Tres episodios - un escenario

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Noticias y debates en la televisión y en los periódicos han dado a conocer en los últimos días varios hechos que revelan una vez más las tensiones entre la democracia y el fundamentalismo religioso en Israel.

Circunstancias que obligan a señalar que si sus creyentes y seguidores fueran en verdad fieles a sus principios y conductas deberían abstenerse de toda participación en cualquier certamen político por dos razones: I) la democracia contradice sustancialmente los principios que en sus entornos predican y practican; II) estos grupos deberían considerar un cardinal pecado sacar partido de un régimen y en un país que otros -no ellos- aportan y defienden.

Aludiré a tres episodios que los medios han difundido en los últimos días, episodios que deberían suscitar reflexiones sobre el tema aludido, particularmente en estos días.

El primero de ellos alude a los abusos cometidos durante una década en Jerusalén que tuvieron como víctimas a niños y niñas que nacieron en los barrios religiosos. Con la aprobación deliberada o tácita de rabinos y de sus padres fueron sacados de las aulas y llevados a antros oscuros para ser manipulados sexualmente por personajes que la policía bien conoce. Sin embargo, ni rabinos ni padres que tomaron parte en estos excesos han sido debidamente condenados, y sólo en los últimos días el amplio público ha llegado a conocerlos gracias a la labor -y las imágenes fotográficas- de un atento periodista. Hasta este momento no se conoce reacción alguna a estos oscuros actos por parte del liderazgo rabínico.

El segundo episodio alude a los informes engañosos de Tzáhal sobre el número de jóvenes que, sin desprenderse del fundamentalismo rabínico, resuelven servir en las unidades del ejército. No son miles como públicamente informaron sino algunos pocos centenares en contraste con la mayoría de los jóvenes que, sin desmentir a Dios, consagran no pocos años de sus vidas a la defensa del país.

Informes engañosos que revelan una vez más que en la mirada de los rabinos fundamentalistas y de sus irreflexivos seguidores las fuerzas militares de Israel constituyen un contingente mercenario y pecador que el Estado secular -y no ellos ni sus devotos creyentes- debe financiar.

El último alude a la atinada decisión de algunas autoridades urbanas -especialmente las de Tel Aviv- encaminada a alentar el transporte público -sin costo alguno- durante los sábados para beneficio de los ciudadanos que necesiten este servicio. Actitud que ya enciende airadas protestas en algunos círculos rabínicos, como si se tratara de una pecaminosa ofensa a los Cielos.

Tres episodios que conducen a preguntar: 1) ¿aprecian en verdad   estas agrupaciones fundamentalistas el libre juego democrático a pesar de que está absolutamente ausente en el interior de sus comunidades?  2) ¿la disparidad que ellas cultivan entre las creencias religiosas y la práctica política no es un acto pecaminoso, o constituye más bien un uso inteligente de las posibilidades que algún otro les facilita? 3) ¿qué escenarios vislumbran y cómo habrán de actuar si ocurriese -en parte por esta contradictoria conducta- un desastre militar en el país que los cobija?

Interrogantes que ganan actualidad cuando la inestabilidad política y riesgos militares amenazan gravemente al país.