Entre explosiones y virus

Post thumbnailComandos de la Sayeret Matkal con el Mercedes utilizado en la operación. Foto: Vocero de las FDI - Wikipedia - CC BY-SA 3.0
Se cumplen 26 años del atentado terrorista de la AMIA en Argentina. Y han pasado 28 años del atentado a la Embajada de Israel en Buenos Aires. Casi tres décadas de impunidad.

El terrorismo no conoce fronteras.  Cuando se trata de israelíes y judíos, no hace diferencia entre gentilicios, religiones o nacionalidades.  Bueno es saberlo, aunque no por este fatídico y mortal método.

El Estado de Israel, único estado judío del mundo, es a las naciones lo que el judío a las sociedades.  Admirado por sus logros, envidiado a veces. Temido otras tantas en virtud de atribuírsele fortalezas que a veces son más virtuales que reales. Y, muy lamentablemente, odiado por quienes sufren de judeofobia o antisemitismo, término este último de mayor utilización.

Los atentados terroristas, el combate a los mismos y la historia de ellos, demuestran que son los judíos quienes deben asumir la responsabilidad de evitarlos, de hacer justicia a posteriori si es que ocurren.  De ocuparse del tema,  en resumidas cuentas.

También se acaban de cumplir 44 años del rescate de Entebbe, cuando un avión de Air France secuestrado fue llevado a Uganda con los pasajeros judíos.  En la operación, aquella que realizó el Estado de Israel, cayó víctima Ioni Netanyahu, hermano del Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

En tres episodios distintos, vemos como el terrorismo no conoce fronteras, las víctimas son judías y la responsabilidad de resolver recae sobre los judíos.  No importa que la circunscripción del delito esté dentro de los límites territoriales de estados independientes. ¿O no es así?

El tema de Irán es muy delicado para Israel y para los judíos.  No se trata de cercenar el derecho de un país a desarrollar energía atómica, de atentar contra su independencia de acción y su criterio. No.  Se trata de proteger a las eventuales víctimas de quienes han demostrado con hechos, y manifestado verbalmente su disposición de actuar en contra de Israel.  No se habla de soga en casa del ahorcado y, como dijo Menachem Begin, las amenazas en contra del pueblo judío deben tomarse en serio.  Subestimarlas, confiar en la actuación de terceros, ha demostrado ser fatal.  Mortal.

En los inicios de esta década, de los 20, un terrible virus azota a toda la humanidad.  No distingue raza, color ni religión.  Mantiene a todos ocupados y preocupados. El tema del programa nuclear de Irán, las sanciones y todo lo relativo a ello, parece pasar a segundo plano para casi todos.  Es entendible.  Donald Trump se debe ocupar de su reelección, todos en el planeta se preocupan por la prevención de infecciones, tratamiento de infectados y como evitar un colapso económico que suma a vastas regiones en una debacle que nos lleve a hambrunas desastrosas.

Israel sufre de todo lo anterior. Crisis política y de gobierno. Problemas económicos de envergadura. Atención prioritaria a temas de salud. Pero, además, debe ocuparse de la amenaza que significa un Irán nuclear, amenazante y retador.  Con capacidad misilística de largo alcance y con presencia en la vecina Siria, sin contar con la influencia que ejerce sobre Hezbollah en El Líbano y sobre los grupos que dominan la Franja de Gaza.

Será por ello por lo que, en los últimos días, las noticias en Israel giran en torno a misteriosas explosiones y un desatado virus.

Así se encuentra Israel: entre explosiones y virus. Ocuparse de ello es la consigna y la tarea.

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