Amando al Extranjero - Parashá de la Semana

Hay una sola respuesta suficientemente fuerte para contestar la pregunta: ¿Por qué no debiera yo odiar al extranjero? Porque el extranjero soy yo.
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Parashat Mishpatim - Rab Jonathan Sacks

Hay preceptos que parecen saltar de la página por su singular poder moral. Es el caso de la legislación especial de Mishpatim. En medio de las leyes complejas relacionadas con el trato a los esclavos, las lesiones personales y la propiedad, se destaca una en particular en virtud de su repetición (aparece dos veces en la parashá) y el razonamiento histórico-psicológico implícito:

No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, pues ustedes han sido extranjeros en Egipto. (Ex. 22:20)

No opriman al extranjero; ustedes mismos saben lo que se siente al ser extranjero (literalmente “ustedes conocen el alma del extranjero”), porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. (Ex. 23:9)

Mishpatim contiene muchas leyes de justicia social - no aprovecharse de la viuda o el huérfano, por ejemplo, no cobrar intereses por un préstamo a un miembro de la propia comunidad, leyes en contra del soborno y de la injusticia, etc. La primera y la última de estas leyes, sin embargo, reiteran el precepto de no maltratar al guer o “extranjero.” Claramente hay algo fundamental en juego en la visión de la Torá de un orden social con gracia y justicia.

Si una persona era hijo de un prosélito, no debes burlarte de él diciendo “Recuerda los hechos de tus ancestros,” pues está escrito: “No debes maltratar al extranjero ni oprimirlo.”

Los sabios notaron el énfasis reiterado de la ley bíblica del extranjero. Según Rabi Eliezer, la Torá “advierte acerca del maltrato del guer en treinta y seis instancias; otros dicen que en cuarenta y seis lugares.” (1)

Cualquiera sea el número exacto, la repetición en los libros mosaicos es destacable. Algunas veces el extranjero es mencionado junto con los pobres; otros, con la viuda y el huérfano. En varias ocasiones la Torá especifica: “tendrás la misma ley para el extranjero que para el nativo.” (2) No solo el extranjero no debe ser dañado; él o ella deben ser incluidos en la recepción de los beneficios de la sociedad israelita/judía. Pero la ley va más allá: el extranjero debe ser amado.

Cuando un extranjero vive contigo en tu tierra, no lo maltrates. El extranjero que vive contigo debe ser tratado como un habitante nativo. Ámalo como a ti mismo, pues tú has sido extranjero en Egipto. Yo soy el Señor, tu Dios. (Lev. 19: 33-34)

Este precepto aparece en el mismo capítulo que la orden “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lev. 19:18). Más adelante, en el libro de Deuteronomio, Moisés aclara que este es un atributo de Dios mismo:

“Pues el Señor tu Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el gran Dios, poderoso y temible, que no muestra parcialidad alguna ni acepta sobornos. Él defiende la causa del huérfano y de la viuda, y ama al extranjero, dándole vestimenta y alimento. Y tú debes amar a los que son extranjeros, pues ustedes mismos fueron extranjeros en Egipto.” (Deut. 10: 17-19)

¿Cuál es la lógica de este precepto? El comentario más profundo proviene de Najmánides:

La interpretación correcta me parece que es que Él está diciendo: no maltrates al extranjero ni lo oprimas pensando que nadie lo puede liberar de tu mano; pues tú lo sabes ya que fuiste extranjero en la tierra de Egipto y Yo vi la opresión con la que los egipcios te oprimieron y los vengué por causa de ella, porque vi las lágrimas de los que fueron oprimidos y no tuvieron consuelo...De igual forma no causarás aflicción a la viuda y al huérfano porque Yo oiré sus llantos, pues ellos no tienen confianza en sí mismos sino que han depositado su confianza en Mí.

