Parashat Bereshit

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Nuevamente iniciamos y descubrimos... que

“Esa es la razón que el hombre fue creado en forma unipersonal para enseñarnos que quien destruye a una sola persona, la Torá lo considera como si destruyese un mundo entero. Y que aquél que salva una sola persona, la Torá lo considera salvador de todo un mundo. Y para enseñarnos la grandeza del Señor. En efecto, cuando el hombre funde muchas piezas con un sólo molde, todas se asemejan; D-os, en cambio, ha modelado al hombre a la efigie del primer hombre, empero, ninguno se parece a su prójimo” (Sanedrín 4:5).

Bereshit se lee después de jornadas de oración y reflexión, de alegrías y de cantos y bailes por el privilegio del goce en el estudio y no es de sorprender entonces que convoque a la nostalgia de épocas que fueron extremadamente creativas. En la añoranza propia que provoca la repetición, aparece un flash de la época en la que gozamos un año completo interpretando de cien maneras el Libro de los Libros. Fue un buen entrenamiento para sumergirnos en el inagotable mar de la parshanut, aún a riesgo de algunos naufragios.

Bereshit, el Libro Primero, es muy especial. Desarrolla a todo su largo una crónica de los conflictos entre los hermanos que fueron nuestros antepasados y que nos marcaron con sus virtudes y el recuerdo de sus errores, todos humanos, a veces hasta demasiado humanos. Al releer sus vidas, nos encontramos con tantos contrastes, que parecen pertenecernos, como si fueran parte de nuestra propia biografía.

En el principio, después de recorrer la creación del Universo, de los cielos y la tierra, la luz y la oscuridad, el mar y la tierra seca, los frutos y los animales, leemos: “Y Dios creó al Adán a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (1:27). Esta es la base del valor del ser humano, de su igualdad entre sí, de su semejanza y similaridad, y de su amor. Ya nos enseñó Rabí Akiva, “querido es el hombre que fue creado a Imagen”, derivando del versículo la prohibición del derramamiento de sangre, aún antes de la entrega de la Torá. Prohibición que sería infringida muy rápidamente.

En la discusión entre Rabí Akiva y Ben Azay acerca del principio más valioso de la Torá, si el “ama a tu prójimo como a ti mismo” de Vaikrá 19:18, y “Cuando Dios creó al ser humano, lo hizo a semejanza de Dios mismo. Los creó hombre y mujer” (5:1-2), Rabí Akiva considera que el amor es el máximo valor, pero Ben Azay eleva la igualdad por encima de cualquier otro valor. El tiempo hizo que el pueblo judío adoptara ambos principios como esenciales, y de ellos logró legislar infinidad de normas fundamentales. Si ofendes a un individuo no es a la persona a la que agravias, sino es a Dios mismo. Después de todo, los humanos no somos más ni menos que Imagen.

El "amarás a tu prójimo", no es una expresión teórica. Es una obligación hacia el otro precedida por una premisa, la obligación de amarse a uno mismo. Rabí Akiva fijó una limitación aparente (Baba Metzia 62 a), "tu vida precede a la de tu prójimo e Hilel la interpretó diciendo que "lo que odies no lo hagas a tu próximo" (Shabat 31a), porque es muy difícil aplicar positivamente una frase que parece declarativa.

Regresemos al tema de la Creación a Imagen. Aprendemos que todos fuimos creados siguiendo la Imagen. Los ricos y los necesitados, los fuertes y los débiles, por lo que no debemos intentar exclusiones. Esa es la fuente de los Derechos Humanos y de las obligaciones en el judaísmo. Estamos obligados a respetar los derechos, incluso cuando se trata de actitudes de nosotros con nosotros mismos. No tenemos derecho a declinar nuestra autodeterminación, como tampoco nosotros mismos tenemos el derecho de afectar a la Imagen que somos. Quien avergüence a una persona, deshonra a la Divinidad que está en contenida en ella. Así nos dice la mishná en Sanedrín 4:5, con el que encabezamos este comentario a Bereshit.