Primavera Árabe: ¿La segunda llegada?

Post thumbnailPrimavera Árabe en Sudán Foto: M. Saleh Wikimedia CC BY-SA 4.0
La inestabilidad actual en Argelia, Sudán y Libia ha llevado a que algunos medios de comunicación occidentales entusiasmados anuncien un segundo capítulo de la Primavera Árabe. Aquellos que celebran deben tener cuidado con lo que desean. Los levantamientos árabes de 2010-2011 y los años subsiguientes comenzaron con gran esperanza, con la excepción parcial de Túnez, dejaron a su paso solo el conflicto, la guerra y la fragmentación del Estado. Uno solo puede desearles mucha suerte a los manifestantes, al mismo tiempo que notar que el registro sugiere que es improbable que las sociedades que carecen de las tradiciones e instituciones de la sociedad civil logren una mejor gobernanza a través de los movimientos de masas.

Sin embargo, los acontecimientos en Sudán y Libia son importantes de otra manera. Ambos países, tales como Yemen y Siria antes que ellos, están actuando actualmente como escenarios de una guerra fría regional en curso. Esta disputa enfrenta a los países árabes del Golfo, alineados con Occidente, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, junto al Egipto de Sisi, contra el eje de orientación Hermanos Musulmanes e islamista sunita de la Turquía de Erdogan y el Emirato de Qatar. Tanto en el caso de Libia como en el de Sudán, estos bloques rivales están respaldando a actores rivales.

Es de mayor interés notar que en esta disputa, cada uno de los dos campos opuestos hace uso de representantes de una u otra de las formas de organización política que han demostrado tener mayor importancia en el mundo árabe en la última década.

Fuera de las monarquías árabes, y nuevamente con la notable excepción de Túnez, hay dos formas de organización política de importancia en el mundo de habla árabe: los movimientos islamistas y los regímenes militares autoritarios. En todos los casos, los turcos y los qataríes apoyan a los islamistas. Mientras tanto, los egipcios, sauditas y emiratíes ofrecen su respaldo a los militares. En estas disputas, la mayoría de las veces, la gente movilizada en la plaza pública tiende a desempeñar el papel de extras. Son convocados por los islamistas o los generales para crear la ilusión de la voluntad popular, antes de ser descartados una vez más.

En Sudán, la protesta popular ha llevado a la destitución del presidente Omar al Bashir, uno de los jefes de Estado con más años de servicio en el mundo árabe. Las multitudes aún no se han dispersado y están exigiendo que su sucesor, el General Abd al Fatah al Burhan, comience de inmediato el proceso de entrega del poder a los civiles. Mientras tanto, el general Burhan pretende gobernar durante un período de transición de hasta dos años.

Hasta ahora, los manifestantes permanecen acampados frente a la sede del Ejército. El Ejército ha ofrecido algunas concesiones. El ministro de Defensa, Awad Ibn Auf, quien anunció la renuncia de al Bashir, dimitió tras un solo día en el cargo en medio de los pedidos de un gobierno civil. Pero la iniciativa, al menos por ahora, parece ser de las Fuerzas Armadas. Esto se debe a que las multitudes carecen de poder coercitivo. Mientras las Fuerzas Armadas no se dividan; el Ejército parece dispuesto a esperar que las protestas se consuman, y tal vez con el tiempo encontrar a un líder civil de su agrado.

En caso de que las multitudes congregadas, o un elemento de ellas, traten de probar el asunto por la fuerza, el registro histórico sugiere que los beneficiarios serán los representantes del Islam político. En la cuestión de la insurgencia armada a nivel de calle, actualmente no tienen pares en el mundo árabe parlante. Véase Siria, Yemen, Egipto, territorios palestinos, Líbano, etc.

Los egipcios, sauditas y emiratíes están apoyando al Ejército. Mientras tanto, Turquía y Qatar están furiosos de que al Bashir, que simpatizaba con los islamistas, haya quedado afuera.

En Libia, el Ejército Nacional del general Khalifa Haftar está avanzando hacia Trípoli, sede del Gobierno dominado por los islamistas y reconocido internacionalmente. Una vez más, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita son los patrocinadores de Haftar; Turquía y Qatar apoyan a los islamistas en Trípoli. En este caso, la gente no está en las calles. Libia ha tenido su momento de poder popular. Pero, la dinámica del poder y las rivalidades son familiares.

Israel no interfiere en los procesos internos de la política árabe, por supuesto. Pero el vencedor preferido de Jerusalén en esta lucha intra-árabe no está en duda. Los partidarios de los generales son los socios más cercanos de Israel en el mundo árabe. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos comparten las principales preocupaciones de Israel con respecto a las ambiciones iraníes, y sus preocupaciones secundarias con respecto al Islam político sunita. Egipto está preocupado principalmente por este último tema, pero la intensidad de sus preocupaciones ha llevado al más alto nivel de cooperación con Israel en el ámbito de la seguridad desde los acuerdos de paz de 1979.

El campo de los generales es el campo de la estabilidad, el status quo y la alianza con Occidente. El otro lado está con la noción del renacimiento islámico hacia las glorias percibidas del pasado islámico. Sus partidarios y aliados son, por definición, los enemigos de Occidente e Israel. El hecho mismo de la soberanía judía en Jerusalén es visto como un recordatorio de cuán bajo ha caído el mundo islámico.

Pero vale la pena señalar que ninguna de estas partes está a favor de la sociedad civil, las instituciones, la secularización y el gobierno representativo. Las fuerzas que apoyan todo esto existen, pero son inmensamente débiles. Mientras esto siga siendo así, es probable que el mundo árabe parlante permanezca subdesarrollado y disfuncional, ya sea que los generales o los islamistas tengan el control en cualquier contexto particular.

Remediar la pobreza de las opciones que enfrentan los públicos árabes es, por supuesto, un asunto que solo las sociedades de árabe parlantes en última instancia pueden abordar. Hasta que lo hagan, será de interés para los gobiernos occidentales apoyar a las fuerzas conservadoras y autoritarias que evitan el desastre de más victorias para el Islam político.

Como se señaló anteriormente, el interés israelí tanto en Libia como en Sudán no está en duda. En Sudán, la partida del presidente Omar al Bashir es totalmente positiva desde la perspectiva israelí. Bajo el mandato de al Bashir durante 30 años, Sudán estuvo disponible como un conducto para la transferencia de armas iraníes a la Franja de Gaza, y actuó como un portal para la entrada de la Guardia Revolucionaria en África (el CGRI comenzó a entrenar al ejército de Sudán, y Sudán ofreció instalaciones navales para el uso de Irán). Por razones económicas, al Bashir cambió el rumbo en 2015. Pero las relaciones de al Bashir con Turquía y Qatar y el apoyo de Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita al Ejército significan que su partida sigue siendo sin duda un resultado positivo desde el punto de vista israelí.

En Libia, de manera similar, la victoria de Haftar, respaldado por los Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Arabia Saudita, sería un resultado positivo para Israel: evitaría la aparición y el atrincheramiento de un aliado de Turquía, Qatar y los Hermanos Musulmanes en la costa que enfrenta a Europa. Aunque, en este caso, se debe tener en cuenta que incluso si Haftar toma Trípoli, Libia estará lejos de volver a la estabilidad bajo un gobierno autoritario. El sur del país permanece en gran parte sin  control y penetrado por elementos del Estado Islámico. Mientras tanto, el oeste alberga poderosas milicias islamistas con considerable apoyo público que probablemente intentarán una insurgencia continua contra Haftar, incluso si sus fuerzas toman la capital.

Fuente: Jerusalem Institute for Strategy and Security