Parashá de la semana - Vayishlaj: La lucha de la fe

Post thumbnailFoto: Moshe Milner / GPO
Rabino Jonathan Sacks
Están los Mozart y están los Beethoven. Tú, ¿cuál de los dos eres?
Yo solo soy un amateur de la música clásica, pero la impresión que uno tiene
es que de Mozart, la música fluye. Hay algo natural y efervescente en sus
composiciones. No están, como diría Shakespeare en Hamlet* “ocultos por la pálida
sombra del pensamiento.” Componía velozmente. Poco le preocupaban los avatares
de la vida.
No así Beethoven, el que a veces empleaba años en cristalizar una idea hasta
llegar a la versión final, con incontables borradores, revisiones y tachaduras. Era un
hombre que podía estar enojado consigo mismo y con el mundo, para el que la
creatividad era una lucha de la cual surgía triunfante, pero raras veces sin esfuerzo y
frecuentemente conflictuado, hasta arribar a la majestuosa resolución final. La
cualidad etérea, mística, casi sobrenatural de su última etapa, las sublimes sonatas
para piano y los cuartetos de cuerdas, son ejemplos de creación de quien ha arribado
a la paz después de una vida de luchar contra sus propios ángeles y demonios.
Todo esto me sirve para tratar de comprender a Yaakov, el hombre que se
transformó en Israel, el padre de nuestra fe. Yaakov no era la elección esperable para
un héroe religioso. No aparece - por lo menos no en la superficie del texto bíblico -
como un hombre con el coraje de Abraham o la bondad, la fidelidad y el auto control
de Itzjak, el vigor y la pasión de Moshé, la poesía y habilidad política de David o el
lirismo y la esperanza de Isaías.
Era un hombre cercado por conflictos: con su hermano Esav, su suegro Laban,
sus esposas Lea y Rajel y sus hijos, cuya rivalidad eventualmente condujo a toda la
familia al exilio en Egipto. Su vida parece haber sido un cúmulo de tensiones.
Además están las transacciones: la forma en que compró la primogenitura de
Esav, la manera en que obtuvo la bendición del padre y cómo finalmente logró
enredar a su astuto suegro Laban. En cada caso parecía haber triunfado, pero luego su situación se deteriora. El episodio en el que, a pedido de Rebeca, se disfraza de
Esav y engaña a su padre ciego, lo forzó al abandono del hogar y - como vemos en la
parashá de esta semana - quedó traumatizado por el temor de encontrarse
nuevamente con Esav. Casi el mismo engaño que empleó con Itzjak, lo sufrió en
carne propia de la mano de Laban. Incluso su huída de este último pudo haber
terminado en tragedia de no haber intervenido Dios advirtiendo a Laban de no
causarle daño (De ahí el pasaje de la Hagadá: “Ve y aprende lo que Laban el arameo
quiso causarle a nuestro padre Yaakov”). El relato de su vida en la Torá se asemeja a
una serie de huidas de un conflicto a otro.
Entonces, qué y quién era Yaakov?
Para esta pregunta hay dos respuestas radicalmente distintas. Está el Yaakov
del midrash, que ya desde dentro del útero deseaba ir a la sinagoga, (1) que pasó sus
años de joven estudiando en el bet midrash, (2) que se parecía a Abraham, (3) y que
sus brazos eran como columnas de mármol. (4) Sus intenciones eran siempre puras.
Le compró la primogenitura a Esav porque no podía tolerar que este hiciera
sacrificios (el privilegio de los primogénitos) a otros dioses.(5) En cuanto a la
bendición, el motivo por el cual Itzjak perdió la visión en la vejez fue para que ésta
fuera posible.(6) Esav era todo lo opuesto, de carácter violento y volátil, que había
engañado a su padre simulando ser piadoso (7) pero que había cometido - el día que
llegó extenuado del campo - una serie de crímenes, incluyendo un asesinato.(8)
Esta es una descripción extrema, pero sin fundamento escrito. A Yaakov se lo
llama un ish tam que da una imagen de simplicidad, integridad y perseverancia. El
claro mensaje que recibió Rebeca cuando nacieron los mellizos fue que “el mayor
servirá al menor.” (9) Ella sabía que Yaakov era el destinado a prevalecer. Además de
lo cual, como señala Maharatz Chajes en su introducción a la Literatura Agádica (10)
el midrash pinta a los personajes bíblicos en blanco y negro por obvias razones
morales y educativas. Es difícil enseñarles a los niños cómo comportarse si los únicos
ejemplos son estudios de ambigüedad, complejidad y tonos de grises.