Y en otro versículo Él agrega este motivo: pues ustedes saben lo que se siente al ser extranjero, porque fueron extranjeros en Egipto. O sea, saben que todo extranjero se siente deprimido, está siempre penando y llorando, y sus ojos están siempre dirigidos hacia Dios, y por lo tanto Él siempre le tendrá misericordia así como la tuvo con ustedes (y de la misma forma la tiene con todos los oprimidos). (3)

Según Najmánides el precepto tiene dos dimensiones: la primera es la relativa impotencia del extranjero. Él o ella no están rodeados de familia, amigos, vecinos, una comunidad dispuesta a salir en su defensa. Por lo tanto, la Torá advierte acerca del maltrato hacia ellos porque Dios se ha hecho protector de todos los que no tienen quien los proteja. Esta es la dimensión política del precepto. La segunda razón, como hemos ya notado, es la vulnerabilidad psicológica del extranjero (recordamos las propias palabras de Moisés ante el nacimiento de su primer hijo, cuando vivía con los midiantas: “Yo soy extranjero en tierra extraña,” Ex. 2 22). El extranjero es la persona que vive fuera de la seguridad del hogar y de su pertenencia. Está, o se siente, solo - y a través de la Torá, Dios es especialmente sensible al lamento del oprimido, a los sentimientos del rechazado, al llanto del que no es escuchado. Esa es la dimensión emotiva del precepto.

El Rab Jaim ibn Attar (Or HaJaim) agrega una visión fascinante. Puede ser, dice, que la misma santidad que sienten los israelitas como niños hacia el pacto los lleve a menospreciar a los que carecen de semejante linaje. Por eso les está ordenado no sentirse superiores al guer, sino recordar la degradación que sus ancestros experimentaron en Egipto.(4) Como tal, resulta un precepto de humildad ante a los extranjeros.

De cualquier forma que lo miremos, hay algo impactante acerca de esta casi interminable iteración del cuidado al extranjero - junto con el recordatorio histórico de que “ustedes mismos fueron extranjeros en Egipto.” Es como si, en esta serie de leyes, estuviéramos llegando al meollo del misterio de la existencia judía. ¿Qué es lo que está implicando la Torá?

La preocupación por la justicia social no era privativa de Israel. (5) Lo que sentimos, sin embargo, a través de toda la narrativa bíblica, es la carencia de derechos básicos a los cuales podían apelar los extranjeros. No fue por accidente el destino de Sodoma y las ciudades de la llanura cuando intentaron asaltar a los dos visitantes de Lot. Y tampoco podemos dejar de notar el riesgo al cual se expusieron Abraham e Ytzjak cuando fueron forzados a dejar su hogar y refugiarse en Egipto, o en la tierra de los filisteos. En cada uno de estos tres episodios (Gen. caps. 12.20 y 26) ellos estaban convencidos de que su vida estaba en riesgo; que podían ser asesinados para llevar a sus mujeres al harén real.

También aparecen inferencias reiteradas, en el transcurso de la historia de Iosef, de que los israelitas en Egipto eran considerados como parias (la palabra “hebreo”, así como el término hapiru encontrado en la literatura no israelita de la época, parece tener una connotación fuertemente negativa). Un versículo en particular - cuando los hermanos aguardan a Iosef por segunda vez - señala el desprecio con el que eran tratados:

Le sirvieron a él (Iosef) solo, a los hermanos por su cuenta, y los egipcios comieron con él, porque los egipcios no podían comer con los hebreos, ya que era detestable para ellos. (Gen. 43: 32)

Así era en el mundo antiguo. El odio al forastero es una de las pasiones más antiguas, remontándose al tribalismo y la prehistoria de la civilización. Los griegos llamaron a los extranjeros “bárbaros” debido a que su extraña dicción (así les parecía a ellos) les recordaba el balido de la ovejas. (6) Los romanos también despreciaban a las razas no helénicas. Las páginas de la historia están manchadas de la sangre vertida debido a conflictos raciales o étnicos. Fue precisamente esto lo que el Iluminismo, la nueva “era de la razón,” prometió erradicar. Pero eso no ocurrió. En 1789 en la Francia revolucionaria, a la par que eran proclamados los Derechos del Hombre, se produjeron disturbios contra los judíos en Alsacia. El odio contra los trabajadores inmigrantes ingleses y alemanes persistió a lo largo del siglo XIX. En Marsella, en 1841 una turba de diez mil personas atacó a los italianos y sus propiedades. La aversión al diferente es tan antigua como la humanidad. Este hecho yace en el corazón de la experiencia judía. No es coincidencia que el judaísmo nació en dos viajes por fuera de las más grandes civilizaciones del mundo antiguo. El de Abraham fuera de la Mesopotamia, el de Moisés y los israelitas fuera del Egipto faraónico.

