposa, desgarradora de “por qué lo dejé “. Y mi respuesta fue siempre la misma: “porque vos no sabías”. Nadie sabía cuál habría de ser la decisión correcta que haría a la división trascendental entre la vida y la muerte en esa simple e ingenua decisión de tomar o no un tren camino a Rusia.

En los campos rusos se pasaba hambre y frío, pero no había cámaras de gas, ni experimentos con humanos, ni masacres a mansalva, era un horror más atenuado, menos malicioso, ni sádico como en el de los nazis.

De toda esa familia numerosa quien sólo resistió al mal trato de Auschwitz fue mi tío Raphael, cinco años menor que mi papa que fue parte de los deportados allí con el resto de sus hermanos y padres, pero que por suerte sobrevivió y que fue enviado a los EEUU junto a su esposa también sobreviviente, ese era el “privilegio” que daban los americanos a los pobres desahuciados de los campos de concentración. Fue de oficio sastre, tuvo dos hijos varones, y llegué a conocerlo en un viaje a NY junto con mi familia. Cuando lo ví fue tal el impacto que me produjo que lo primero que pensé fue, “si pierdo a mi papá a él no lo quisiera volver a ver, dado que son un calco uno del otro. “Pero la vida quiso que él falleciera unos meses antes que mi papá a la edad de 70 años debido a las secuelas que le dejó el campo de concentración , una afección pulmonar irreversible, y mi papá al poco tiempo con 76 años recién cumplidos. Después de su muerte no tuve más contacto con mis primos Rubin americanos, ningún interés por parte de ellos de hacer un vínculo, un lazo familiar con su prima “sudaca”, amen de que tenemos una gran brecha cultural, yo toda una “intelectual”, ellos, uno maneja un taxi, el otro es cartero, usufructuando de la cuantiosa herencia de sus padres que trabajaron mucho ganando una gran suma de dólares a diferencia de los míos, que si bien se deslomaron trabajando honestamente, pero esto es Argentina, y no hace falta que dé más explicaciones. Atesoro el patrimonio  que porto en mi cabeza efecto de mucho estudio y que fue el mandato familiar: “Belita, no entres en la fábrica de pulloveres, tu trabajo es estudiar”. Y yo acaté el mandato y ese ha sido su mejor legado y que lo he transmitido a mis hijas. Lo que se atesora en “la cabeza” nadie te lo puede robar amén de que es transportable como buenos judíos errantes que somos.

Y esa historia ha hecho que siempre me diferenciara de los que me rodean. La culpa la tiene esa maldita “mirada”, ese posarse en los pequeños detalles que pareciera que son invisibles e indiferentes a los demás. Esa captación del sufriente, del marginado, del perrito abandonado, de la mirada suplicante del niño triste y andrajoso pidiendo una hogaza de pan, tratándome de imaginar en todos ellos, los vistos por mí,  el hambre y la mugre en los campos de concentración, frente a la mirada indolente, indiferente e invisible, banalizada diríamos, en cuanto a sus carceleros nazis y asesinos.

Es Boris Pahor, que como sobreviviente directo de esa maldad pudo poner palabras más precisas a lo que quiero explicar dado que hace a un abismo en cuanto a ser hija de sobrevivientes a haber sido víctima directa de ese horror. Dice: “es una quimera intolerable que confunde dentro de mi el pasado con el presente, pero no deja de ser cierto que hay momentos en los cuales el hombre emite un fluido invisible y fuerte que los demás perciben como la presencia de algo ajeno, extraordinario, que les sacude como un barco que topa con una ola inesperada”. Y puedo dar crédito de esa sensación extraña que a veces produzco en los otros y que me evitan, no sea cosa que otra vez los moleste hablando de la Shoá. Y no importa cuánto digas o no, siempre quedas recluido en tu propia soledad, en esa historia que pasa a ser improferible de mi lado, no queriendo ser oída por el otro. Y es así como se recrudece la orfandad de vínculos y la historia sigue siendo un acontecimiento individual, solitario, dado que para esos otros es tan sólo un hecho histórico que ya es pasado entonces, “Ufa! Basta de tanto relato repetitivo”.

