Homenaje a Jorge Luis Borges a ciento veintiún años de su nacimiento

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Lo eterno es el mundo, el hombre es en tanto bibliotecario imperfecto, obra del azar y la contingencia. Lo que resta es el universo de la Biblioteca, su escritura enigmática, obra de Dios, tesoro del significante (Bejla Rubin, Borges con Lacan un pase discursivo. 1999)

 Jorge Luis Borges nace el 24 de agosto de 1899 en la casa de sus abuelos maternos en la calle Tucumán entre Suipacha y Esmeralda. Vivirá con su familia en ese lugar tres años hasta que se mudan a Palermo Viejo de la calle Serrano al 2100, hoy ya derribada esa propiedad.

Sus primeros años de escolaridad primaria los hará en su casa junto a una institutriz inglesa siguiendo los pasos de la tradición familiar del lado de su padre siendo que su abuela paterna Fanny Haslam era de origen inglés, idioma que manejaran tanto su padre como él a la perfección, es más, ya siendo adulto cuando se irritaba solía hablar espontáneamente en inglés.

A los 9 años entra a una escuela pública sita en la calle Thames, lugar en el que sufrió de bullying dado que ya de niño se sentía diferente al resto de sus compañeros. Lo mandan vestido a la escuela primaria cual un señorito inglés con corbata al modo de Eton, colegio de la realeza británica y debido a ello fue el hazme reír de sus compañeros. Además, ya desde los 4 años leía y escribía y esto hizo a la diferencia radical con sus coetáneos. Gran lector, recorría ávido la biblioteca de su padre, leyendo tanto en español como en inglés. Su madre Leonor Acevedo, muy vigilante, exigente y muy encima de su hijo cual una guardiana celosa, no le permitía al acceso de algunos libros, a saber, Las mil y una noches, hecho que el niño burlaba esa vigilancia leyéndolos a escondidas. Y ese celo luego habría de hacerse extensivo a las mujeres de la vida de su hijo que de alguna manera las espantaba diciendo que no estaban a la altura intelectual de su primogénito. Luego vendrá una hija mujer, Norah, pintora y gran compañera de juegos de su hermano. Una reseña al margen, noráh en hebreo significa “terrible” con un acento negativo y preocupante, ¿curioso ese nombre no?

Borges de niño amaba ir al zoológico, su animal predilecto era el tigre, y cuando a la rastra lo traían de vuelta a su casa, era el único acto de berrinche que esta criatura se permitía demostrar frente a padres tan exigentes, de allí que la figura del tigre es tan emblemática en su escritura, no sólo como recuerdo infantil, sino como signo de su rebeldía y libertad.

Teniendo Borges 15 años toda la familia viaja a Inglaterra, dado que el padre sufre de cataratas, para ser atendido de su incipiente ceguera por un especialista de ese país. Recorrerán parte de Europa: Suiza, Alemania, España, París, Italia, ciudades como Milán, Venecia, Verona hasta que finalmente en abril de ese año aplica para cursar sus estudios secundarios en Ginebra junto a su hermana Norah dado que ambos no se adaptan a los colegios porteños. Salen de Argentina en febrero de 1914 topándose a pocos meses de su arribo a Europa con la Primera Guerra Mundial, y permanecen en el continente europeo durante 7 años.

Es en Ginebra donde su padre lo hace debutar sexualmente con una prostituta hecho que le resultó absolutamente traumático y ahondó en su timidez dificultando más tarde su contacto y seducción para con sus compañeras mujeres. Será Ginebra ese lugar donde sexualidad y muerte se habrían de anudar, pues decide retornar allí para morir, ya muy enfermo de un cáncer de hígado, partiendo de este mundo el 14 de junio de 1986, faltándole tan sólo dos meses para cumplir 87 años. Fallece a 11 años de haber muerto su madre Leonor, que por un lado lo devastó, pero por el otro lo liberó de tanta opresión, recuperando una adolescencia no vivida en su momento entonces, allí se multiplican sus viajes, uno incluso en globo, todos realizados con su alumna y que sería luego su segunda esposa, nos referimos a María Kodama, boda que se celebra a pocos meses de su muerte.

