Por un mañana mejor

Post thumbnailFoto: Kneset vía Facebook
En estos días, cuando cada vez resulta más cercana la posibilidad (o la casi certeza) de que la población de Israel sea convocada a una nueva elección nacional -la tercera en el curso de un solo año- es poco probable que la opinión pública esté interesada en leer o discutir sobre temas vinculados con la problemática económica, o sobre el inminente deterioro de servicios importantes en el área de la salud, así como también en el de la educación y del transporte, e incluso en el de seguridad.

Porque a la temática del impasse en la formación de gobierno, imposibilitado de constituirse en vista de las divisiones que caracterizan al espectro político israelí -y de la obcecación del Primer Ministro, empeñado en mantener su posición y privilegios contra viento y marea- se agrega la reciente (y largamente esperada) decisión del Abogado General de la Nación, de acusar formalmente a ese mismo Primer Ministro en la tres causas penales abiertas contra él hace ya tiempo.

Y aunque la ley no parece obligarlo a renunciar mientras no se haya dictado sentencia, se debería recordar, en sus propias palabras, que en el año 2008 y con relación a la situación del entonces Primer Ministro Ehud Olmert, investigado entonces por acusaciones de corrupción, Benjamín Netanyahu afirmó que “Un Primer Ministro metido hasta el cuello en investigaciones no tiene el mandato público o moral para tomar decisiones trascendentales con respecto al Estado de Israel”. Y en esa ocasión continuó diciendo que: “Existe el temor real, no infundado, de que tomará decisiones basadas más en sus propios intereses de sobrevivencia política que en el interés nacional”. Pero estamos en el 2019, y esas declaraciones parecen ser hoy letra muerta.

Es así que durante las próximas tres semanas estaremos pendientes -como espectadores pero no como participantes, porque aún en estas circunstancias el grueso de la sociedad israelí no manifiesta ni se manifiesta- de las vueltas y revueltas que tendrán lugar en la Knéset, que hasta el 11 de diciembre está legalmente autorizada para que cualquiera de sus integrantes, acompañado por el voto de al menos 61 miembros de la misma, se proponga formar gobierno. Y como se señalara al comienzo de esta nota, la muy escasa probabilidad de que ello suceda (aunque no se excluyan milagros) conduce a prepararse para una eventual nueva elección.

Pero esta virtual inestabilidad institucional, en la que a la ausencia de gobierno durante un año se suman los llamados del actual Primer Ministro y de sus acólitos a rebelarse contra todo lo que se les ponga delante (sea ello los investigadores, los procuradores, las cortes de justicia), no ha impedido el desarrollo normal de las actividades cotidianas de la población. Es más, los mercados parecen no haberse enterado de la conmoción política que vive el país: el shekel, la moneda de Israel, continúa fortaleciéndose contra el dólar y otras monedas, y en la primera mitad de este año sin gobierno, los capitales que entraron para comprar start-ups israelíes se situaron en unos impresionantes 14,5 mil millones de dólares, como informa IVC – Meitar. El PIB sigue creciendo (si bien con tasas moderadas, inferiores al 3% y en alguna medida declinantes), mientras que el déficit fiscal se ubica alrededor del 4% del PIB y seguramente tendrá una magnitud similar el año próximo, ya que será difícil que pueda aprobarse un nuevo presupuesto para el 2020 (aunque a quien le importa, en estas circunstancias).

¿Significa esto que la población ha avanzado del punto de vista económico, o desde la perspectiva de los servicios que recibe, o de la seguridad? Todo indica que, en el mejor de los casos, no ha habido cambios en esos aspectos, y mientras tanto continúan los enfrentamientos esporádicos en la frontera sur (la franja de Gaza) y se mantiene alta la tensión en la frontera norte, colindando con Líbano y Siria. Pero la conciencia de esas realidades parece haber sido reemplazada, a todo lo largo de este año, por la contemplación de los avatares de la formación -o del intento de formación- de un nuevo gobierno, cuando resulta más que evidente que lo único que está verdaderamente en juego no es alguna propuesta alternativa referida a la futura política económica y social, ni eventuales avances futuros hacia la tan anhelada paz, sino la permanencia o la substitución del actual Primer Ministro.