La Torá es la protesta más grande del mundo contra los imperios y el imperialismo. La protesta tiene muchas dimensiones. Una de ellas es la que va en contra del intento de justificar la jerarquía social y el poder absoluto de los gobernantes en nombre de la religión. Otra es la subordinación de las masas al estado - ejemplificado en los monumentales proyectos de construcción, primero Babel, luego en Egipto y la esclavización implícita. El tercero es la brutalidad de las naciones durante las guerras (el tema de los oráculos de Amós contra las naciones). Sin duda, la trasgresión más seria - para los profetas, como para los libros mosaicos - era el uso del poder contra los indefensos: la viuda, el huérfano y sobre todo, el extranjero.

Ser judío es ser extranjero. Es difícil evitar la conclusión de que este fue el motivo por el cual a Abraham le fue ordenado dejar su tierra, su casa, la casa de su padre; ¿Por qué motivo, mucho antes de nacer Iosef, a Abraham le fue anunciado que sus descendientes serían extranjeros en una tierra que no sería la propia?; ¿Por qué Moisés debía sufrir el exilio personal antes de asumir el liderazgo del pueblo?; ¿Por qué los israelitas sufrieron persecuciones antes de heredar su propia tierra?; y ¿Por qué la Torá es tan insistente en que esta experiencia - la de repetir la narración de la historia en Pesaj, junto con el nunca olvidado gusto del pan de la aflicción y las hierbas amargas de la esclavitud - debía formar parte en forma permanente de su memoria colectiva?

Retrospectivamente, es aterrador percibir cuán seriamente tomó la Torá el fenómeno de la xenofobia, el odio al extranjero. Es como si la Torá estuviera diciendo con la máxima claridad: el razonamiento es insuficiente. La simpatía, inadecuada. Sólo la fuerza de la historia y la memoria tiene el peso suficiente para contrarrestar el odio.

La Torá pregunta: ¿Por qué no odiar al extranjero? Porque una vez estuviste parado donde está él ahora. Conoces el corazón del extranjero porque una vez fuiste extranjero en la tierra de Egipto. Si tú eres humano, también lo es él. Si él es menos que humano, también lo eres tú. Debes luchar contra el odio en tu corazón. Como luché Yo en contra del más grande emperador del más grande imperio del mundo antiguo por ti. Y te transformé en el arquetipo del extranjero del mundo para que puedas luchar por los derechos de los extranjeros - por los propios y por los de los otros, donde sea el lugar en que estés, con cualquier color que tenga tu piel o cualquiera sea tu cultura, porque aunque no sean a tu imagen, dice Dios, lo son sin embargo a la Mía. Hay una sola respuesta suficientemente fuerte para contestar la pregunta: ¿Por qué no debiera yo odiar al extranjero? Porque el extranjero soy yo.




Referencias:
(1) Bava Metzia 59b
(2) Éxodo 12:49; Levítico 24:22; Números 15:16, 29.
(3) Ramban, comentario a Éxodo 22:22.
(4) Or HaJaim, comentario a Éxodo 22:20
(5) Ver Social Justice in Ancient Israel and in the Ancient Near East (Jerusalem: Magnes Press, 1995) de Moshe Weinfeld.
(6) El verbo barbarízein en griego antiguo significaba imitar los sonidos lingüístico que hacían los no-griegos, o cometer errores gramaticales en griego.