El imperio contraataca: El mundo árabe ante la decisión de convertir la Santa Sofía en una mezquita

Post thumbnailErdogan visita Hagia Sophia Foto Murat Cetinmuhurdar/ Oficina de Prensa de la Presidencia /Handout vía REUTERS
“El sultán que comercia con la religión”, “Una jornada difícil para Turquía”, “Una excusa para que Israel convierta la mezquita de al-Aqsa en el Templo de Salomón”: éstas son algunas de las críticas hacia Erdogan por su decisión de convertir la Santa Sofía de Estanbul, que ahora es un museo, en una mezquita. Parece que esta movida ha profundizado aún más la grieta entre Turquía y los estados pragmáticos sunitas – e Israel debe estar atento.

El 10 de julio de 2020, la decisión de convertir la Santa Sofía en Estanbul de museo a mezquita despertó, como era de esperar, unas cuantas respuestas negativas en el mundo cristiano. Sin embargo, también los sunitas musulmanes de los estados árabes criticaron con dureza el hecho. Se dijo que la medida empodera a Israel en su intento por cambiar el estatus de al-Aqsa y  demostró que Turquía es un actor revisionista amenazante. Por otro lado, algunos recibieron la decisión de buen modo, entre ellos el vocero de la Hermandad Musulmana y Hamás, que refuerza la percepción de Turquía como líder de eje de la Hermandad Musulmana islamista.

El 10 de julio de 2020, el Consejo de Estado, el tribunal administrativo supremo en Turquía, revocó la medida del gabinete turco de 1934 de convertir la Santa Sofía en un museo. La resolución actual allanó el camino para convertirla en una mezquita por segunda vez, pese a las advertencias de EE.UU y Europa contra dicha medida y las duras críticas del mundo cristiano. Por el contrario, similar a la retórica proveniente de Turquía, fuentes oficiales en Rusia e Irán anunciaron que Turquía posee el derecho soberano de convertir el museo en una mezquita. Inmediatamente tras el fallo del tribunal, el Presidente turco Recep Tayyip Erdogan firmó una orden que permite la apertura del sitio para rezos el 24 de julio, y le traspasó la autoridad a la Dirección de Asuntos Religiosos.

La Santa Sofía, la “Iglesia de la Santa Sabiduría”, nombrada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, fue construida durante el Imperio Bizantino, y se considera una de las estructuras más impresionantes de dicha época. La actual construcción de la Santa Sofía, el tercer intento por construir una iglesia en ese sitio, fue construida en el siglo VI y fue la más grande del mundo durante mil años. En 1453, el Sultán otomano Mehmed II (Mehmed el Conquistador) conquistó la ciudad de Constantinopla y la convirtió en capital de su imperio. La Santa Sofía se transformó en una mezquita.

Para muchos en Turquía, en especial para los grupos conservadores islámicos, con el éxito que tuvo Erdogan al “romper las cadenas” sobre la Santa Sofía se cumplió el prolongado deseo de ver al sitio funcionar de nuevo como una mezquita. La medida de Erdogan lo posiciona en la continuación del camino del imperio otomano, y claramente ello será una parte destacada de su legado. Además de la retórica religiosa, las declaraciones de Erdogan también hacen hincapié en el derecho de Turquía de decidir sobre sus propios asuntos internos; afirmó que las críticas del exterior sobre esta cuestión pretenden interferir con la soberanía de Turquía.

Con pocas excepciones, los líderes políticos y los comentaristas del mundo árabe recibieron el cambio de estado de la Santa Sofía con rechazo, desprecio y escarnio, así como también en las discusiones en las redes sociales. Algunas excepciones incluyeron las declaraciones de voceros de Hamás, que recibieron de buena manera “un momento de orgullo para todos los musulmanes”, y voceros de la Hermandad Musulmana, que elogiaron el “verdadero estado” recobrado de la Santa Sofía. Entre los líderes árabes, las críticas muestran preocupación por las ambiciones regionales de Erdogan, quien se considera a sí mismo el líder del mundo musulmán y de quien se percibe que busca rejuvenecer el legado otomano. También temen por las amenazas políticas internas que surjan del movimiento de la Hermandad Musulmana.

Se sugieren dos explicaciones de esta medida en el discurso árabe en las redes sociales: una gira en torno al aspecto político y la otra se centra en la identidad. La primera de las teorías es la que predomina en las redes sociales. Una mayoría categórica entre aquellos que respondieron a la medida actualmente consideran el plan nacional-religioso de Erdogan como una forma para desviar la atención de la crisis del Coronavirus y las severas repercusiones económicas que la pandemia está ocasionando. Muchos creen que el ascenso al poder de Erdogan y el apoyo que ha ganado con los años se deben al éxito que consiguió al reconstruir la economía turca tras la crisis económica de 2001, lo que generó las impresionantes tasas de crecimiento económico, más que nada en la primera década de gobierno del Partido de Justicia y Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco). Sin embargo, en los últimos años, a medida que la economía turca se estancó y las tasas de desempleo aumentaron, Erdogan perdió apoyo aun entre su base política. Para estos comentaristas, esta tendencia negativa tuvo su pico con las pérdidas que el AKP sufrió en las elecciones locales de 2019 en varias ciudades importantes, en particular en Ankara y Estanbul. Esto se comprobó notoriamente cuando los ex militantes del AKP -el ex Primer Ministro turco Ahmet Davutoglu y el ex Vice Primer Ministro y responsable de la economía, Ali Babacan-fundaron en los últimos meses dos nuevos partidos políticos turcos. Como el Coronavirus ha golpeado al turismo junto con otros sectores económicos, Erdogan se vio obligado a instaurar medidas religiosas demagógicas que antes había evitado, entre ellas la de convertir a la Santa Sofía en mezquita. Al-Okaz, el importante periódico saudita, lo expresó sin rodeos con un destacado titular: “El Sultán que comercia con la religión: su popularidad se está desplomando y la economía se está desmoronando.”

