Vencer el pesimismo

Post thumbnailBanco Central de Israel
A finales de agosto de este año, el Banco de Israel, a través de su Departamento de Investigación, publicó los resultados de sus pronósticos sobre el comportamiento de la economía, a raíz de la crisis sanitaria del Coronavirus y de las medidas tomadas en su momento para combatirla. En ese pronóstico se distinguen dos escenarios, llamados respectivamente optimista y pesimista.

El escenario optimista supone que se alcanza a controlar el nivel de morbilidad de la epidemia, de modo que no sería necesario adoptar medidas adicionales a las presentes (de cuando se realizó el ejercicio: agosto 2020). Por su parte, el escenario pesimista supone que el control sobre los niveles de morbilidad es bajo (ese es el eufemismo que se utiliza en el Informe), de tal manera que la actividad económica se enlentece como resultado de restricciones adicionales, llegando hasta un severo cierre.

La realidad actual de la pandemia en Israel nos sitúa en el ámbito del escenario pesimista. Los niveles de morbilidad son de los más altos en la comparación internacional y las recientes directivas del gobierno incluyen un prolongado cierre poblacional, educativo y económico, que conllevan inevitablemente costos muy altos. Así, ese escenario estima una caída del PIB de 7% para este año y una recuperación de 3% para 2021 (insuficiente para retomar los niveles del PIB previos a la crisis); el desempleo se situaría en un entorno del 14% a finales de 2020 y se mantendría en el orden del 12% para fines del 2021.  El déficit público también se dispara en el escenario pesimista: se estima que ese déficit ascendería a 14.6% del PIB a fines del 2020 y se  mantendría en 12% a finales del 2021 (recuérdese que al finalizar el año 2019, un déficit cercano al 4% era considerado demasiado alto)

La reconstrucción de la economía que queda por delante, de materializarse escenarios similares al construido por el Banco de Israel, será notoriamente difícil; y más aún si el vacío político que caracteriza al Israel actual se mantiene una vez superada esta pandemia. Porque lo que se desenvuelve por detrás de la frialdad de las estadísticas  es el fantasma de la pobreza, las dificultades para atender a las necesidades personales y familiares, las pérdidas de autoestima y los dramas sociales que lo acompañan, así como una muy nebulosa visión de futuro. Y en Israel ello viene acompañado del aumento de la desesperanza y del descreimiento en las instituciones (aunque la continuidad de las manifestaciones reclamando un cambio en la cúspide del gobierno o más directamente exigiendo la salida del actual Primer Ministro permite entrever cierta claridad en medio de tanta obscuridad, pese a las directivas gubernamentales dirigidas precisamente a coartar esas manifestaciones más que a combatir la epidemia).

A esta altura de los acontecimientos es difícil evaluar con precisión -o al menos en términos tendenciales- la presión económica a la que están sujetos diferentes sectores de la población. En ese sentido, el golpe inicial más fuerte lo constituyó el súbito aumento del desempleo, como resultado del cierre inicial de la mayor parte de las actividades económicas, y que alcanzó en el mes de abril a casi un 30% del total de ocupados en el mes de enero, de acuerdo a las cifras de la Oficina Central de Estadística. Es decir, poco más de un millón de personas pasaron a estar desempleadas en ese período, sea por despidos, sea por licencias sin goce de sueldo, cierre de actividades, etc. en comparación con un desempleo 10 veces menor en los meses anteriores a la crisis. En julio/agosto la desocupación causada por el Coronavirus se había reducido, pero seguía ascendiendo  a poco más de 300.000 trabajadores.

Mientras tanto, el Seguro Nacional informa que en los meses de marzo, abril y mayo se produjeron las mayores cifras de personas cubiertas por el seguro de desempleo (832.000, 942.000 y 838.000 respectivamente, cuando  los valores  registrados el año anterior se situaron en orden de las 65.000 personas). En julio de este año la Knéset aprobó una extensión de la cobertura por desempleo hasta junio del 2021, incluyendo autoempleados  y empresas con problemas .El conjunto de estas medidas, más otras  que se han ido tomando con el desenvolvimiento de  la pandemia, habrían actuado para mantener la capacidad de demanda necesaria para cubrir la desaparición o disminución temporal de los ingresos laborales de una gran parte de la población, pero no son sino paliativos para importantes sectores -mayoritariamente haredim y árabes-israelíes- que ya antes de esta crisis se encontraban por debajo de la línea de pobreza y requerían del apoyo público -y también de la caridad privada.

En efecto, no sabemos si los niveles de pobreza, que seguramente han aumentado durante la pandemia (aunque no se cuenta aún con informaciones sistemáticas  que lo confirmen),  han podido ser de alguna manera atendidos - al menos  parcialmente-  con el tipo de medidas mencionadas más arriba. Y es altamente probable que se haya ido generando una categoría de “nuevos pobres”, como producto de la caída en la pobreza de sectores poblacionales previamente no afectados por ella. En todo caso, es preciso tener muy presente estas situaciones, porque a la salida de esta crisis sanitaria, la atención a las mismas debería constituir una importante prioridad política, so pena de profundizar más aún las brechas sociales existentes.  Porque si bien la economía israelí cuenta con bases relativamente sólidas, un desafío central que ésta enfrentará apenas se vayan diluyendo los peligros de la pandemia será el de retomar su crecimiento con la pesada carga que implicará la gestión del elevado déficit público acumulado en este período. Y la eventual carencia de cambios en el modelo económico vigente llevaría a distribuir injustamente esa carga, sacrificando el gasto social en aras de una mayor “eficiencia” económica y de una mejor “calificación” en el grado de inversión.

Lo anterior viene a cuento porque en el ambiente público parece vivirse en dos realidades diferentes. Por un lado, la permanencia -y reciente incremento- de la pandemia, alimentada por la directivas de un segundo y estricto cierre, después de las idas y vueltas a las que este gobierno nos ha ido sometiendo, ha ido incrementando ciertos estados de histeria -que nuestro Primer Ministro ha sabido y sabe manejar tan hábilmente- y que llevan en ocasiones a malentender una situación sanitaria ya de por sí bastante riesgosa, aunque no insuperable. Por el otro lado, continúan y se expanden las manifestaciones de oposición a Benjamín Netanyahu, que de alguna manera expresan un estado de ánimo propicio a la defensa de principios democráticos. Pero de alguna manera también, y quizás como una consecuencia (¿querida, no querida?)  de esa oposición, lo que se constata es un trasiego de apoyos de la derecha hacia la derecha, del Likud al partido de Neftali Bennet. Y no nos engañemos. La continuidad de ese proceso podría llevarnos a un gobierno empeñado en imponer su “soberanía” sobre los territorios, en aras de una visión mesiánica “modernizada” por la alta tecnología. En ambas realidades está sumergida la sociedad israelí; y remontarlas, para vencer el pesimismo, para reencontrarse con las promesas que se estamparon cuando la creación del Estado, no será fácil aunque necesario.