La presidencia saudita del G20 prueba ser una bendición mixta

Post thumbnailEl ministro de Finanzas saudita Mohammed al-Jadaan habla durante una conferencia en Riad Foto: REUTERS/Ahmed Yosri
La presidencia de Arabia Saudita del Grupo de los Veinte (G20) está demostrando ser una bendición mixta. El país y el príncipe heredero Muhammad bin Salman vieron la presidencia del reino como una oportunidad para mostrar su liderazgo y capacidad para ser un visionario actor mundial. Pero los planes para deslumbrar al grupo y a la comunidad internacional con eventos glamorosos en los que funcionarios, expertos, analistas y representantes religiosos desarrollarían propuestas de soluciones de vanguardia para problemas globales en un momento de rivalidad geopolítica y maniobras por un nuevo orden mundial tuvieron que ser archivados como resultado de la pandemia de coronavirus y la peor recesión económica mundial desde la Segunda Guerra Mundial.

Los confinamientos y otras medidas de seguridad de salud pública, junto con el destripamiento de los viajes aéreos, significaron que numerosas reuniones preparatorias y sesiones de tormentas de ideas para el G20, presidido por Arabia Saudita, tuvieran que ser virtuales, reemplazando el glamour, la generosa hospitalidad y el profuso networking, con la esterilidad de las reuniones online. Por ejemplo, Riad había esperado que una cumbre interreligiosa de alto nivel en octubre, la primera en suelo saudí, cimentara su transición de un país austero e introspectivo que promovía el ultraconservadurismo religioso a uno que abraza los principios de tolerancia, pluralismo, y libertad de religión. La cumbre ahora tendrá que celebrarse online, aunque existe la posibilidad de que en la propia Arabia Saudita se celebre una reunión en la que participen algunas prominentes figuras religiosas no musulmanas.

El príncipe Muhammad pudo haber visto el reconocimiento de Israel, tras el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Estado judío y los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, como una forma de cambiar drásticamente las percepciones del reino en el enfoque de la cumbre del G20. Sin embargo, Arabia Saudita ha señalado hasta ahora que favorece la normalización, pero no se comprometerá con ella antes de que Israel resuelva sus diferencias con los palestinos sobre la base de una solución de dos Estados.

Esa decisión probablemente represente la inclinación del rey Salman más que la del príncipe heredero, pero podría anularse ahora que el candidato demócrata Joe Biden ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos del 2020. Arabia Saudita bien puede ver el reconocimiento de Israel antes de la cumbre del G20 como una forma de suavizar lo que de otro modo podría ser una relación problemática con la entrante administración.

Las ambiciones del príncipe Muhammad también se vieron empañadas por otros problemas, algunos de los cuales estaban fuera de su control, así como otros que él mismo había creado. La recesión económica y la caída del precio del petróleo arrojan una oscura sombra sobre Vision 2030, su audaz plan para transformar la sociedad y la economía sauditas. La incertidumbre en múltiples frentes, incluido el resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, la sutil presión china y rusa para reducir las tensiones entre el reino e Irán en un intento por modificar la arquitectura de seguridad del Golfo, y las múltiples rivalidades y conflictos regionales complicaron la proyección de Arabia Saudita como una brillante estrella en el horizonte internacional. También lo hicieron múltiples controversias que suscitaron inquietudes sobre su historial de derechos humanos y su adhesión al Estado de derecho.

La decisión de los Emiratos Árabes Unidos de forjar relaciones diplomáticas con Israel puso otro palo en la rueda. Destacó demandas contradictorias. Por un lado, estaba la necesidad de atender las necesidades políticas del presidente Trump, contrarrestar las críticas serias al reino en los corredores del poder de Estados Unidos y cubrir las apuestas sobre el resultado de las elecciones. Por otro lado, estaban las aspiraciones sauditas de un liderazgo indiscutible del mundo musulmán. Seguir los pasos de los Emiratos Árabes Unidos habría cambiado el panorama estadounidense desde una perspectiva saudí, pero también lo habría expuesto a una ola de críticas del mundo musulmán, particularmente de sus votantes no árabes.

La ausencia de una secretaría internacional ofrece al presidente rotatorio del G20 una oportunidad única de un año para dar forma a la agenda global, así como a la de las economías más grandes del mundo. La presidencia de Arabia Saudita en 2020 tenía el potencial de dar al reino y al príncipe Muhammad la oportunidad de proyectarse como agentes de cambio en una región que, con pocas excepciones, parecía incapaz de liberarse de los grilletes de la historia, la tradición, la mala gobernanza y las arraigadas animosidades y rivalidades.

