Parashat Reé Aurora

Post thumbnailUna escena de Ibn Ezra practicando Astrología con un manuscrito árabe sostenido por los hombres que lo flanquean a ambos lados - Foto: Wikipedia - Dominio Público
¿Cómo acercarnos a nuestro padre celestial?

Los espléndidos conceptos de nuestra parashá pueden aplicarse sobre todos los mandamientos de la Torá. Todas las mitzvot realzan la dignidad del judío como ser humano; refuerzan nuestra identidad y la dotan de una gracia particular. Existe una obligación puramente espiritual que cada individuo le debe a su Creador y el primero es sentirlo como Padre.

Los paganos de la antigüedad se cortaban la carne hasta hacerla sangrar como señal de dolor, y por ello, la Torá en nuestra parashá nos dice (Devarim 14: 1), "lo titgodedu", - No os haréis incisión ni tonsura por un muerto-, y a diferencia de otras mitzvot, nos dice la causa: "Hijos sois de .A. vuestro Dios" y porque "Sois pueblo santo a .A. tu Dios".

Rashí explica que por ser hijos del Creador, debemos cuidar la estética de nuestros cuerpos en todas las circunstancias. Abraham Ibn Ezra, nos dice que como sois hijos y gozáis de un amor ilimitado, no llevéis a cabo ese tipo de protestas o reparos porque son resultado de la 'incomprensión de párvulos' a las acciones de los adultos.

El rabino Yosef Bejor Shor, nos enseña: No es apropiado para un miembro de un pueblo venerable, aceptar tal desfiguración; todo individuo debe recordar que es un hijo de Dios. Por lo tanto, incluso si esa persona sufre una soledad insoportable porque lamenta la pérdida de un padre u otro familiar, esa persona debe reconocer que la soledad nunca es absoluta, porque es un hijo de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, además de ser judíamente digno, el duelo debe atenuarse con el conocimiento de que la humanidad nunca está sola mientras Dios esté allí.

Los paganos que pese a que tenían muchos dioses, no encontraban en ellos una relación personal, expresaban sus pérdidas personales con total desconsuelo, porque no podían encontrar conforte, y por ello castigaban sus propios cuerpos quizás para reparar la culpa que sentían por la desaparición de sus queridos.

Nuestra situación no es para nada similar. La Torá no explica porque no debemos imitar ese ritual que para nosotros no tiene razón ni explicación.

El Zohar (Mishpatim, 97b-98a) se pregunta: ¿Quién es hijo del Santo? Cuando uno llega a los trece años se le llama "un hijo de la congregación de Israel"; y cuando tiene veinte años, si se lo merece por su obediencia a la Torá y los mandamientos, se le llama "un hijo del Santo". Y es por eso que está escrito: "Vosotros sois hijos del Señor vuestro Dios" (Devarim 14: 1).

Un judío no puede alcanzar la eminencia y la plenitud espirituales a menos que sea primero un hijo leal de Israel; y una vez que esa persona se ha convertido en un hijo recto, está en camino de ser un hijo de Dios.

Cuando este shabat consagremos el mes de Elul, en el que comenzaremos a recitar el capítulo 27 de Tehilim en medio de la pandemia que se cobra tantas víctimas de todas las naciones sin excepción, repetiremos lo que compuso el rey David, cuando habla de su confianza en Dios a pesar de todos los enemigos que lo acosan. Y en un versículo particularmente conmovedor clama: " Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, .A. me recogerá". Incluso, "no escondas tu rostro de mí. No apartes con ira a tu siervo; mi ayuda has sido. No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación".

Si decimos este salmo con devoción, podremos cumplir el gran e inefable potencial con el que fuimos creados: ser a la imagen de Dios y sabremos que no estamos ni estaremos solos tampoco en los peores momentos. Entonces, comprenderemos y podremos aplicar sin problema la norma de "lo titgodedu" porque tendremos elementos rituales y psicológicos para lidiar con la culpa, la angustia y la depresión que provoca el duelo.