Anteriormente, Turquía era considerada entre varios sectores de la opinión pública árabe como modelo político de inspiración, en particular a raíz de sus intentos por unirse a la Unión Europea. A comienzos de la “primavera árabe”, incluso era percibida como ejemplo del islam político moderado acompañado de éxito económico. Sin embargo, su imagen ahora está hecha añicos. Incluso antes de los planes de la Santa Sofía, las tendencias autocráticas de Erdogan erosionaron su imagen positiva, y el ritmo del crecimiento económico también se ha rezagado de manera considerable. Los activistas y formadores de opinión pública, principalmente en Egipto, el Líbano, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos reaccionaron con negatividad ante el nuevo estatus de la Santa Sofía: “Turquía está retrocediendo en términos de intolerancia religiosa. Ataturk (el padre de la república turca), quien quiso poner de manifiesto su agenda secular, transformó la Santa Sofía en un museo, mientras que Erdogan, quien se encuentra a la fuga de la pandemia y la economía, prefiere este retroceso a la propaganda religiosa nacional y convertir el museo en una mezquita”; “El Sultán está transformando la Turquía secular en una versión lamentable de la Paquistán religiosa”; y “Una jornada difícil para Turquía, un día oscuro para la tolerancia religiosa y el islam moderado” fueron algunos de los típicos comentarios.

Además de la firma de Erdogan para la transformación del museo de la Santa Sofía en mezquita, se lanzó una campaña de propaganda a gran escala tanto en medios de comunicación tradicionales como en las redes sociales. El contraste entre las declaraciones de Erdogan en árabe e inglés sobre la Santa Sofía fueron significativos. La versión en árabe de las declaraciones de Erdogan habla sobre la movida como un paso preliminar para liberar al-Aqsa en Jerusalén, mientras que la versión en inglés habla de la soberanía y la tolerancia. Esto a su vez provocó las duras críticas en los países árabes, y una advertencia explícita que sus declaraciones le darían en realidad a Israel excusa y legitimidad para adoptar una política similar. El ex Ministro libanés de Relaciones Exteriores, Gebran Bassil, tuiteó con mordacidad, “Convertir a la Santa Sofía en una mezquita es una falsificación de la historia y una excusa para que Israel transforme la Mezquita al-Aqsa en el Templo de Salomón”. Muchos libaneses, en su mayoría cristianos, estuvieron de acuerdo con esta crítica, y sostuvieron que la retórica familiar (de los discursos de Nasrallah) que promete la “liberación de al-Aqsa” era propaganda nacional islamista falsa y simplista.

Otro aspecto del acontecimiento que le concierne a Israel en forma indirecta, pero no por ello lo hace menos importante, es el cambio de la narrativa árabe con respecto a la identidad y a las características del principal rival de la región. Desde su establecimiento, Israel ha sido considerado el principal adversario del mundo árabe. Durante años, los líderes árabes utilizaron las posturas antisionistas para desviar la opinión pública de sus propios fracasos internos y para generar identidad y unión sobre la base de un enemigo en común. Hoy, sin embargo, la tendencia claramente ha cambiado. En especial entre los líderes árabes, y también entre parte del público sunita musulmán, Turquía, liderada por Erdogan, y el islam político, que Erdogan defiende, están tomando el lugar de Israel, que está perdiendo su condición de principal amenaza regional. Los intentos de Turquía por promover un plan de acción islamista y actividad militar en países árabes -Irak, Siria y Libia- refuerzan esta tendencia del mismo modo. Además de las pretensiones islamistas, la rivalidad política dentro del mundo sunita musulmán entre Egipto, Arabia Saudita y Turquía por el liderazgo regional también avivó la enemistad y acentuó la percepción de Turquía de ser imperialista e islamista.

Estos cambios en la percepción crean una oportunidad para que Israel mejore sus relaciones con los países pragmáticos sunitas, pero al mismo tiempo aumenta la tensión entre los campos rivales de la región. Por lo tanto, se desprende que es cada vez más probable que Israel se enfrente a decisiones difíciles en cuanto a su voluntad de alinearse con los países sunitas pragmáticos en sus disputas con Turquía.

Fuente: INSS The Institute for Nacional Security Studies