Una nueva condición humana

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El silencio sólo servirá para fomentar la indiferencia
moral del mundo
Thomas Mann

“Los prominentes judíos constituyeron un triste y notable fenómeno humano. Convergen en ellos los sufrimientos presentes, pasados y atávicos y las tradiciones y educación de hostilidad hacia el extranjero, para convertirlos en monstruos de insaciabilidad y de insensibilidad”, dirá Primo Levi. Y a esta clase de monstruos es a los que vamos a catalogar de una nueva especie humana, especie ésta que no entra en la clasificación de condición humana, sino que dan a ver lo puro demoníaco y vil que encontró el lugar justo para su manifestación: el Lager (campo de exterminio).

Pero también están los otros que descubrieron allí una condición humana
hasta entonces desconocida y que gracias a la brutalidad y condiciones infrahumanas del Lager llegaron a descubrir ese reducto recóndito de si. Debieron acallar la conciencia, apagar la dignidad humana, dejarse atrapar por una desconocida brutalidad, todo para no sucumbir frente a la insensibilidad del nazi, no sólo de los Kapos, sino también de sus pares, y todo esto ¿porqué?, para defender ese bien tan preciado llamado Vida.

¿Qué es la condición humana, cómo se la reconoce de acuerdo a los valores y parámetros inculcados por la religión, la filosofía y la moral?

Cuando se subvierte el concepto y el valor de lo denominado Bien y Mal entonces, los humanos entramos en otra categoría del ser, un ser visto al desnudo, sin ambages, sin pudores, en la pura manifestación de la crudeza, en un estado casi salvaje, animal básico dado que lo único que importa es vivir, comer la hogaza de pan, defenderse del frío, poder llegar al fondo de una olla porque allí hay quizás una papa, tener una cuchara para comer ese líquido miserable llamado sopa, cuidar de que no se hinchen los pies puesto que la muerte en el Lager empieza por los pies hinchados camino a la “Ka Be”, la enfermería y de allí rumbo a la chimenea, en ese horizonte amplio ya fuera de toda miseria humana y toda estrechez.

En el año del centenario del nacimiento de Primo Levi seguimos con su lectura dado que es nuestro sentido homenaje a su persona, a su sufrimiento y sobre todo a su transmisión, dado que nos aportó un material inédito acerca de lo que es capaz de hacer un hombre o sea, cualquiera de nosotros, si hubiéramos estado en su situación, y que es inaceptable que nadie diga “yo no hubiera hecho eso” pues ante una experiencia al límite e inhumana como ha sido el experimento que han hecho los nazis en los campos de concentración, nadie sabe qué hubiera acontecido de haber estado en ese lugar a costa de defender lo más importante que tenemos que es nuestra vida.

En las palabras de Primo Levi que dicen “ frente a la necesidad y el malestar físico oprimente, muchas costumbres e intentos sociales son reducidos al silencio”. Aquí vemos que frente al maltrato barbárico de los nazis el cautivo en el Lager, olvidó, silenció todo lo transmitido como cultura y educación por generaciones. Todo queda reducido al silencio, a la soledad, ya no hay otro como camarada que venga en su rescate, no hay conmiseración, ni por el débil ni por el caído. Cada ser se arrastra “en una opaca soledad íntima y en soledad mueren o desaparecen sin dejar rastros en la memoria de nadie”. Durísimas palabras, dichas de frente, sin adornos ni embauques, una vida que se pierde ahí pasa a ser anónima, sin ritos funerarios, sin ser recordado, hacinado en una fosa común, tan sólo un número tachado de la lista de los Häftlinge (prisioneros).

A partir de la mostración al descarne, de lo inhumano por parte del nazi y los efectos que producen en el cautivo, debiéramos nosotros los psicoanalistas hacer toda una investigación en lo profundo del ser humano, uno nuevo habitado todo el tiempo por la pulsión de muerte, que la pone en juego incluso para defender su vida, a saber, cuando es implacable en cuanto a defender su pedazo de pan, de robar una cuchara al distraído, de esmerarse por tener un mejor “trabajo” debiendo de sobresalir como más fuerte y más listo que su débil compañero que no posee los recursos mentales ni físicos para poder sacar ventajas de esa ominosa situación. Entonces, deberíamos escribir un nuevo tratado de psicología humana a partir de lo inhumano aquí expuesto. ¿Y esto es cuestionable? No, nada de discursos llenos de falsa moral o de arengas religiosas, aquí en Auschwitz ningún Dios vino en ayuda de los cautivos ni de las criaturas enviadas con sus madres directamente ni bien bajaban en la rampa de Auschwitz, camino a las cámaras de gas. Ningún nazi se conmiseró de los pobres bebitos, vistos cual una plaga de cucarachas infestas a las que había que exterminar.

Entonces, la sensibilidad de Primo Levi recuerda diciendo que esos hombres,
los hundidos, los llamados por el resto del Lager “muselmann, son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro y si pudiese encerrar todo el Mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esa imagen, que me resulta
familiar, un hombre demacrado con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se pueden leer ni una huella de pensamiento”. Mejor no se lo puede explicar el efecto del Mal sobre un ser humano hecho cometido por otro humano.

