Mariam Areta: sobre activismo, antisemitismo y negrofobia

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Es un día lluvioso en Tel Aviv, corro a la oficina a encontrarme con Mariam. Las dos  estamos en la organización de prácticas  a tiempo completo pero hoy no habrá nadie más que ella y yo. Trabajar en un despacho de abogadas por la justicia social en el que todas   ellas son madres, proporciona un drástico cambio en la manera de entender el sistema laboral y la conciliación familiar. Sin previo aviso hoy nos queda claro que se trabaja desde casa.

Al llegar me sirvo té y me siento en frente de su mesa, la misma en donde a veces me siento a trabajar cuando las discusiones en hebreo se enardecen y pierdo el hilo de lo que está pasando. Mariam es judía Americana-Israelí de descendencia Etíope. Su marco lingüístico y su sensibilidad cultural propia de las personas binacionales diasporicas le permite no solo traducirme el hebreo, sino también ciertos códigos culturales que yo aún no he acabado de descifrar de la cultura Israelí. Mariam tan solo tiene 22 años, pero me habla como si cargara toda una vida a sus espaldas. Quizás sea así, quizás ese sea el resultado de su activismo precoz,  la consecuencias de ser la minoría de una minoría, de ser una persona racializada, de ser judía Americana-israelí y negra.

Mariam empezó su lucha contra el racismo durante su época de estudiante en un instituto  judío en Atlanta, Estados unidos. Por aquél entonces era una adolescente que vivía con un gran enfado. Una rabia fruto de cómo las personas la trataban al ser la única persona negra.

 “La gente no me trataba como una persona. Esperaban que  fuera su entretenimiento  y   que actuara y hablara como una persona afroamericana, simplemente no entendía porque yo misma no actuaba así.”- me dice.  Eso fue lo que la llevó durante el instituto a investigar sobre la población afroamericana, a leer sobre racismos e identidades. “Entendí que se puede ser negra sin ser Afroamericana y eso me libró de un gran peso que había estado cargando durante muchos años”.

 En el instituto, Maríam empezó a reunirse a hablar de sus experiencias con otras jóvenes judías racializadas, a hacer oír sus voces y construir nuevas narrativas a partir de micros abiertos en el auditorio de la escuela.

“Yo era la única persona visiblemente racializada,  las otras personas componentes del grupo,  judías Mizrahíes y Sefardíes, no lo eran. Fue así, organizándome, como aprendí sobre las experiencias de jóvenes judías que no son visiblemente racializadas. No me puedo ni imaginar como puede ser una vida sin que vean quien eres realmente, no ser reconocida”.

Al escucharla no puedo evitar preguntarle como nace esa rabia que la llevaría a  emprender su activismo. Y sin meditarlo mucho comienza a explicarme sobre su infancia. Su familia decidió mudarse a Estados Unidos cuando ella tenía nueve añosEl Israel en el que Mariam nació y que tuvo que dejar atrás es muy distinto al Israel que mucha gente ve hoy en día. En aquel entonces aún era un país en donde su pasado socialista se dejaba entrever en un fuerte estado del bienestar, y el racismo de este país no era tan evidente para ella como lo fue al llegar a Estados Unidos.

“Fue un choque cultural. Le decía a la gente que era israelí, pero me respondían con un: - pero si eres negra, lo podemos ver-.  Mi negritud fue algo que descubrí en Estados Unidos de manera forzada, pero no sería hasta que regresé a Israel de adulta que pude deconstruir el racismo estructural de este país”, afirma.

 Alrededor de 135,000 judíos etíopes viven hoy en día en Israel, de los cuales alrededor de 22,000 llegaron con la operación Moisés y Salomón en la época de los 80’s y 90’s.  Actualmente un 65% de los menores de origen Etíope viven debajo del umbral de pobreza,  y la mayoría de la comunidad de Etíopes migrantes son localizados en poblaciones empobrecidas o centros de absorción que están aislados del resto de la sociedad Israelí una vez llegan al país.  En su día a día se enfrentan a constante agresiones, a la denegación de su identidad Judía por parte  de la sociedad Israelí  y  una gran brutalidad policial.

“Es muy difícil para la comunidad Etíope acceder a una vivienda en condiciones, o buenas oportunidades laborales. En realidad no es solo el caso de nuestra comunidad, todo aquel que no es Ashkenazí en Israel debe enfrentarse a un sistema de racismo estructural muy evidente. Claramente es más difícil vivir en este país como persona racializada”.

 Según la experiencia de Mariam, el racismo en Estados Unidos tiene una expresión muy distinta. Allí no importa de dónde vengas,  a la gente no le gusta los inmigrantes. Me dice  que aún recuerda los chistes que hacían sobre ella en la escuela diciendo que era una terrorista, o el bulling que padeció por cosas que la gente no entendía. “Pensaban que tenía que ser musulmana porque era demasiado negra para ser judía. No me veían como una niña, en realidad nadie me veía como una niña”.

Al crecer, Mariam decide dedicar su activismo a diferentes comunidades.  Pero cansada de trabajar con comunidades racializadas, o con comunidades judías en Atlanta que por muy abiertas y acogedoras que fueran no eran su hogar, decide que necesita regresar a Israel.  Mariam creció en Atlanta, un lugar dónde a diferencia Miami o Nueva York no puedes encontrar a personas judías de todas partes del mundo, personas judías racializadas, judías-israelís, de Brasil, de México etc. En Atlanta la población judía está formada por judíos americanos básicamente de descendencia Ashkenazí.

