La política de Medio Oriente propuesta por Biden acabaría con cualquier perspectiva de normalización saudí-israelí

Post thumbnailJoe Biden en un evento en Carolina del Norte Foto: REUTERS/Tom Brenner
Es el fuerte apoyo de Washington a las necesidades de seguridad de Arabia Saudita, la postura clara contra la búsqueda de la hegemonía regional de Irán, el apoyo a las acciones saudíes en Yemen y la voluntad de dejar de lado sus críticas a las políticas internas de Riad lo que ha permitido, incluso, la posibilidad de un cambio formal en la postura del reino sobre Israel. Pero Joe Biden ha dejado en claro que, si es elegido, tiene la intención de revertir todas esas políticas. Tales cambios, junto con su rechazo preventivo de la extensión de la soberanía de Israel a cualquier nuevo territorio, socavarían cualquier perspectiva que exista de normalización entre Israel y Arabia Saudita.

Los Acuerdos de Abraham fueron el producto de un cambio estructural que se desarrolló lentamente en la geopolítica del Medio Oriente que llevó a una alineación de intereses entre los Estados del Golfo e Israel. El más central de estos intereses fue oponerse a la amenaza planteada por Irán y sus representantes en toda la región. La actual administración estadounidense identificó con éxito este cambio estructural y jugó un papel positivo como catalizador que movió a los actores hacia el reconocimiento formal.

Una dinámica similar se encuentra en la base de los dos acuerdos de paz exitosos anteriormente firmados entre Israel y los Estados árabes, con Egipto en 1979 y Jordania en 1994. En cada caso, primero hubo una alineación fundamental de intereses y, como consecuencia de esa alineación, cada Estado reconoció los beneficios que podría obtener un acuerdo de paz formal. Solo entonces, Estados Unidos tuvo un papel positivo que desempeñar para ayudar a incentivar a las partes a dar el siguiente paso. Estados Unidos no puede hacer la paz entre actores regionales que no están preparados, pero es vital para incentivar y alentar el progreso una vez que se han reconocido los intereses mutuos fundamentales.

La administración Trump desempeñó este papel con una habilidad excepcional en 2020. Tan bien, de hecho, que se ha especulado sobre el potencial de normalización entre Israel y Arabia Saudita.

De hecho, es el fuerte apoyo de Washington a las necesidades de seguridad de Riad, su clara postura contra la búsqueda de la hegemonía regional por parte de Irán, el apoyo a las acciones de Arabia Saudita en Yemen y la voluntad de dejar de lado las críticas a las políticas internas de Riad lo que ha permitido, incluso, la posibilidad de un cambio formal en la postura del reino acerca de Israel.

Pero las políticas previstas por el candidato presidencial demócrata Joe Biden para Medio Oriente socavarían por completo cualquier potencial existente de progreso hacia la normalización entre Israel y Arabia Saudita. Sería detenida en seco. Esto se debe a que Biden y sus asesores han declarado, sin ambigüedades, que tienen la intención de revertir todos los aspectos anteriores de la política actual de Estados Unidos en Medio Oriente; en otras palabras, [detendrá] todas las políticas que permitieron que los Acuerdos de Abraham se concretaran.

El asesor de política exterior de Biden, Jake Sullivan, ha argumentado que Estados Unidos "debería eliminar absolutamente todas las formas de apoyo a las continuas hostilidades en Yemen", así como adoptar una mayor disposición para presionar a Riad por sus deficiencias internas en derechos humanos. El propio Biden escribió recientemente un artículo de opinión en el que describía su plan para una renovada distensión con Teherán. El principal asesor de política exterior de Biden, Tony Blinken, ha sostenido lo mismo en varias ocasiones: que Washington debe abandonar su política actual de máxima presión sobre Irán y llevar a cabo negociaciones directas en la línea del JCPOA [Plan de Acción Integral Conjunto] de 2015.