El otro Yaakov, sin embargo, es el que leemos en la versión original del texto.
La pregunta obvia es la siguiente: Por qué eligió la Torá describir al tercero de los
patriarcas de esta manera? La Torá es muy selectiva en cuanto a los detalles que elige
relatar. Por qué no pintar a Yaakov con colores más atractivos?
A mí me parece que la Torá está transmitiendo, aquí y en otros pasajes, un
mensaje extraordinario: si podemos relacionarnos con Dios como Dios, con toda Su
trascendencia y majestuosidad, entonces podemos relacionarnos con los humanos
como humanos con todas sus falencias. En toda la literatura de otras religiones que
he leído, los héroes están tan idealizados que ya no parecen seres humanos. Son
divinos o semidivinos, perfectos e infalibles. No existe ninguno parecido a éstos en
toda la Torá. Hasta a Noaj (recto, perfecto) se lo muestra alcoholizado y
deshilachado. Aún Job (intachable, justo) eventualmente maldice su destino. El
hombre que ejemplifica la falibilidad más que cualquier otro, es Yaakov.
Y quizás aquí está el tema. Yaakov era un Beethoven, no un Mozart. Su vida
fue una sucesión de contiendas. Nada le resultó fácil. Él fue el único de los patriarcas que eligió ser elegido. Abraham fue llamado por Dios. Itzjak fue convocado antes de
nacer. Moshé, Joshua, Samuel, David, Isaías, Jeremías: todos ellos fueron elegidos
por Dios para sus respectivas misiones. No así Yaakov. Fue él el que compró la
primogenitura y recibió la bendición, el que eligió llevar a cabo el destino futuro de
Abraham.
Solo cuando escapaba de su casa se le apareció Dios. Y años más tarde, solo, de
noche, aterrado por la perspectiva de encontrarse con Esav, apareció Dios, o un
ángel, para luchar con él. Sólo a él le fue dado, por Dios o por el ángel, un nombre
completamente nuevo, no una modificación del anterior sino una identidad distinta:
“Israel.” Lo más llamativo es que aunque le anunciaron que “tu nombre ya no será
más Yaakov,” (11) la Torá sigue llamándolo Yaakov, sugiriendo que su lucha es de
por vida - como es, frecuentemente, la nuestra.
Si tuviera que elegir una banda sonora para el Yaakov que he llegado a
conocer, sería la sonata Nº 29 para piano de Beethoven llamada Hammerklavier, o
su Gran Fuga, dotada de una tensión tan apabullante que parecería estar por
sobrepasar toda forma y estructura. Pero fue a través de estas contiendas épicas que
Beethoven eventualmente alcanzó su propia versión de la serenidad, y fue a través de
la extendida lucha con el destino que Yaakov logró lo que no pudieron Abraham ni
Itzjak: que “todos sus hijos permanecieron dentro de la fe.” Dicen los sabios que
“según el dolor es la recompensa.” (12) Ese es Yaakov.
Hay personas con santidad para las cuales la espiritualidad llega fácilmente,
como a Mozart. Pero Dios no se acerca solo a los santos. Lo hace con todos nosotros.
Es por eso que nos dio a Abraham para los que aman, a Itzjak para los que temen, y a
Yaakov/Israel para los que luchan.
Esta es la idea de cambio de vida de esta semana: si te encuentras lidiando con
la fe, estás junto a Yaakov-que-se-transformó-en-Israel, el padre de la fe de todos
nosotros.


1. Bereshit Rabbá 63: 6
2. Bereshit Rabbá 63: 10
3. Midrash Lekaj Tov, Bereshit 47: 18
4. Bereshit Rabbá 65: 17
5. Bereshit Rabbá 63: 13
6. Bereshit Rabbá 65: 8
7. Ver Rashi a Gen. 25: 27
8. Baba Batra 16b
9. En otro texto he señalado que este pasaje está plagado de ambigëdades
10. R:Zvi Hirsch Chajes, Mavo ha
11. Fue comunicado dos veces primero por el ángel y luego por Dios mismo: Gen.32: 29; 35: 10
12. Midrash, Avot 5: 23