Cómo alguien venido de un país culto, tradición de poetas, filósofos, músicos y psicoanalistas, pudo llegar a generar semejantes monstruos insensibles, tomados de las arengas y discursos demagógicos de un Hitler, que lograron ensuciar la razón y apostar a la discriminación, de la mayoría del pueblo alemán, generando semejante cohorte de asesinos que no cuestionaban, salvo algunas excepciones tales mandatos de masacrar a todo un pueblo milenario, experimentar sobre ellos cual cobayas de laboratorio, de arrojar bebés al aire para dispararles cual divertimento y ser indiferentes a la mirada suplicante y doliente de sus madres, de no verlos como humanos sino tan solo simples ratas y bacilos.

Escribir y escribir hasta el límite. Y no obstante no se logra terminar de decir lo que allí aconteció. Primo Levi intenta mostrarnos ese horror, y lo pone por escrito una y otra vez, igual es imposible captar, imaginarnos la medida de ese horror, la dimensión de tal maldad. Es improferible.

Entonces, no nos cansamos de ver una y otra vez las filmaciones de documentales, de detenernos en los pequeños detalles, el entrecruzamiento de miradas de una madre que la ubican del lado izquierdo de la fila, distinto de su hija de 18 años, a la derecha, útil, fuerte, rozagante para un trabajo de mano de obra esclava. No hay llantos, no hay palabras, no hay adioses, solo una mirada triste, solitaria, muda, que sellará la vida para siempre de aquel que sobreviva de una congoja inexplicable, un porqué que no tendrá respuesta.

¿Por qué yo? Porqué lo dejé ir en las palabras de mi padre en cuanto a su hermano menor. Y mi siempre y repetida respuesta “porque no sabías”. Nadie sabía que lado era el correcto, el de la vida o el de la muerte. Su mirada triste lo acompañó toda su vida y marcó la mía. Hiciese lo que fuere, nunca alcanzó a rescatarlo de ahí, de la culpa, del porqué lo dejé ir. Y ese hermanito nunca tuvo nombre para mí, nunca logró pronunciarlo, su sólo intento hacía que la angustia lo invadiera y el silencio ocupase el lugar del Nombre. El silencio no es mudo, más bien es ensordecedor, invade todos los espacios, llena toda la imaginación, contornea los fantasmas de una niña, y esa niña era yo.

“O Gott, mein Gott, wah hab´ich getan, dass ich so leidan muss?“. En Auschwitz
Dios fue mudo, ciego y sordo, ¿será que no existe?.

Y ahora está el otro lado, el de los que esperan a los que fueron arrebatados de sus hogares en mitad de la noche. Entonces Margerite Duras en la espera doliente de su hombre, padre de su hijo, nos referimos a Robert Antelme, escribe La Doleur, donde dice “que me he encontrado ante un desorden fenomenal de pensamientos que no me he atrevido a tocar, comparado con el cual la literatura me ha avergonzado”. Escriba cuanto escriba no hubo palabra que alcance a cifrar tanto dolor: el de la espera, “y el dolor necesita espacio”, espacio para que duela, espacio solitario para llorar, espacio para recordar digo yo.

Dolor de mujeres, minimizado, como el campo de mujeres y niños Ravensbrück (puente de cuervos) esas olvidadas entre el conjunto de los olvidados, ellas doblemente víctimas por su condición de género y sobre todo redoblado el sufrimiento porque allí, en ese campo de concentración el don y la bendición de la maternidad se convierte en horror al ver impotentes cómo matan a sus hijos.

Entonces, si hay Dios porqué selló con silencio el ser testigo de tanta barbarie, ¿o necesita del sacrificio para que colmen su presencia y den cuenta con el de cuánto se lo ama? En cuanto a esta pregunta tenemos dos resoluciones como respuesta de parte de los sobrevivientes. Están los que creen profundamente en él porque piensan que gracias a su intervención fueron salvados, y los que descreen de Dios pues debido a su condición de judíos es que fueron enviados a Auschwitz y que ningún Dios osó rescatarlos.

Nuevamente apelamos a Primo Levi. Nos relata la selección en ese cruento
invierno de octubre de 1944. A la izquierda los que eran seleccionados a las cámaras de gas, a la derecha los que esta vez el azar quiso que se salvasen, elección incierta porque nadie sabe de que lado será situado una próxima vez. Y observa cómo un hombre llamado Kuhn reza copiosamente agradeciendo a Dios que haya quedado del lado derecho, mientras que el joven Beppo de 20 años ha sido seleccionado para morir. Entonces Primo Levi es categórico uando dice “ si yo fuera Dios escupiría al suelo la oración de Kuhn”. Contundente, sin ambages ni miramientos, Dios no tiene lugar aquí tanto para un sí como para un no. Ni siquiera habla de destino, sólo piensa que él aún está vivo por obra del azar.

Estamos frente a una línea delgada y no cuestionable, ada uno sabe y decide de qué lado de la creencia se ubica, pero de lo que sí estamos seguros es que en nombre de ninguna segregación, ni política, ni religiosa debe acontecer un Auschwtiz. Nunca Más. ■