Credibilidad, la mercadería más escasa

Post thumbnailBenjamín Netanyahu Foto: Haim Zach GPO vía Facebook
La credibilidad es, hoy por hoy, la mercadería más escasa en el Israel actual, aunque la vida transcurre como si, en medio de la pandemia, continuara funcionando normalmente.

Ciertamente, es notorio el cierre de la mayor parte del comercio minorista, incluidos bares, cafés y restaurantes, así como el de los establecimientos educativos (con la excepción de los preescolares y de los pertenecientes a los grupos ultraortodoxos), pero pareciera como que la población accede a ello más por rutina que por convicción, y las manifestaciones contra el gobierno -y específicamente contra la presencia de Benjamín Netanyahu en el gobierno- continúan sucediéndose de tal manera que ya constituyen parte del panorama cotidiano (aunque las incitaciones contra ellas puedan llevar a consecuencias catastróficas).

La credibilidad ha sido claramente superada por el escepticismo. Y éste no es sino el producto de una acumulación de errores, manipulaciones, distorsiones y ocultamientos por parte del gobierno (y quizás en términos más generales de toda la clase política) que se viene sucediendo desde antes de la pandemia. Sin ir más lejos, el año 2019 se ha caracterizado del punto de vista político como un año perdido, con dos elecciones nacionales incapaces de superar los conflictos y las brechas que marcan cada vez más a la sociedad israelí y con una creciente toma de conciencia de que la conducción del Estado está y continúa estando supeditada al objetivo central de su Primer Ministro: mantenerse en el poder para impedir a toda costa ser juzgado. Y en lo económico, aunque la inercia del sistema permitió alcanzar un crecimiento positivo del PIB, el déficit presupuestal ascendió al orden del 4% de ese PIB, valor que en los felices tiempos precoronavirus resultaba desmesurado.

El panorama parecía que iba a repetirse a comienzos del 2020, con una nueva elección nacional en el horizonte, en búsqueda (siempre por parte del multimencionado Primer Ministro) de la permanencia en el poder, sean cuales fueren los acuerdos que tuviera que firmar (aunque no cumplir). Y esta nueva elección, en los primeros días de marzo de 2020,  volvió a ratificar la dispersión política en Israel.  Pero hete aquí que se desató la pandemia, y lo que ha venido sucediendo parece formar ya parte de la historia, aunque se haya desarrollado en los últimos meses: parte de la dirigencia del partido Azul y Blanco, encabezada por Benny Ganz, decidió dejar de lado todos sus planteamientos prelectorales y formar una coalición con el Likud, encabezado por Netanyahu, con lo que se constituyó el gobierno actual. Obviamente y tal como se predijo en su oportunidad,  los acuerdos que se firmaron para conformar un nuevo gobierno comenzaron a ignorarse desde el comienzo de su gestión; es así que el país continúa funcionando sin presupuesto, y nuevamente se nos amenaza con la convocatoria de elecciones (lo que equivale a barajar y repartir otra vez los mismos naipes, con el propósito de continuar manteniendo al actual Primer Ministro en el poder).

Porque mientras se extendía la pandemia, mientras era de imaginarse que la preocupación central era la lucha contra el Coronavirus, no se encontró mejor tema que el de anunciar unilateralmente que a partir del mes de julio se procedería a anexar los territorios ocupados (¿todos?, ¿una parte?, ¿en qué marco?, ¿para qué detenerse en esas minucias?), aunque al comienzo de ese mes, después de haber proclamado urbi et orbi esa anexión, se comunicó que se aplazaba mientras se negociaba (¿qué?) con los EEUU. Y en agosto los EEUU anunciaron el acuerdo de negociaciones entre Israel y los Emiratos Arabes Unidos, con una cláusula por la cual Israel suspende la anexión de territorios palestinos, según declarara el canciller francés. Así, desde que en septiembre el Primer Ministro viajó a los EEUU a firmar el acuerdo  (¿recuerdan el episodio frustrado del alquiler de un avión para uso exclusivo del Primer Ministro y su familia?) no se habla de anexión. Pero en este mes se acaba de aprobar la construcción de 5400 nuevas viviendas en los territorios ocupados, en asentamientos judíos (pero eso no es anexión). Todo ello mientras continúa la pandemia.  Y seguimos hablando de credibilidad.

Y es después de muchas idas y venidas, discusiones interminables de gabinete y opiniones encontradas de expertos y seudoexpertos en casi todos los frentes, que se llevó a un segundo cierre cuyas directivas aún siguen vigentes, pero cuyas normas se discuten cada semana y cuyo cumplimiento ha sido relativo. Esta relativización cruza casi todos los sectores de la población, aunque en algunos de ellos, como el de los judíos ultraortodoxos, es notoria su rebelión frente a las directivas -aunque todavía está por saberse cuánto se estaría negociando en secreto entre ellos y el actual Primer Ministro, dada la importancia de sus votos para que éste pueda continuar al frente del gobierno (ni tampoco se habla, entre otras cosas, del eventual riesgo de contagios  aportado por los miles de ultraortodoxos que han de haber regresado de Ucrania y sus fronteras, luego de sus intentos de llegar a la tumba de Reb Najman de Breslev, en Uman).

Mientras tanto, la economía está en crisis. El Producto Interno Bruto (PIB) ha caído y presumiblemente continuará cayendo el año próximo. El déficit público se sitúa en los dos dígitos del PIB y el desempleo supera el 10% de la fuerza de trabajo. Pese a ello,  las estructuras productivas básicas que caracterizan a la economía israelí se mantienen activas, con la excepción de aquellas vinculadas con el turismo (transporte y hotelería, principalmente). Así, las exportaciones de bienes muestran ya un crecimiento de 6.5% entre junio y septiembre, que contrasta con la caída experimentada entre abril y junio (de 4.5%), y algo similar sucede con las importaciones. Pero todo ello implica que la distribución del peso económico de la pandemia es altamente desigual, y está siendo soportado por los grupos más débiles dentro de la población, aún cuando continúan vigentes las medidas de distribución de subsidios por desocupación y desempleo. Y por supuesto, la carencia de un presupuesto que discipline la acción pública contribuye de manera decisiva a una asignación discrecional de los recursos públicos, sin contrapesos hasta el presente. Otro ingrediente central en la falta de credibilidad.

La confianza en el pacto social es el cemento que solidifica las estructuras de una nación, y su presencia es central en el desarrollo democrático de una sociedad. Su pérdida puede quizás disimularse un tiempo,  mientras continúan funcionando formalmente las instituciones. Pero la creciente falta de credibilidad en éstas termina por dejar al descubierto su  carencia de propósitos, o más la existencia de propósitos muy alejados de la búsqueda del bien común. Y cuando los miembros de la clase política se chantajean abiertamente entre ellos, es tiempo de reaccionar y emprender el rescate de la credibilidad perdida, con la sustitución lisa y llana de esa clase política. Pero esa es tarea de jóvenes. A ellos pertenece el futuro pero también el presente. Y a ellos, estoy seguro, estaba dirigida la prédica del Presidente Rivlin, cuando advertía, ya en el 2015, la necesidad de superar el enfrentamiento entre las “cuatro tribus” que conforman la sociedad israelí.