Pero seamos realistas. En algún momento del próximo futuro el actual impasse político llegará a su fin, sea a través de la conformación inmediata de una coalición entre los dos primeros partidos (Likud y Blanco y Azul), encabezado el primero de ellos por una figura distinta a la del actual Primer Ministro, sea a través de nuevas elecciones que culminarán en algún tipo de negociación para conformar una nueva coalición de gobierno. Como es notorio, en ambos casos se excluye la continuidad de Benjamín Netanyahu como Jefe de Gobierno, hipótesis que parece plausible a partir de la acusación formal formulada en su contra y de las acciones que ésta ha comenzado a desatar (tales como la posibilidad de elecciones primarias inmediatas para elegir nuevo líder en el Likud o las peticiones para declarar la imposibilidad de que el actual Primer Ministro pueda formar nuevo gobierno) a pesar de la terquedad con que éste insiste en mantenerse en su puesto.

Esas salidas del actual impasse implicarán el regreso a la normalidad institucional, de alguna manera suspendida a lo largo de estos meses. Pero ello no garantiza, de modo alguno, cambios significativos en el funcionamiento político y económico de esta sociedad, que deberá volver a poner los pies en la tierra. Esto significa, entre otras cosas, volver a enfrentarse con un costo de vida que continúa por los cielos, con salarios que difícilmente alcanzan hacia fin de mes (y que se complementan con sobregiros bancarios de altísimo costo), con una economía que funciona a dos velocidades, con un sector minoritario de alta tecnología que muestra un fuerte dinamismo pero acompañado del resto (mayoritario) de las actividades muy rezagadas en términos de productividad, con servicios de salud declinantes y con carencias importantes en el área de educación (además de la discusión abierta sobre la creciente influencia de la religión en los curricula educativos). Y en los aspectos estrictamente políticos, continuará presente la disyuntiva entre el mantenimiento del estatus quo en relación con la ocupación de los territorios conquistados en la Guerra de los 6 Días (y su inevitable deslizamiento hacia la constitución de un único Estado entre el Jordán y el Mar Mediterráneo, incluida su población palestina), o la preparación e iniciación (que no reanudación) de negociaciones de paz.

Es decir, por un lado parecería que de un modo u otro estaríamos preparándonos para retornar a la normalidad institucional, aún cuando ello implique volver a las urnas una vez más (pero esta vuelta con la fuerte esperanza de que en esta ocasión habrá un nuevo Jefe de Gobierno). Pero por otra parte, bien vale la pena hacerse a la idea de que -habiendo salido de lo que se estaba convirtiendo en una pesadilla- es tiempo ya de revisar a fondo y de rectificar el funcionamiento de esta sociedad y emprender la necesaria tarea de reenfocarlo hacia el bienestar de las mayorías.

Y en relación con ello es preciso prestar atención a lo que está sucediendo en todo el planeta, sacudido como está por movimientos populares de todos los signos, con reclamos de naturalezas diferentes en cada país, pero impulsados en todos los casos por sentimientos de descontento que no habrían encontrado, aparentemente, vías institucionales para resolverse. Es así que esas movilizaciones se extienden, entre otros, de Irak al Líbano y a Irán, de Chile a Bolivia, a Colombia y a Venezuela, de Túnez a Argelia y a Nigeria, y pasan por Francia y por Hungría. Israel haría bien en tomar nota de esas movilizaciones, recordando que no está aislado en el concierto internacional. Y está en sus manos evitarlas en el país, rectificando a tiempo los rumbos que viene siguiendo, tanto en el ámbito político como en el económico y social.■