¿Nuevos frutos extraños en Israel?

Post thumbnail"Strange fruit" ("fruta extraña") se refiere a los ahorcamientos de negros y su autor
Aarón Alboukrek

Léase al ir escuchando: “…Here is a strange and bitter cry…” : “…He aquí una extraña y amarga cosecha”, la frase final del muy intenso poema-canción “Strange Fruit” (“Frutos extraños”) del profesor y poeta judío Abel Meeropol escrita en 1937 e inmortalizada en la señera voz de Billie Holiday. La canción, una de las más penetrantes jamás escrita en el siglo pasado, describe al ritmo del suave estremecimiento de Holiday, las sombrías y macabras imágenes de la barbarie que representa un linchamiento, un acto bestial de asesinato que pudre a la Naturaleza, a sus ejecutantes y a sus observadores directos impávidos o regocijados y que deja a la deriva al resto de la humanidad, flotando entre el hedor de la injusticia y la amargura.

Imaginemos a los ejecutantes y espectadores pasivos de un linchamiento cualquiera, racista o no, un colectivo enardecido, todos y nadie son responsables, son un colectivo asesino, paradójicamente anónimo y difícil (aunque no imposible) de enjuiciar para la Justicia. Un colectivo que ha apoyado el homicidio y que se ha desecho de alguien por perversidad, infamia, estupidez maligna, que se esconde en el anonimato para cubrir su barbarie indetenible, para tapar la cruel cobardía que los incitó al deseo febril de venganza y los condujo al crimen compartido, el crimen de todos y de nadie, el crimen que se justifica al mirarse cada uno con todos los demás, como si todos fueran uno y ese uno tuviera decenas de reflejos, algo parecido al salón de los espejos de una feria.

Sin darse cuenta, durante el trance agónico del condenado, ese colectivo ha escupido sobre sí mismo y con fervor la degradación espumosa de su fonética emponzoñada y con ello ha dejado en los vientos de la memoria el eterno estertor del condenado; peor eco todavía si el “crimen”  fue acaso nacer con un color de piel distinto al colectivo delirante.“…Here is a strange and bitter crop…”

El Derecho estructurado y bruñido de racionalidad que conocemos hoy en la cultura occidental, después de siglos de transformaciones sociales, abomina el asesinato y sigue códigos para castigarlo, aunque cada homicidio sea diferente y lo pormenorice con penas y tratamientos distintos: pudo haber sido involuntario, en defensa propia y ajena, pasional, artero, tan macabro como inefable, colectivo, un crimen de guerra, un linchamiento. La condena jurídica de carácter universal tiende a la idea de justicia, propone ejemplaridad y posibilidad de reivindicación. De nada serviría decir que la Realidad contradice los fines del Derecho pues éste no se inventó para oponerse a la Realidad, sino para conducir sus abusos; que el Derecho es de doble filo cuando se hacen leyes ad hoc para esclavizar y extinguir sociedades, sí, pero eso no contradice la búsqueda intrínseca a la naturaleza social del decoro, la igualdad, la fraternidad y la equidad. Sin ideales somos miseria, sin esperanza seríamos sólo buitres y presas.

La Justicia no es venganza, aunque lo llegue a ser, es retribución con dimensión humana, si por humana entendemos no sólo la capacidad eterna para el crimen, sino también la capacidad de solidaridad, reivindicación y perdón. La Justicia es la dimensión del corazón valiente, aunque muchas veces sea precisamente lo que deplora. La Justicia abomina el asesinato, no puede entonces tropezar conciente y legalmente con lo mismo que deplora: la pena de muerte. Si la hay, contradice sus fines. Esa contradicción improductiva todavía existe hoy día en varios países, aunque afortunadamente la tendencia mayoritaria está en contra del castigo letal.

Los espectadores pasivos que por voluntad propia asisten a un acto atroz de linchamiento, que los sigue habiendo en nuestro mundo, ¿no son como los jueces, magistrados o ministros que están de acuerdo con la pena de muerte pero sin tirar ellos mismos de la guillotina, enchufar el cable o empujar físicamente la inyección letal?  ¿Se puede en verdad salvaguardar a la sociedad asesinando a un asesino? ¿Cuál es la diferencia entre un linchamiento y un asesinato legal?  ¿Dónde está la frontera entre ver morir a alguien por un colectivo iracundo y ver morir a alguien por un verdugo con licencia? ¿Cuántos inocentes no han sido linchados o ejecutados por errores judiciales?

