Rarezas de la crisis política israelí

Post thumbnailBenjamín Netanyahu Foto: Kobi Gideon GPO vía Facebook
El sistema político israelí se encuentra ante un impase o un estancamiento jamás visto. Los dos partidos principales: Likud y Azul y Blanco (Kajol Laván) están prácticamente empatados, y al no poder forjar un gobierno de mayoría ni de unidad, están por conducir insólitamente al país por tercera vez a elecciones generales en el término de apenas un año.

Paradójicamente, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, que logró sortear dificultosamente turbulencia de los dos mandatos del presidente estadounidense, Barack Obama, con el que mantuvo no pocas discrepancias; parece sumergirse políticamente bajo la mirada atónita de la Administración Trump que ha hecho todo lo posible para socorrerlo.

¿Por qué ahora? Debe estar preguntándose el primer ministro.

Probablemente, las graves conflagraciones que sacuden el Oriente Medio han reducido el conflicto israelí-palestino a su verdadera dimensión o tal vez lo han puesto bajo una perspectiva más realista.

Paralelamente, tras el ascenso de los islamistas en la Franja de Gaza, luego de la retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) del enclave costero en 2005; el desengañado público israelí parece haberse conciliado con la idea de que la posibilidad de una solución a la disputa en el horizonte es una quimera.

La virtual desaparición del conflicto israelí-palestino del discurso electoral parece haber socavado la fuerza de la coalición de la derecha-nacionalista-religiosa, que construyó diligentemente Netanyahu.

En cambio, se ha visto favorecida la emergencia de otras agendas que previamente estaban subsumidas.

Ya se trate de la corrupción, que tanto preocupa a los sectores medios, o del antagonismo de las elites del estado - el aparato de Justicia, los cuadros de la Policía y los ex altos mandos del Ejército- con el estilo populista del liderazgo de Netanyahu. O de la revuelta nacionalista secular que impulsa el líder del Partido Israel Beitenu (Israel Nuestro Hogar), de los inmigrantes de la ex Unión Soviética, contra la hegemonía del establishment ultraortodoxo judío.

De hecho, el partido Likud y su némesis, Azul y Blanco, no conllevan grandes diferencias. Y en este escenario, hasta los partidos árabes israelíes han poco tenido empacho en mostrar abiertamente su disposición a participar en el juego de alianzas para maximizar las reivindicaciones del sector que pretenden representar sobre la mesa.

Queda por verse, si los políticos lograrán un acuerdo de compromiso, a pesar de los fieros conflictos de intereses. O si por el contrario están dispuestos a que el estado de incertidumbre persista y ponga un signo de interrogación sobre el propio sistema de representación que los encumbró en el poder.