¿Es pasado? Hoy estamos frente a una pandemia inédita, donde el enfermo que la padece muere en soledad, aturdido de tanto silencio  que hace eco una y otra vez en su propio vacío al cual se ha reducido su vida. Y este sufrimiento en soledad ya lo vimos padecer en los recluidos en Auschwitz, y cómo esa soledad silenciosa incluso se hubo de prolongar una vez rescatados, aquellos que han tenido la suerte de sobrevivir. Igualmente sus vidas nunca habrían de volver a ser las mismas a cómo fueran antes de ese encarcelamiento injusto, inhumano, arrancados de sus nombres, tatuados cual bestias y arropados cual cebras uniformadas. Entonces, mirar sin ver que frente a ellos hay seres humanos y no tan sólo restos, deshechos, bacilos, nadas que hablan, seres inexistentes, mudos.

El silencio entonces es un homenaje al exterminio que al no decir se lo eterniza puesto que contar, elaborar, es una forma de olvidar, de poner punto final. De la misma forma que ponemos en el monumento, en la estatua la responsabilidad del recuerdo en tanto que del lado de los pueblos acontece el olvido, total es la piedra la que conmemora por nosotros. ¿Será entonces que debido a ello que hoy en día se da la instalación con objetos efímeros y perecederos, una nueva forma de arte que inquieta porque desaparece y no se establece como un recuerdo para la eternidad? De esta manera, hace de cada uno ser responsable de la transmisión, de contar el relato no como un mero hecho histórico desafectivizado, de cifras y de fechas, sino entender que fue la barbarie nazi la que nos dejó un nuevo modelo de obrar, inédito, horroroso, banalizando el sufrimiento de todo aquel que no fuera pensado como un ario puro, ya sea judío, gitano o negro, estableciendo de allí en más un nuevo Paradigma de Mal, y ese nuevo paradigma lo podemos leer como un nuevo acontecimiento de ambas partes. Los nazis se permitieron aplicar todo tipo de atrocidades dado que no recibían ningún castigo a cambio, sino más bien parecían héroes, con ese tan mentado lema “haga Patria, mate un judío”. Pero en cuanto a los hacinados en los campos de concentración también se descubrieron a ellos mismo sin reconocerse. Todo acervo cultural había quedado olvidado, enterrado, puesto que la prioridad estaba puesta en tener que sobrevivir y para tener una cierta posibilidad para ello la condición era “la eliminación de todas las imágenes que no pertenecen al reino del Mal” en las palabras de Boris Pahor nuevamente. Difícil de entender que el Mal pasa a ser un valor para sostener la propia vida, es poner el acento en la pulsión de muerte como guardiana del sujeto dado que ni bien bajara la guardia, es la maldad del otro la que se lo tragaría. Unos fueron malos por convicción, nos referimos a los nazis, otros por necesidad de existencia, de robar una hogaza de pan, de hacer un trabajo menos forzoso, de no salir a la intemperie, aquí la conmiseración o la bondad era sinónimo de la propia muerte, aunque no siempre hubo de ser así y encontramos testimonios de sobrevivientes que fueron excepcionales en cuanto a la camaradería y la solidaridad.

El tema no está ni acabado y menos aún agotado, nos pone a nosotros los psicoanalistas y más aún si somos hijos de sobrevivientes, frente a la deuda de volver a revisar el alma humana en su vertiente más profunda, más silenciosa cuando tiene que apelar a la pulsión de muerte para poder sobrevivir a costa de tener que aplicar el mal como una nueva forma de existencia, y si sobrevive, poder cargar con esa culpa silenciosa entonces, de por vida.