Las elecciones en el horizonte cercano

Post thumbnailFoto: Kneset - Flickr
Está venciendo el plazo legal para presentar las listas que participarán en las próximas elecciones nacionales en Israel, el 17 de septiembre. Así, a esta altura han de estar ya definidas las alianzas y acuerdos y partidarios que se presentarán al electorado. Esto implica de alguna manera que hoy comienzan -o quizás sea más correcto decir que hoy se ubican en la recta final- los reclamos, apologías, denuestos y estridencias preelectorales.

Es cada vez más frecuente leer y escuchar que en estas elecciones se juega el destino del país, especialmente en relación con la continuidad o la declinación de las instituciones democráticas. Algo de cierto parece haber en ello, en vista del acelerado ritmo que viene mostrando el poder gubernamental para imponer leyes y regulaciones que discriminan entre ciudadanos, para debilitar el equilibrio entre los poderes del Estado, para promover cada vez más el dominio teocrático en la sociedad y para mantener un régimen de ocupación territorial inaceptable para la comunidad internacional.

Sin embargo, es preciso reconocer que por ahora se han venido preservando los principales rasgos democráticos del Estado, al menos al interior de la llamada línea verde (que hace las veces de frontera con los territorios ocupados), aunque ello no disminuya la necesidad de luchar contra las fuerzas que amenazan el mantenimiento y la profundización de esos rasgos democráticos, y su extensión al conjunto de la población del país. Es quizás debido a los riesgos que acompañan a esta lucha, que se sostiene que en estas elecciones se juega el destino del país, pero esos riesgos estaban y continuarán estando presentes. En ese sentido, ese destino se está jugando en todo momento.

Pero es notorio que para una parte significativa del entorno político, todo lo anterior se personifica en una persona, el actual Primer Ministro. Y aunque no quepan dudas sobre la responsabilidad que le corresponde en los procesos que amenazan a las instituciones democráticas y al mantenimiento del estatus quo, es de temer que nuevamente la lucha electoral se centre en alcanzar la victoria sobre esa persona. La idea subyacente es que lograda esa victoria, despojado Netanyahu del poder, todo se arreglaría como por arte de magia. Y así se despejaría el camino incluso para establecer cualquier tipo de coaliciones, sin importar las calificaciones de izquierdas y derechas (como reafirmando lo anterior, varios partidos en la oposición han manifestado su conformidad para unirse con el actual principal partido de gobierno -Likud- si Benjamin Netanyahu no queda a su frente). Si ese es el caso, y si se logra superar al actual Primer Ministro en las próximas elecciones, lo que se obtendría sería probablemente la continuidad del estatus quo actual, aunque sin el liderazgo de Netanyahu.

Y sin embargo, lo que debería estar en el centro de las preocupaciones de la sociedad israelí de cara a estas elecciones, es precisamente la constitución de un gobierno dispuesto a superar el estatus quo actual, tanto en sus aspectos políticos como en su dimensión económica y social. En lo que se refiere a los aspectos políticos, destaca la necesidad de comprometerse a establecer negociaciones de paz con los palestinos, sobre la base de dos Estados para dos naciones, en el entendido de que ello conllevará, en los términos que finalmente se acuerden, el fin de la ocupación en los territorios, contemplando las necesidades de seguridad que requiere Israel. Una atenta lectura de las encuestas que se vienen llevando a cabo en el país desde hace tiempo muestra que una mayoría de la población está sedienta de paz y estaría dispuesta a negociar la devolución de los territorios. Pero lo que se requiere para ello son liderazgos valientes, dispuestos a explicitar esos deseos. Y aunque en los partidos que hoy se ubican en la oposición no faltan militares de alto rango que son conscientes de la factibilidad de estos planteamientos, parecería haber cierta reticencia -dicho en términos diplomáticos- para proclamar abiertamente sus posiciones con relación a este tema central.

En cuanto a la problemática económica y social que afecta a Israel, parece haber obvias contradicciones entre los logros alcanzados por el país en materia de crecimiento económico -y especialmente en los avances en áreas de alta tecnología- enfrentados con problemas tales como los retrocesos relativos en términos de salud (con carencias crecientes en materia de infraestructura hospitalaria y de atención profesional), así como los bajos resultados y las distorsiones presentes en el área de educación, además de los altos niveles de pobreza existentes, en un país con más de 35.000 dólares anuales de ingreso por habitante, y la desigual distribución de ese ingreso. Y a lo anterior, en materia de problemática social, se agrega la relación entre Estado y religión, que avanza con la complicidad del gobierno.

Ciertamente, varios partidos de oposición denuncian estas y otras situaciones similares, pero aparentemente carecen de propuestas para los cambios de fondo requeridos en el funcionamiento de esta sociedad, cuya economía continúa dominada en buena medida por un pequeño número de tycoons, que en las áreas de alta tecnología se transnacionaliza cada vez más y cuya dependencia de un entorno internacional cada vez más volátil -como lo señala el propio Banco de Israel- pone en riesgo sus futuros avances.

Por todo ello, en el marco de las próximas elecciones el cambio de gobierno que se busca no puede significar exclusivamente la substitución del actual Primer Ministro. Ha de ofrecer y cumplir con una vuelta de timón en la conducción de la sociedad, hacia un horizonte de paz que se pueda heredar a las generaciones futuras y hacia una reorientación de la economía y de sus derivados sociales al servicio de su población.

¿Es esto pedir demasiado? En alguna medida sí, puesto que los procesos de cambio tienen sus propios ritmos y las sociedades no siempre reaccionan con respuestas racionales a sus propios problemas. Pero en este entendido, los cambios en la cabeza del gobierno, necesarios como son, han de verse y sobretodo han de ofrecerse a la sociedad no como un fin en si mismo, sino como un requisito más dentro de la cadena de acciones que lleven a la modificación del estatus quo. Alcanzar este propósito más que justificaría las próximas elecciones. Pero sus resultados quedan en manos del electorado; sólo queda esperar que los mensajes que reciba de los candidatos que apuestan por el cambio sean más convincentes de lo que han sido hasta ahora. ■