Las propuestas anteriores constituirían cambios drásticos en la política actual. Tomado en su conjunto, el programa de Biden consiste esencialmente en que la administración estadounidense le diga a Muhammad bin Salman: "Mire, no le vamos a vender más misiles para sus operaciones contra los representantes de Irán en Yemen. Estamos abandonando la política de máxima presión contra Irán y en su lugar vamos a buscar una relación más conciliadora con su mayor rival y con la más seria amenaza geopolítica. Tampoco estamos contentos con aspectos de su cultura política y su historial de derechos humanos y esperamos ver cambios si desea mantener nuestro apoyo. Pero bueno, ¿le importaría dar el paso histórico y dramático de normalizar las relaciones con Israel?”.

Las propuestas de políticas del equipo de Biden que socavarían cualquier perspectiva de normalización no terminan ahí. El cambio estructural que unió a Israel y los Estados del Golfo permitió la apertura diplomática, pero no fue suficiente por sí solo para que los EAU [Emiratos Árabes Unidos] dieran el paso final del reconocimiento formal. De hecho, ya en 2002 Arabia Saudita, y más tarde la Liga Árabe, expresaron su voluntad (en teoría) de reconocer a Israel con el anuncio de la Iniciativa de Paz Árabe. El problema era que las demandas que la iniciativa hizo a Israel eran completamente imposibles, como una retirada israelí a las líneas anteriores a 1967 y la implementación del “derecho de retorno”, el eufemismo árabe estándar para la subversión demográfica de Israel. Ningún gobierno israelí va a aceptar tales términos, por lo que cualquier potencial existente para la normalización ha estado muerto desde el inicio, durante casi dos décadas.

Fue solo el cambio reciente en la política de Estados Unidos hacia la cuestión israelí-palestina lo que alteró la dinámica. En lugar de hacer demandas irrazonables y mal fundamentadas a Israel para concesiones territoriales, la administración Trump demostró su voluntad de aceptar los planes israelíes para afirmar la soberanía sobre partes del Valle del Jordán. Esto puso una carta completamente nueva sobre la mesa. Fue la amenaza creíble de anexión lo que abrió la puerta a la normalización. Los Estados del Golfo estaban interesados ​​en la normalización por sus propios intereses, pero necesitaban otro incentivo para dar el siguiente paso. Una vez que la anexión estuvo sobre la mesa, hubo una concesión que Israel podía razonablemente hacer, ya que posponer la afirmación de la soberanía por un período indefinido es algo con lo que incluso la derecha israelí puede vivir. Emiratos Árabes Unidos podrían demostrar que habían logrado algo concreto dando el paso final.

Pero Biden y sus asesores también tienen la intención de revertir eso. Así lo han dejado muy claro durante meses él y su equipo. Biden rechaza rotundamente cualquier perspectiva de extender la soberanía israelí a territorio adicional.

Es un principio básico en las negociaciones que se puede romper un estancamiento agregando más dimensiones a la negociación. Pero al rechazar preventivamente incluso la noción de que Israel podría avanzar en la extensión de su soberanía sobre territorios vitales en el futuro, Biden estaría haciendo exactamente lo contrario: eliminaría dimensiones para la negociación y profundizaría el estado de estancamiento.

En noviembre los estadounidenses decidirán a quién elegir como su próximo presidente, e Israel trabajará y cooperará con quien sea que el pueblo estadounidense coloque en la Casa Blanca. Uno esperaría que quien esté tomando decisiones en Washington esté abierto a aprender las lecciones de los Acuerdos de Abraham con respecto a lo que funciona en el Medio Oriente actual y lo que no, y adaptar sus acciones en consecuencia. Si Biden desea avanzar en el histórico proceso que comenzó Trump, es posible que considere mantener algo más de continuidad en las actuales políticas estadounidenses en la región. Esto sería por el bien de Estados Unidos, Israel y sus socios árabes.

Fuente: BESA Centro Begin-Sadat de Estudios Estratégicos

Dr. Raphael BenLevi es becario postdoctoral en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Haifa.