“Son Americanos primero y judíos segundo. Para mi fue muy difícil trabajar con ellas,  les encantaba Tokenizarme para presumir de ser una comunidad “diversa”. Al final del día, estas no eran personas que se vieran como yo, que tuvieran una infancia parecida a la mía, que comieran el mismo tipo de comida. Así que decidí regresar a Israel a encontrar mi espacio, mi gente, gente con quien poder compartir festividades, gente con quien poder compartir Shabbat de la misma manera  que lo americanos ven el Domingo.”

 Me  surge la curiosidad de saber si Mariam ha podido encontrar su espacio, su gente en Israel. Así que sin más le planteo la pregunta. Al parecer, parte de los Etíopes Israelíes  que ha conocido les parece de lo más “cool” que sea mitad estadounidense. Sin embargo, me cuenta, que cuando empieza a hablar de política siendo de Izquierdas le preguntan aterrorizados qué como puede ser. Para muchos ser de izquierdas es algo que no se pueden permitir. La comunidad Etíope Israelí está demasiado concentrada en ser aceptados por el sistema que no creen tener el derecho de criticar el país que los salvó cuando emigraron de Etiopia.

“Los Etíopes-Israelíes  han pasaron por muchas cosas cuando estaban en Etiopía. Olas de violencia directa antisemita como conversiones forzosas y matanzas. Básicamente un intento de genocidio. Así que de pasar a una país en dónde intentaban matar a toda su gente a llegar a otro donde no se respetan todos tus derechos pero puedes vivir al día,  para muchas supone un no poder quejarse[…] Han tenido que probar toda su vida que tan israelíes son, y ser de derechas significa confirmar su identidad como Israelí.”

Una de las diferencias más notorias que Mariam ha experimentado al regresar siendo adulta a Israel es el racismo. “Israel no está acostumbrada a que hayan personas negras con educación superior. Así que me indigna cada vez que visiblemente otras personas intentan simplificar su lenguaje para hablar conmigo como si fuera estúpida.” En general, en Estados Unidos es más fácil hablar sobre Derechos Humanos, tener discusiones complejas sobre el conflicto.

“Aquí, cuando lo intento, simplemente me responden  diciéndome que por que yo me tendría que preocupar por algo así […] está claro que si fuera un hombre mayor ashkenazí con gafas y de proporciones amplias no me preguntarían lo mismo, tendrían en cuenta mi opinión.[…] No obstante, cuando hablo con israelíes de izquierdas, la mayoría ashkenazis, me doy cuenta de la diferencia abismal que existe con la izquierda judía americana. Ha sido bastante difícil encontrar mi lugar o mi gente, aun estoy en ello”- me dice”.

Mariam creció en Israel. Tenía seis años cuando empezó la Segunda Intifada, y como muchos otras personas y criaturas aprendió qué hacer y a dónde ir en caso de bombas o misiles. En el colegio hacían simulaciones muy rigurosas en los refugios antiaéreos, aprendían a saber quien estaría a cargo en caso de que su profesora muriera, o en cuantos grupos te tienes que dividir en caso de que sonara la sirena de aviso de mísiles,  cuanta comida  o tiempo tenias  para permanecer en el refugio.

“Tenía ocho años cuando mis padres convirtieron mi habitación en un refugio antiaéreo y tenía que caminar por ahí con la mascarilla antigas. Algo con lo que no quiero que mis hijos crezcan”.

Al volver de adulta a Israel, Mariam ha notado una drástica diferencia al hablar con las nuevas generaciones.  Esta es una generación que nunca ha tenido que vivir el conflicto de primera mano como lo vivimos las personas de mi generación. Nunca han interactuado con palestinos, y como resultado no sé toman el conflicto de manera tan personal, especialmente si viven en Tel Aviv.

“Cuando hablo con ellos me dicen que eso no tiene nada que ver con ellos. Es frustrante ver como sienten que tienen que escoger un lado,  porque si simplemente no te planteas hacerlo eres automáticamente anti-israelí. Odio eso, odio el hecho que parezca que no hay espacio de discusión entre los israelíes sobre el conflicto. O que al menos no lo haya para aquellos que no son judíos  ashkenazis”.

 Para Mariam, parte de su activismo se centra en trabajar con esta nueva generación, y transmitir el orgullo de ser judía etíope a las nuevas generaciones de su comunidad. Enorgullecernos de nuestros orígenes es tomar responsabilidad de nuestra cultura, historia y tradiciones, pero también ser selectiva y saber reconducir  esa memoria. Saber con que quedarse y con que no, me explica.

“En Estados Unidos, la preservación de tu cultura es vista como algo de lo que enorgullecerse,  hoy en día es un estándar, es un país de inmigrantes. Aquí en Israel todas somos judías. Las personas pierden su cultura para asimilarse. Creo que voy a parar aquí, aun estoy elaborando esta parte de mi”.

Mariam tan solo tiene 22 años pero me habla como si cargara toda una vida en sus espaldas, una niñez marcada por el conflicto,  varios procesos migratorios en su memoria y en su experiencia personal, una vida llena de racismos que la han forzado a entender que para ella activismo es vida.

 

Camila Malkah Piastro 

Internacionalista especializada en estudios de Paz y género. Activista en Salam Shalom Barcelona y colaboradora en Mozaika.