Inicialmente, el príncipe Muhammad parecía haber preparado el escenario con su Visión 2030, que preveía una liberalización social de gran alcance y una diversificación económica: levantar la prohibición de que las mujeres conduzcan, relajar la segregación de género, subyugar el establishment religioso ultraconservador y cortarle las alas a la policía religiosa, abriendo una moderna industria del entretenimiento que presente cines, conciertos al estilo occidental y otras formas de creatividad artística, y propagando una interpretación moderada indefinida del Islam que promueva la tolerancia y el pluralismo religioso.

El entusiasmo fue reforzado por la perspectiva de una oferta pública inicial (OPI) de hasta el 5% de Aramco, la empresa petrolera estatal; la privatización de otros activos, incluida la aerolínea nacional y los servicios públicos; oportunidades en muchos otros sectores de la economía; y la liberalización y profundización de los mercados financieros. Gran parte de ese entusiasmo comenzó a desvanecerse desde el principio como resultado de una valoración de la empresa en 2 billones de dólares, impuesta por el príncipe Muhammad en contra del consejo del ministro de petróleo, altos funcionarios de Aramco y asesores extranjeros. El entusiasmo también se vio atenuado por el reconocimiento de los riesgos legales involucrados en la cotización en la Bolsa de Valores de Nueva York (NYSE) relacionados con posibles reclamos legales relacionados con el 11 de septiembre, los requisitos de transparencia de la Bolsa de Valores de Nueva York y de Londres, y la posterior decisión del reino de cotizar en el Tadawul, la bolsa de valores saudita.

El repetido aplazamiento de la OPI de Aramco como resultado de diferencias en la valoración de la empresa, consultas sobre regulaciones gubernamentales que garantizarían que no se le exigiría asumir proyectos no esenciales a solicitud del gobierno, y la renuencia a someter a Aramco a los requisitos de transparencia y presentación de informes asociados con una cotización en bolsas de Nueva York, Londres o Tokio plantearon preguntas en la mente de los inversores. Como resultado, la OPI valoró a la compañía en $ 1.7 billones, muy por debajo del objetivo del Príncipe Heredero de $ 2 billones. Además las acciones se negociaron solo en el Tadawul saudí.

El reino también ha sufrido un daño significativo en su reputación como resultado de la guerra en Yemen, así como por otros problemas relacionados con el abuso de los derechos humanos y las violaciones del Estado de derecho. Estos incluyeron los arrestos de poderosos miembros de la familia gobernante Al Saud y la comunidad empresarial por cuestionables cargos de corrupción, creando la percepción de un arrebato del poder.

Otros problemas incluyen la detención de disidentes, incluidos activistas que hacen campaña por las mismas reformas implementadas por el Príncipe Heredero; el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul y el reservado manejo de sus secuelas judiciales; y la inserción de topos en empresas de redes sociales como Twitter. Los fiascos de la política exterior como el bloqueo de Qatar y las disputas diplomáticas con Canadá y Alemania tampoco hicieron nada por la reputación del reino.

Como resultado, la presidencia del G20 constituía una oportunidad muy necesaria para Arabia Saudita, pero hasta ahora ha sido una oportunidad perdida, al menos en lo que se refiere a Occidente, donde más cuenta.

La insistencia del Príncipe Heredero en seguir adelante con ostentosos proyectos de gran costo, incluidos Neom, una ciudad inteligente futurista de 500.000 millones de dólares en el Mar Rojo; Qiddiya, catalogada como la ciudad de entretenimiento más grande del mundo; y una campaña masiva de turismo de lujo ha planteado preguntas sobre sus prioridades en un momento en que el reino necesita concentrarse en reformas estructurales económicas y financieras y más cambios sociales.

Los principales problemas que enfrentan los líderes del G20, la contención de la COVID-19 y abordar sus efectos, incluida la pérdida de empleos y el bloqueado crecimiento económico, se magnifican en Arabia Saudita, que tenía una tasa de desempleo de poco menos del 12% en el primer trimestre de 2020, antes de que los efectos de la pandemia se sintieran. La presidencia del G20 fue un escenario en el que Arabia Saudita podía mostrar su liderazgo para abordar problemas y producir soluciones. La creación de empleo y la diversificación económica son lo que definirá la regencia del príncipe Muhammad.

Para ser justos, pocos miembros del G20, si es que hay alguno, podrán presumir de haber dejado atrás la crisis cuando se celebre la cumbre. Lo que está en juego para el príncipe Muhammad se reflejó en una rara y creíble encuesta de la opinión pública saudí. Cuando se preguntó si la prohibición del reino de manifestaciones como las que derrocaron a líderes en todo el mundo árabe durante la última década era algo bueno, la opinión pública estaba dividida en partes iguales: el 48% estuvo de acuerdo y exactamente el mismo porcentaje no lo estaba.