El dirá que toda escritura no deja de ser autobiográfica, y que se re escribe lo ya escrito, cual una repetición infinita, así como él escribe lo ya escrito, ejemplo su Quijote de Menard, otros harán los mismo con su obra. Sus miedos y amores están en su obra, la Biblioteca de Babel, tesoro de todas las lenguas, empezando por la de su padre. Más tarde será un empleado en una biblioteca barrial y tendrá a su alcance todos los libros pero que con la asunción de Perón al gobierno lo destituirán de dicha función y lo humillarán poniéndolo como inspector de corrales y gallinas cargo al que renuncia. Gran ironía amén de maldad, pareciera que a los intelectuales se los manda al gallinero y a los ignorantes y analfabetos se los pone a dirigir “bibliotecas”. Finalmente, luego de la caída de Perón en 1955, es nombrado director de la Biblioteca Nacional, un cargo bien merecido, pero a la vez doloroso, dado que la luz ya faltaría en sus ojos, no puede leer ni escribir, dicta sus escritos y ahí vemos un cambio de estilo en su escritura dado que no tiene el contacto visual con lo espacial de la hoja. La lectora será su madre y a su muerte otras mujeres seguirán con esa tarea, amigas, secretarias, esposas y finalmente su alumna y ultima esposa, Maria Kodama, hija de una madre argentina y un padre arquitecto japonés.

Cabe destacar que tiene una profunda fobia a los espejos, tema muy repetitivo en su obra literaria. El motivo a dicho miedo se debe a que en su habitación juvenil había tres espejos y su gran temor era el “verse repetido” casi en una serie especular infinita, siendo así que en esa repetición temía que otro le robaran su yo, y que esas tres formas pudieran moverse de manera independiente.

Los espejos y el laberinto son temas recurrentes en Borges, ambos de alguna forma remiten tanto a la inmortalidad como a la finitud. Dirá en El Alephno hay cosa que no esté perdida entre infatigables espejos”. Aquí bascula entre conceptos antagónicos, lo infatigable de la repetición, la imagen que se repite ad infinitum y a la vez que se pierde en esa duplicación, que se lo traga al sujeto cuando espejo es sinónimo de Otro, del Otro como mirada exigente y superyoica. Ese espejo que no es tan sólo vidrio y nitrato de plata, sino espejo como reflejo y exigencia a completar a esa mirada que viene de él, de ese otro que no es Yo.

Su poema Soy recita: soy el que sabe que no es menos vano que el vano observador que en el espejo de silencio y cristal sigue el reflejo o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.

Su paso por Europa hace que agudice su mirada en cuanto al mundo tanto de antaño como en cuanto al saldo que ha dejado la Gran Guerra. En Los conjurados, pondrá por escrito que “En el centro de Europa están conspirando. El hecho data de 1291. Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas. Han tomado la extraña resolución de ser razonables”. Aquí deja bien sentada su mirada irónica en cuanto al hábito de ser “razonables” donde por deducción nos lleva a pensar en su opuesto, o sea, los fanáticos embrutecidos, demagogos que empujan a los sujetos a ser no pensantes, ejercicio que no es tan sólo pasado, sino que se repite en cada dictadura del presente.

Borges observa que tras la Gran Guerra mueren los viejos gustos ultraístas de España y los valores tradicionales entonces, asume como escritor una nueva actitud ética y estética dado que fue testigo de una cruda realidad criminal y su saldo que dejó un tendal de muertos. La postura solemne y orgullosa del siglo XlX habría de perecer y la civilización occidental “humeaba entre las ruinas” y eso que aún no había acontecido la gran masacre barbárica del nazismo y la Segunda Guerra Mundial con cámaras de gas, campos de concentración, experimentos sobre humanos sin ningún sentimiento de culpa y responsabilidad por tal ejercicio del Mal.

Al respecto y rechazando el obrar del nazismo dirá: “yo abomino precisamente de Hitler porque no comparte mi fe en el pueblo alemán, por que juzga que, para desquitarse de 1918, no hay otra pedagogía que la barbarie, ni mejor estímulo que los campos de concentración”. Rechaza absolutamente el obrar del nazismo, piensa que todo pensamiento extremo y fanático conlleva a las más opuestas pasiones que supo muy bien leerlas en su envez, en su contrario. Siendo así nos ilustra en la misma orientación como lo ha hecho Lacan en su análisis discursivo del Mayo francés entonces nuevamente con Borges que dirá: “quien está listo a ser un mártir puede ser también un verdugo y Torquemada no es otra cosa que el reverso de Cristo”. Traducimos, los que protestan desde abajo se transforman cuando ascienden al poder en un símil, un calco, de aquellos a los que combatieron, siendo así asumen las dos caras de una misma moneda.  

