La sociedad israelí en un impasse

Post thumbnailFoto: Knéset - Flickr
La confusión y desorientación que aquejan hoy en día al ciudadano común en Israel no son menores. Habiendo pasado ya casi un mes desde las últimas elecciones nacionales, las incertidumbres sobre si se logrará formar gobierno, si se convocará a nuevas elecciones en poco tiempo más o si se prolongará la agonía en busca de coaliciones asentadas en obscuras negociaciones y concesiones mutuas, se mantienen en su totalidad. La conmemoración del nuevo Año Judío, la celebración de Iom Kipur (el Día del Perdón) y la inminencia de Sucot (la Fiesta de las Cabañas) han contribuido a la prolongación de esas incertidumbres, en un clima preñado de rumores pero sin certezas sobre el desarrollo futuro.

Y la confusión y la desorientación se amplían con los avatares del panorama internacional y especialmente del regional, en donde la sombra protectora de los EEUU parece estar desvaneciéndose con las últimas decisiones tomadas por el Presidente Trump (como las que abren el camino para que Turquía ataque a los contingentes kurdos, hasta ayer eficaces aliados de los EEUU en la lucha contra ISIS), al mismo tiempo que en Israel se toma conciencia, oficialmente, de la capacidad bélica iraní con el reciente ataque a refinerías sauditas cerca de la ciudad de Abqaiq, y de lo que esto le demanda en materia de seguridad.

Es decir, la tan acaramelada luna de miel con la actual administración estadounidense, esa que se caracterizó por los más encendidos elogios al Presidente Trump por parte de nuestros mayores líderes, parece estar llegando a su fin, mientras que la situación en la región se tensa y se presta a múltiples derivaciones. Todo ello requiere de Israel una nueva conducción, que aporte una perspectiva y una mirada fresca a los problemas internos y externos y que anteponga los intereses y las necesidades nacionales a la trillada charlatanería de nuestros políticos.

Pero mientras esos políticos continúan enredados en negociaciones que pueden eventualmente conducir a la formación de un nuevo gobierno…o a la convocatoria de nuevas elecciones (¡¡la tercera en menos de un año!!), y mientras la tensión en la región se agrava, la sociedad israelí parecería estar suspendiendo el aliento, aguardando pasivamente la conclusión de esas negociaciones y la disminución de esas tensiones. Porque esta sociedad parece haberse quedado sólo con el voto como su única forma de manifestación política, habiendo cedido a los representantes que elige en las elecciones toda su capacidad de incidir en los procesos políticos, económicos y sociales.

No es que no existan preocupaciones a todos los niveles, por la situación actual; lo que sucede es que esas preocupaciones, aunque presentes en todas las conversaciones, no se manifiestan sin embargo en movimientos populares, en foros públicos de discusión y en reclamos de mayor claridad y transparencia, tanto sobre lo que se negocia internamente como sobre los preparativos para enfrentar posibles amenazas externas.

Con relación a esto último, es preciso recordar que hace poco menos de un año, en agosto 2018, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu presentó un proyecto de aumento permanente del gasto en defensa (el detalle del proyecto, titulado “Concepto de Seguridad 2030”, era obviamente confidencial), que representaría incrementos anuales en el presupuesto de defensa del orden de los 900 millones de dólares. En su oportunidad, el Banco de Israel criticó severamente esta propuesta, en los términos siguientes: “La propuesta de aumentar el presupuesto de defensa en proporción con la tasa de crecimiento del PIB durante la próxima década es incompatible con la trayectoria de déficit decreciente establecida por la ley, con resoluciones gubernamentales sobre la expansión de los servicios sociales, con programas sociales e inversiones en infraestructura y con la aversión del gobierno a aumentar las tasas impositivas”. (extracto de un Boletín de Prensa del Banco de Israel del 22/08/2018). Poco más supo la opinión pública sobre la suerte de esta propuesta, que en alguna medida pasó a segundo término cuando en noviembre del 2018 se anunció que el déficit gubernamental se acercaba peligrosamente al 4% del PIB.

Pues bien, hace pocos días el Primer Ministro y Ministro de Defensa (ambas posiciones las sigue manteniendo Benjamín Netanyahu) ha vuelto a poner en el tapete el aumento en el presupuesto de defensa -reclamó un incremento anual de 4 mil millones de shekel en ese presupuesto- a sabiendas de que una propuesta como ésta, en momentos en que se vive un vacío gubernamental, tiene más que nada un sentido político tendiente a presionar por un gobierno de unidad nacional (por supuesto, encabezado por él). Ciertamente, las críticas del Banco de Israel arriba mencionadas siguen plenamente vigentes y es probable que los funcionarios del Ministerio de Hacienda también hayan acogido esa propuesta con preocupación. Pero como en tantas otras oportunidades, quien permanece al margen de esas discusiones es la población, que supuestamente descansa en la acción de sus representantes -los miembros de la Knéset (a través de los partidos y movimientos políticos que éstos integran)- para tratar estos temas, sin posibilidades reales de hacerse oír.

En estas circunstancias, continúa la tragicomedia de las acusaciones contra el Primer Ministro: los dos días concedidos a su defensa para presentar en una audiencia ante la fiscalía los argumentos para cerrar los tres expedientes abiertos en su contra, se ampliaron a dos días más y cumplido esos plazos, se han prolongado por dos semanas adicionales para presentar más argumentos por escrito. Y el dictamen final del Procurador General sobre si llevar o no adelante en definitiva las acusaciones correspondientes no se espera, en el mejor de los casos, antes de mediados del próximo diciembre.

Mientras tanto, y tal como se señalara en una nota anterior, la economía israelí continúa funcionando a su ritmo, en medio de dos episodios electorales y con un telón de fondo internacional caracterizado por un lado por las incertidumbres que generan los conflictos comerciales entre China y los EEUU y por el otro, por las tensiones regionales arriba comentadas. Es altamente probable que el año 2020 se inicie sin un nuevo presupuesto, por lo que continuará vigente el presupuesto actual mientras, se acomode, trabajosamente, un nuevo gobierno.

Frente a todo ello, cabe preguntarse si el peligroso impasse en el que se debate la sociedad israelí -el obcecado esfuerzo del Primer Ministro por conservar su puesto y sus privilegios y evitar la cárcel, los conflictos internos de todo orden (religiosos, políticos, étnicos) y el largo y no resuelto conflicto con los palestinos- no obligaría realmente recurrir una vez más a la convocatoria de elecciones nacionales. Pero una salida como esa, difícil como es, requeriría (en caso de adoptarse) revestirse de un carácter especial y asumir, por ejemplo, el sentido de un referéndum. Y para significar algo diferente, debería ser liderada por un amplio movimiento ciudadano, comprometido a llevar a cabo cambios de fondo en el funcionamiento de esta sociedad, en vista de la cuasi parálisis que la viene afectando en lo político, pero también en lo económico y en lo social.■