Arabia Saudita también había apostado por un fin negociado de la guerra en Yemen para devolver algo de brillo a su reputación. Hasta ahora, esas esperanzas se han visto frustradas por los fallidos intentos de llegar a un acuerdo sobre una solución que salve las apariencias de todas las partes. El fracaso ha alimentado los pedidos en las capitales occidentales de restricciones a la venta de armas.

Una fallida oferta del fondo soberano del reino, el Fondo de Inversión Pública (PIF), por el Newcastle United de la Premier League inglesa [de fútbol] reflejó las profundidades a las que se había hundido su reputación. La oferta pública de adquisición se retiró después de que grupos de derechos humanos y otras organizaciones ejercieran una presión masiva sobre la Premier League para bloquear la venta.

Una importante fuente de presión provino de la red de televisión beIN, propiedad de Qatar, que es una de las principales emisoras de la Premier League. La cadena ha denunciado durante años que el Estado saudí estaba detrás de un gran esfuerzo por piratear su programación. Fue reivindicado por un fallo de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en junio de este año. En éste, la OMC dijo que Arabia Saudita promovió y apoyó activamente a la emisora ​​pirata, la curiosamente llamada beoutQ. Al hacerlo, decía el fallo, Riad había violado sus obligaciones con el derecho internacional sobre derechos de propiedad intelectual.

El príncipe Muhammad dejó la cumbre del G20 de 2018 en Buenos Aires, meses después del asesinato de Khashoggi, confiado en que había dejado atrás el incidente. Su confianza se basó en un choca esos cinco con el presidente ruso Vladimir Putin y el enfoque de aquí no pasó nada [business-as-usual] del presidente chino Xi Jinping y el primer ministro indio Narendra Modi. Eso puede haber sido cierto para potencias como China, Rusia e India, pero fue una conclusión prematura con respecto a las potencias occidentales, con la excepción de la Casa Blanca de Trump, una actitud que no fue compartida por un Congreso estadounidense mucho más crítico y gran parte de Europa.

Queda muy poco tiempo antes de la cumbre del G20 del 21 de noviembre, pero Arabia Saudita todavía tiene la oportunidad de explotar su presidencia para pulir su imagen y proyectarse no solo como líder regional sino mundial para abordar los problemas con los que el mundo entero está luchando, el principal de los cuales es la contención de la COVID-19 y la lucha contra la resultante recesión económica. Para ello, debe adoptar rápidamente una diplomacia pública y una estrategia de comunicación que le permita dejar atrás los problemas que han empañado gravemente su imagen y dar lo mejor de sí.

Hay múltiples problemas que Arabia Saudita podría abordar de manera constructiva que mejorarían significativamente su imagen, incluido un fin negociado de la guerra de Yemen, la liberación de prisioneros políticos, una mayor transparencia en el caso Khashoggi y la formalización de los lazos con Israel. Pero abordar cualquiera de estos problemas conlleva un significativo riesgo político, por lo que es poco probable que el reino lo haga con éxito antes de la cumbre del G20.

El problema es, además, que hay pocos indicios de que el príncipe Muhammad haya extraído lecciones de las consecuencias de pasadas acciones que dañaron significativamente su imagen y la del reino. Los esfuerzos para negociar una salida que salve la cara de la guerra de Yemen, que hasta ahora no han tenido éxito, podrían ser la excepción.

El enjuiciamiento de Riad de los presuntos asesinos de Khashoggi hizo poco para convencer a la comunidad internacional de que el reino respetaba el debido proceso y el Estado de derecho. Tampoco lo fue las repetidas detenciones de activistas, académicos, clérigos, hombres de negocios y miembros de la familia gobernante por cargos aparentemente falsos y arbitrarios, ni las detenciones que parecen diseñadas principalmente para reforzar el control del poder del príncipe Muhammad.

En última instancia, el análisis de costo-beneficio de la presidencia del G20 de Arabia Saudita se complica por factores que no controla por completo. La naturaleza de las relaciones de Arabia Saudita con Estados Unidos poco después de que entregue la batuta del presidente dependerá de quién controle el Congreso de Estados Unidos y de cómo se acercará a la administración Biden.

Hay mucho en juego para Arabia Saudita y el príncipe Muhammad. Es probable que la forma en que maneje el tramo final de su presidencia del G20 influya en sus relaciones con las potencias occidentales, así como en su influencia en cualquier conversación futura sobre el reajuste de la arquitectura de seguridad del Golfo, lo que implicaría un enfoque más multilateral, así como un alivio de las tensiones con Irán.

BESA: Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos

El Dr. James M. Dorsey, asociado senior no residente del Centro BESA, es investigador senior de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam de la Universidad Tecnológica Nanyang de Singapur y codirector del Instituto de Cultura de Fans de la Universidad de Würzburg.