Ahora nos resta esperar qué enseñanza o no, nos habrá de dejar esta nueva guerra bacteriológica donde el mundo nuevamente habrá de cambiar en este siglo XXl.

En cuanto a Borges que fue testigo de dos guerras, si bien no presenció ésta, la bacteriológica, sino más bien la advirtió en su escritura, un 14 de junio de 1986, el espejo al que tanto temía hubo de ganarle en la contienda, pasó al otro lado, atravesó el espejo y su imagen quedó atrapada detrás de él para siempre, en ese espacio infinito llamado Eternidad.  Pero si la muerte es tan sólo una metáfora, o en sus propias palabras “es aquello que nos libera de la triste monotonía de tener que ser alguien”, nos queda no obstante un Borges actual, vivo en su obra donde tiempo y espacio se encuentran para siempre en ese punto llamado eternidad, y desde allí, con su transmisión y su escritura sensible, inteligente y generosa, cada vez que lo releemos, o un joven lo descubre por primera vez, entonces burlamos el olvido y lo atesoramos en cada presente, en cada repetición haciendo de él nuestro gran escritor, orgullo nacional e internacional.

Ahora él es el que quedó reducido a la compacidad del punto, signo de todo el Universo, reducido al Aleph, “el punto del espacio que contiene todos los puntos”, o sea, un compacto infinito y que él en ese pasaje a través del espejo ahora es un punto más en la serie de los alephs transfinitos del más allá.

El Génesis comienza con la letra Bet de Breshit y finaliza con otra Bet de la palabra Leb, corazón, siendo así es la aleph axiomática, como ese objeto a perdido por estructura y que sólo se lo recobra tras las torsiones de los cuatro discursos establecidos por Lacan donde finalmente se arriba a su recuperación con el saber del analista, esa a como causa donde bajo la barra tenemos al S2, un saber ya no teórico sino hecho inconsciente, un inconsciente trabajado, develado y advertido.

Borges escribe su libro El Aleph en 1947 a dos años de finalizada esa guerra atroz, es un libro conciso, compacto, pero que irradia un saber y una verdad inconmensurable, como queriendo que los hombres rescaten para si un algo de lo divino y puedan olvidar ese acto barbárico del nazismo. Tiene este autor la sagacidad de intentar capturar y definir lo que Lacan llamó como Real, que es improferible pero no obstante hace a la estructura de todo sujeto. Borges lo refiera así: “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio en pasado que los interlocutores comparten: ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?”. No sabe cómo descifrar y contar lo que sus ojos ven en forma simultánea la compacidad del punto reducido en ese Aleph, todos los mundos en un mundo, “el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”. Y cuando capta el concepto de muerte ese saber ya no le vuelve al sujeto ningún reflejo para si, caen todas las miradas de los otros y lo propio es un vacío pues es un espejo que ya no contiene ningún reflejo como retorno dado que en la muerte se topa con una nada total. Y traspasando ese espejo camino a lo eterno es donde el cuerpo se hace Uno y adquiere un saber pero que ya es, entre improferible y a la vez incomunicable, y de adquirir ese saber en vida dirá Borges, “sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural cuyo nombre usurparan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”. Es el horror al saber cuando el sujeto se confronta a su verdad, ese Real improferible aún antes de ser Eternidad. A esto denominamos atravesar la experiencia de un análisis con la confrontación de su Verdad y de no arribar a ese punto, es pura banalidad.

En nuestro libro Borges con Lacan, un pase discursivo, editado en el centenario de su nacimiento, 1999, las ilustraciones de su portada llevan la letra Aleph y la palabra Ein Soph, infinito, ambos nombres de lo improferible, tanto del Nombre de Dios como del Real lacaniano, y también tiene  la figura de un laberinto en espiral,  y de esa manera hacemos un “pase de saber”, un intercambio entre Borges con Lacan, siendo así éste es nuestro homenaje, tanto al saber y su transmisión, como a la generosidad de ambos, entregado a nosotros sus lectores, sin ambages ni mezquindades, con una total erudición que nos lleva a tener que desentrañar cada escrito, cada palabra, justamente para ponerlos en un lugar honorable en la Historia de los saberes de la Humanidad.

Borges y su amor por lo judío

En 1934 Borges escribe un artículo que lleva por título Yo Judío, allí él se pregunta “¿quién no jugó a los antepasados alguna vez, a las prehistorias de su carne y su sangre? Yo lo hago muchas veces, y muchas no me disgustó pensarme judío”. Siendo así se nomina con el apellido materno Borges Acevedo “para demostrar que todos, o casi todos, procedían de cepa hebreoportuguesa”. Todos de algún modo venimos de los judíos y los griegos.

