Víctima de su propio éxito

Post thumbnailDonald Trump Jared Kushner y Benjamín Netanyahu Foto: GPO Kobi Gideon
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece haberse vuelto víctima de su propio éxito. Cuando en mayo de 2018, el gobierno de Washington decidió retirarse del llamado “Plan de Acción Integral Conjunto” (JCPOA, en inglés), el acuerdo nuclear con Irán, y reimponer las sanciones, la gran mayoría de los analistas ridiculizó la astucia del mandatario argumentando que dado que las otras cinco potencias mundiales (Rusia, China, Gran Bretaña, Francia y Alemania) permanecerían en el tratado, la implementación de los punitivos estaba condenada al fracaso.

Sin embargo, es evidente que las sanciones están dañando la economía iraní. Sobre todo cuando a partir de abril de este año, Washington amenazó con sancionar a los países que siguieran comprando petróleo a Teherán tras haber expirado la exención de seis meses otorgadas a un puñado de naciones.

Los iraníes preferirían esperar hasta las elecciones de noviembre de 2020 en Estados Unidos, con el anhelo de que suba un gobierno demócrata; pero las sanciones son tan duras, que el precio es demasiado alto. También son conscientes que la diferencia de poderío bélico es tan alta que no están dispuestos a un enfrentamiento militar frontal con Washington.

Pero, Teherán también sabe que el presidente norteamericano, a diferencia de sus asesores, aborrece la guerra. Sobre todo con los comicios para su posible reelección en el horizonte. Es bajo este telón de fondo, donde se está desarrollando la escalada geográficamente focalizada en el Estrecho de Ormuz y otras zonas del Golfo Pérsico, con derivaciones difícilmente predecibles.

Trump quiere que los ayatollahs chiís regresen a la mesa para renegociar un nuevo pacto nuclear que bloquee férreamente a Teherán el camino hacia la “bomba” y reducir la influencia subversiva iraní en la región. Cuenta para ello con el ferviente apoyo de los países árabes sunitas, quienes en reciprocidad han acudido al “taller” económico de Bahréin, para el desencanto de los palestinos.

A pesar de que los funcionarios israelíes no fueron invitados por la Casa Blanca a Bahréin, el foro que contó con la presencia de representantes del sector privado israelí, tiene un fuerte olor a “normalización” entre el Estado judío y el mundo árabe.

Más aún, la reunión sin precedentes de los asesores de seguridad de Rusia, EE.UU. e Israel en Jerusalén, pone aún más de relieve la relativa conectividad israelí con el mundo y el aislamiento político y diplomático de los palestinos, que como si fuera poco se encuentran profundamente divididos entre los nacionalistas de Fatah (en Cisjordania) y los islamistas de Hamás (dueños de Gaza).