‘Never forget’ nota de Pilar Rahola

Post thumbnailPilar en la Marcha en Auschwitz - Foto: Pilar Rahola
Nadie retorna igual después de visitar Ausch­witz. Es un viaje a la oscuridad, un camino que conduce al infierno. Ausch­witz nos agarra el alma con sus fauces, nos devora, nos deja destruidos, enfrentados al horror que el ser humano puede albergar cuando se convierte en monstruo. Auschwitz es el vacío, la nada, el final de todo. O lo sería, si no nos salvara el desgarrado grito de la memoria.

Mañana se conmemorará el 75.º aniversario de la liberación del campo de exterminio más mortífero del Tercer Reich, el complejo Auschwitz-Birkenau, en cuyas cámaras de gas fueron asesinados más de un millón de seres humanos, la mayoría gaseados con el insecticida Zyklon B. Se cumplía así la solución final ideada por el nazismo para asesinar a toda la población judía­ ­europea, con una industria de la muerte que preveía todos los detalles del ­exterminio masivo.

Los crematorios, donde se podía matar a 2.500 personas por turno; los trenes que recorrían miles de kilómetros, abarrotados de judíos de Hungría, Polonia, Holanda, Francia, Italia…; niños, ancianos, familias enteras, obligados a estar de pie en los vagones durante días, sin comida, ni agua; muchos morían antes de llegar; la extensión de las vías del tren, al final de la guerra, para que los prisioneros llegaran directamente a los crematorios y se acelerara el ritmo del exterminio.

Y si en Ausch­witz morían más de un millón gaseados, otros millones morían de todas las maneras en que el mal puede matar: con ahogamientos masivos, atados en grupos y tirados al Danubio; en las salas de duchas de Treblinka, donde se les gaseaba con monóxido de carbono; en furgonetas con el tubo de escape redirigido hacia el interior en Chelm­­no; con inyecciones de veneno en el corazón, a centenares de niños del campo de Gusen; despeñados en las canteras en las que trabajaban, cuando caían agotados; con fusilamientos masivos, desnudos, después de cavar sus tumbas; con cámaras eléctricas en Belzec; a causa de terroríficos experimentos médicos; encerrados en iglesias y sinagogas, sin salida posible, a las que se prendía fuego o se les tiraban granadas por las ventanas; y si no, el hambre, las torturas…

Anna Frank: “No pienso en la miseria, sino en la belleza que aún permanece”

Y a pesar de todo…, Anna Frank: “No pienso en la miseria, sino en la belleza que aún permanece”.

Por la memoria de seis millones de seres humanos exterminados, nunca usemos el nombre del nazismo en vano. Nunca banalicemos el exterminio. Nunca olvidemos al monstruo totalitario. Nunca dejemos de luchar contra el antisemitismo. Nunca, nunca olvidemos a las víctimas.

Pilar Rahola
Fuente: La Vanguardia