Ya en 1940, con una guerra declarada abomina el obrar de Hitler y refiere: “el antisemita de Adolf Hitler manda en Europa y tiene imitadores en América… el antisemitismo argentino es una especie de facsimil gratuito”. Se refiere de una manera encubierta al obrar del Innombrable , o sea, Perón. Y este antisemitismo tanto en Europa como en Argentina no es tan sólo un hecho histórico del pasado, sino que lo vemos recrudecer en el presente, y particularmente en la Argentina con dos atentados a instituciones judías, nos referimos a la Embajada de Israel y la AMIA, ambos hechos no dilucidados ni enjuiciados hasta el presente.

Hace un sentido homenaje al poeta argentino Carlos Grünberg donde pone el acento en su ser judío de manera actual, sentida y no tan sólo nostálgica, es así que nos recuerda su poema: “aún no sabes pobre crío/ que cuesta sangre ser judío/ que cuesta sangre como el arte/ como si fuese un arte aparte/ que cuesta sangre día a día/ del nacimiento a la agonía/ va la primera que te cuesta”.

En el año 1969 es invitado por el gobierno de Israel a ese país. De ese viaje surgen escritos y poemas, rescatamos el que lleva por título Israel, dirá: “el hombre condicionado a ser escarnio/ la abominación, el judío/ un hombre lapidado, incendiado/ y ahogado en cámaras letales/ un hombre que se obstinó en ser inmortal/ y que ahora ha vuelto a la batalla/ a la violenta luz de la victoria/ hermoso como el león del mediodía.”

Aplaude la victoria de Israel en la “Guerra de los Seis días”, donde acentúa que no hace falta imitar al guerrero David, sino que este país milenario y joven a la vez, bien puede defenderse de una manera actual, moderna y victoriosa. Con estas palabras él acentúa su fervor y admiración por el Estado de Israel y el pueblo judío, tan vilipendiado como injustamente perseguido. Y agrega “pero más importante que los lazos de sangre que al cabo de muchas generaciones tienden al infinito, es la simpatía que he sentido siempre por el país, y además creo que todos, más allá de las vicisitudes raciales, somos griegos. Cómo concebir la cultura occidental sin el cristianismo cuya raíz está en la Biblia. Entonces, Todos somos hebreos”.

Borges no sólo fue un gran defensor del pueblo judío y de la creación del Estado de Israel, sino que abominó el nazismo. Al respecto referirá: “que el odio puede ser más obsceno y denigrante que el apetito carnal”.

Se horroriza de la edición en 1936 de un libro de cuentos infantiles en la Alemania nazi donde su destino es inculcar odio y el rechazo desde la infancia hacia sus vecinos judíos. En el libro infantil se lee: Trau keinen Fuchs aut grüner Heid un keinen Jud bei seinen Eid” (traducimos : ninguna tristeza por la astucia en la verde pradera y no confiar en el juramento de ningún judío). Es un curso de ejercicios de odio dirá Borges. Y prosigue la pancarta propagandística de odio y discriminación cuando se lee “el alemán es un hombre altivo y sabe trabajar y pelear. Por lo mismo que es tan hermoso y tan emprendedor, lo aborrece al judío”, donde queda implícito entonces que el ser judío está en las antípodas de tal ominosa e injuriante definición.

Y lo que está dicho y luego escrito es una herramienta tan poderosa como la espada sobre todo cuando se lo inscribe en la arcilla fresca de la mente de un niño, siendo así es cómo Borges establecerá casi como una sentencia : “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. El libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

Su libro El informe de Brodie fue traducido al hebreo por Tzvi Bulovsky y Jaim Peled, y cuando se le informa de esta traducción y le alcanzan su libro traducido al idioma hebreo acota “soy un hombre de suerte. Fíjense que el punto de partida de todo es la Biblia. Allí comienzan todas las cosas. Ahora un libro mío es traducido al hebreo, es como si el círculo se hubiera cerrado. Como si mi libro fuese nuevamente absorbido por las fuentes”.

Podemos concluir diciendo entonces que Borges finalmente se ha topado con su Aleph, la letra del inicio de todas las cosas, camino que conlleva al más allá, haciendo de su persona y su escritura una morada en la Eternidad.

Nota: la autora de este artículo ha publicado el libro “Borges con Lacan. Un pase discursivo”. Buenos Aires, 1999. Ed. Estudio Psicoanalitico.