Más preguntas que respuestas

Post thumbnailPresidente da República Popular da China, Xi Pinping - Foto: Wikipedia - Alan Santos/PR - CC BY 2.0
La velocidad con que la economía mundial prácticamente se paralizó en el curso de pocas semanas, ante la pandemia que nos azota, podría resultar fascinante, si no fuera tan trágica, Entre las virtudes que es posible atribuir a los avances tecnológicos contemporáneos destaca la drástica reducción de las distancias, tanto las reales como las virtuales, tanto en tiempos como en costos. Pero esas mismas virtudes son en gran parte responsables por la rapidez en la transmisión, no sólo de la propia enfermedad, sino también de las reacciones ante ella. Y esas son muy similares entre sí en la mayor parte de los países y en todos ellos ha repercutido de manera similar, al menos en la dimensión económica: con una muy rápida y acentuada disminución de la actividad productiva y una muy amplia desocupación, y una urgente necesidad por parte de los poderes públicos de diseñar y poner en práctica acciones inmediatas para proteger a las empresas y subsidiar a los desempleados, a costa de incurrir en déficit que son una carga para el futuro (aunque el orden y la magnitud de estas acciones ha variado en los distintos países, lo que dice mucho acerca de las prioridades sociales de cada uno de sus gobiernos).

Pero de la salida de la profunda recesión económica que aflige al mundo -resultado de ese desplome generalizado de las actividades productivas- lo más que se puede decir es que no será tan rápida ni tendrá rasgos similares en cada caso. Más allá de ello, entramos directamente al terreno de las especulaciones. Sin embargo, parece imposible evadirse de la necesidad de entrar, precisamente, a especular sobre cómo será esta salida -que se quisiera adelantar cuanto antes- y hacia qué dirección nos llevaría. Y quizás se trate de algo más que un mero ejercicio intelectual, porque junto con la convicción de que esta profunda crisis sanitaria y su brutal remoción del quehacer cotidiano habrá de ceder en algún momento, crece también la idea de que la entrada a una posible nueva normalidad abra oportunidades (pero eso sí, sólo oportunidades, no certezas) para reconducir a las economías hacia panoramas socialmente más justos.

En este orden de cosas, las muchas voces que se están dejando oír se centran sobre todo en el tema de la globalización, en las nuevas formas que ésta podría (o debería) asumir, y aun jugando en ocasiones con la llamada desglobalización. Pero conviene recordar que las discusiones sobre los alcances de la globalización y sobre sus impactos -positivos y negativos- sobre el funcionamiento de las economías y las sociedades nacionales, estaban presentes ya antes del ataque de la pandemia; la puesta en tela de juicio de las virtudes de la globalización a partir de la crisis del 2009 es un ejemplo de ello.

Pero el cierre de fronteras adoptado por la inmensa mayoría de los países ante la pandemia y las debilidades que muestra la fragmentación de la estructura productiva en el ámbito de la globalización (al ubicar el procesamiento de diferentes partes de un producto en distintos países y regiones para beneficiarse con las diferenciales de salarios, se arriesga que en tiempos de crisis se carezca de suministros vitales), vienen mostrando los límites de la globalización, así como las amenazas al bienestar y seguridad de una población dada, en la medida que este bienestar y seguridad dependan de la disponibilidad de bienes (o de insumos) producidos en otro espacio geográfico. Y a ello pueden agregarse motivaciones de orden político, un ejemplo de las cuales pueden ser las que parecen guiar las acciones del presidente Trump en sus disputas con China.

Y, sin embargo, no es posible imaginar en el siglo XXI -y en el ámbito de la revolución tecnológico/científica que lo caracteriza- un mundo constituido por unidades nacionales autárquicas, autosuficientes; y eso es especialmente importante para países pequeños, con escasos recursos naturales, como es el caso de Israel.  Es pertinente, por lo tanto, preguntarse cómo proyectar las estrategias de salida de esta pandemia para alcanzar, por un lado, la más rápida solución al muy fuerte desempleo generado por esta pandemia y a las múltiples quiebras y cierres empresariales y, por otra, ir sentando las bases de una estructura productiva diferente, cuyos resultados corrijan la injusta distribución actual del ingreso y restauren los valores sociales que alguna vez caracterizaron a esta sociedad.

Es evidente, empero, que la implementación de estrategias de la naturaleza insinuada en el párrafo anterior está supeditada al tipo de condiciones externas e internas que se presentan en la realidad. Las condiciones externas, para un país como Israel, son datos sobre los cuales poco puede influir; éstas se refieren -entre otras- al ritmo de recuperación de las principales economías demandantes de los bienes y servicios producidos en Israel, concentrados en los sectores de alta tecnología. Las condiciones externas determinarán también la evolución de los precios a nivel internacional y su influencia sobre los niveles de inflación nacionales, así como el grado de apertura del transporte aéreo internacional, factor clave en el movimiento turístico hacia Israel y que constituye un aporte importante para su mercado de trabajo. Pero, por sobre todo, las condiciones externas determinarán la continuidad o no de la globalización tal como ha venido desenvolviéndose hasta ahora, incluyendo la evolución de los usos y fuentes de energía; y en esa determinación un país como Israel -aún con sus yacimientos de gas- es un mero espectador, con escasa (si alguna) participación.

Por el contrario, las condiciones internas son en principio un instrumento que la sociedad israelí podría manejar. Sin embargo, la realidad política actual resulta poco propicia -para decirlo de manera elegante- para diseñar y menos aún poner en práctica una estrategia diferente al modelo neoliberal. El gobierno recientemente instalado en Israel parece tener como único propósito declarado enfrentar la actual pandemia (y como único propósito real, prolongar el estatus quo con un Primer Ministro acusado en tres juicios criminales); a lo sumo se preocupará, en lo económico, por hacer frente al fuerte déficit público que se ha ido conformando al enfrentar la pandemia, para volver a recuperar el grado de inversión que mantuviera hasta el reciente pasado, y en lo político, por avanzar en la anexión de los territorios ocupados (por supuesto con la bendición del presidente Trump).

¿Pero será esto lo que la población que salga -que está saliendo- del encierro obligado por la pandemia está esperando?  ¿Con qué facilidad y a qué costos volverá al trabajo -y a qué trabajos- la cuarta parte de la fuerza de trabajo que está desempleada?  ¿Cuánto importará la forma en que se vaya depurando el déficit fiscal asumido, y quienes cargarán con su mayor peso? ¿Continuará la sociedad israelí dando la espalda a la realidad de la ocupación?... Las preguntas afloran en todos los campos, pero ¿dónde están y quiénes traerán las respuestas?