Al igual que un linchamiento, la pena de muerte arroja un maloliente fruto extraño a la tierra de la sociedad moderna. Sólo intentemos imaginar una multiplicación, cómo sería presenciar con o sin voluntad digamos 1000 penas de muerte en un solo día… ¿si las espaciamos a la largo de una vida su efecto sería menos amargo y demencial, así sí seríamos capaces? Escuchen la melodía…

Sabemos que en Israel existe la pena de muerte y que sólo se ha aplicado una vez contra el nazi Eichmann. Pasadas tantas décadas de aquello y sin más condenas quizá se podría suponer que Israel ya no la tenía en su leyes. No es así, y aunque con candados fuertes, existe, tanto así que hoy se está discutiendo parlamentariamente. ¿Por qué avivar y además facilitar la pena de muerte en Israel si como han dicho tantas voces ilustres a lo largo de la historia es un signo de barbarie?

Se podría preguntar: ¿matar a Eichmann fue un signo de barbarie? ¿Matar a un bárbaro es barbarie? Israel tenía que decirle al mundo que no permitiría jamás otro Holocausto, tenía que mostrar su fortaleza moral y nacional, el juicio representó un signo de alto valor racional para un pueblo masacrado que fue abandonado en la escoria por muchas naciones a su suerte, sin menoscabo de las que no y de aquellas tantas personas y organizaciones justas y valientes que salvaron miles de vidas judías. Su condena es otra materia, su ejecución no nos ha mostrado que puede inhibir a otros salvajes y crueles bárbaros que utilizan el mismo método para intimidar y provocar el terror.

¿Cómo habría sido garantizarle a Eichmann el aislamiento de su vida, de su necia conciencia del deber hasta su muerte para él y para el mundo? Nunca se sabrá. Asesinar, no por defensa propia, no hace a nadie sin embargo más fuerte o invulnerable, aunque de acuerdo al ente sanguinario no hacerlo deseándolo y pudiendo es muestra de debilidad. La debilidad de la pena capital israelí contra Eichmann fue precisamente la fantasía de suponer que si no se le asesinaba teniéndolo capturado y acusado de horripilantes crímenes de lesa humanidad Israel habría sido endeble y sin carácter para la justicia, en otras palabras, la debilidad de la sentencia y ejecución de la misma ¿no fue justo la fantasía del ente sanguinario en sentido inverso, como si ambas fantasías chocaran de frente en el mismo rail, aunque con fines últimos distintos? Lo brutal contaminó lo preclaro-jurídico y la necesidad imperiosa de justicia. Alguien pensará que no es lo mismo ahorcar a un solo hombre que estuvo implicado centralmente en el genocidio de millones, pero esta no es la matemática que hay que hacer pues basta una sola vez con asesinar legalmente para mostrar que el asesinato no es abominable per se y dejar la puerta abierta a la impostura de diverso género de no reconocer las limitaciones del Derecho y la Razón, mismas que nos protegen paradójicamente de lo sanguinario, de lo cruel y lo brutal. ¿Dónde está pues la civilización? ¿Dónde las batallas del Arte? ¿Acaso hemos nacido para pintar la vida degollada? En este sentido poco importa si Eichmann no se considerase sanguinario -muy por el contrario, sabemos que se creía honesto, fiel, cumplidor de sus deberes frente a su superior- el caso es que la especulación de lo brutal se coló en la cordura jurídica.

La discusión legislativa israelí sobre la pena de muerte, tan fútil como lo es descreerse de la paz, me ha llevado a reavivar los frutos extraños de Meeropol y Holiday, esas gargantas estranguladas cuyas afonías hacen pensar por extensión de todo lo anterior en la fortuna de no ser víctima de un juez megalómano, de un jurado impulsivo, de una mala interpretación, de un azar adverso, de una intención política, de un error judicial cruel y letal .

Todo aquel que apoya la ley de pena de muerte se convierte sin darse cuenta en un verdugo cómplice, en un verdugo silencioso, en un verdugo voluntario del Estado que aberrantemente la promulga.  “…Here is a strange and bitter cry…”