La significación religiosa de Israel - La Parashá de la Semana

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Parashat Masei - Rabino Jonathan Sacks

La larga travesía está llegando a su fin. El Jordán está casi a la vista. Hemos leído sobre el largo itinerario y de las etapas del trayecto. Finalmente estamos por llegar al cierre de la lista de los campamentos, y Dios le dice a Moshé: “Toma posesión de la tierra y establécete en ella pues es la tierra que Yo te he dado para que la poseas” (Números 33:53). Esto, según Najmánides (a Números 33:53), es la fuente del mandato de vivir en la tierra de Israel y de heredarla.

De esta forma llegamos a una de las tensiones centrales del judaísmo y de la historia judía: la significación religiosa de la tierra de Israel. Su centralidad no puede ser cuestionada. Cualesquiera sean los relatos y temas secundarios en el Tanaj, la narrativa más amplia se refiere a la promesa de posesión y de la travesía hacia la tierra. (1)La historia judía comienza con el viaje de Abraham y Sara hacia ella. Los cuatro libros siguientes de la Torá, desde Éxodo a Deuteronomio, están dominados por la segunda travesía en la época de Moshé. El Tanaj completo termina con el rey Ciro de Persia que otorga el permiso a los judíos exiliados en Babilonia para retornar a su tierra – la tercera gran travesía (Crónicas II 36:23).

Lo paradojal de la historia judía es que aunque un territorio específico, la Tierra Santa, está en su corazón, los judíos han estado más tiempo en el exilio que en Israel; más tiempo añorando que habitándola; más tiempo viajando que arribando. Gran parte de la narrativa judía pudo haber sido escrita en el lenguaje de la parashá Masei: “Viajaron desde X y acamparon en Y.”

De ahí la tensión. Por un lado, el monoteísmo debe comprender que Dios es no-territorial. El Dios de todos lados puede ser hallado en cualquier lado. No está limitado a este pueblo ni a ese lugar – como creían los paganos. Él ejerce Su poder aún en Egipto. Envía a un profeta, Ioná, a Nínive en Asiria. También está con otro profeta, Ezequiel, en Babilonia. No hay lugar en el universo en el que Él no esté. Por el otro lado, debe ser imposible vivir plenamente como judío fuera de Israel, porque si no, los judíos no habrían sido ordenados de ir hacia allá desde el principio, o de retornar subsecuentemente. ¿Por qué es que el Dios sin lugar puede ser hallado específicamente en este lugar?

Los sabios desarrollaron esa tensión mediante dos propuestas impactantes. Por un lado, “Donde fueran los israelitas en el exilio, la Divina Providencia se exilia con ellos.”(2) Por el otro, “El que deja Israel para vivir en otro lado es como si no tuviera Dios.” (Ketubot 110b). ¿Puede uno hallar a Dios, servir a Dios, tener la experiencia Divina fuera de la Tierra Santa? Sí y no. Si la respuesta fuera sólo sí, no habría un incentivo para retornar. Si fuera sólo no, no habría motivo para seguir siendo judío en el exilio. Es sobre esta tensión que la existencia judía está construida.

¿Qué es lo que tiene Israel de especial? En El Kuzari, Yehuda Haleví afirma que distintos ambientes poseen distintas ecologías. Así como hay países, climas, y suelos especialmente propicios para cultivar la vid, de la misma forma hay un país, Israel, que es especialmente apto para cultivar profetas – efectivamente, es todo un pueblo con inspiración Divina. “Ningún otro lugar se compara con la distinción de la influencia divina así como ninguna otra montaña produce tan buen vino.” (3)

Najmánides da una explicación distinta:
Dios creó todo y colocó el poder sobre los de abajo en los de arriba, y colocó sobre todos y cada una de las personas de acuerdo a su nación, una estrella y una constelación específica. Pero la tierra de Israel, en el medio de la tierra habitada, es la herencia de Dios…Él la colocó en forma separada de todas las naciones sobre las cuales Él nombró príncipes y otros poderes celestiales, dándonos a nosotros la tierra (de Israel) de modo que Él, bendito Sea, será nuestro Dios y nosotros estaremos dedicados a Su nombre.

Najmánides, comentario a Levítico 18: 25

Aunque cada tierra y cada nación está bajo la soberanía abarcadora de Dios, sólo Israel lo está en forma directa. Otras son gobernadas por intermediarios terrenales y celestiales. Su destino está determinado por otros factores. Sólo en la Tierra y en el Pueblo de Israel encontramos que fortunas e infortunios de la nación son atribuidas en forma directa a su relación con Dios.

Tanto Yehuda Halevi como Najmánides expusieron lo que podemos llamar unageografía mística. La diferencia entre ambos es que Yehuda Haleví mira a la tierra y Najmánides al cielo. Para Yehuda Haleví lo especial de la tierra de Israel es su suelo, su paisaje, su clima. Para Najmánides, es estar sometida al gobierno directo de Dios. Para ambos la experiencia religiosa es posible fuera de Israel, pero es una pálida sombra de lo que es en la tierra. ¿Hay alguna forma de expresar esto en forma no mística, en conceptos y categorías más cercanas a una simple experiencia? Aquí está una de las maneras de hacerlo.

La Torá no es meramente un código de perfección personal. Es el marco de construcción de una sociedad, una nación, una cultura. Es acerca de lo que el Rabino Aarón Lichtenstein llamó, en una frase memorable, “la beatitud societal.” Contiene legislación del bienestar, la ley civil, reglas que gobiernan la relación empleador-empleado, provisiones del medio ambiente, reglas del cuidado animal, de la salud pública y sistemas de gobierno y judiciales.

La Torá se sitúa en el extremo opuesto del espectro del gnosticismo y otras filosofías de decadencia global que ven a la religión como un ascenso del alma a los ámbitos etéreos del espíritu. Para el judaísmo, Dios vive aquí, sobre la tierra, en las vidas humanas, en las interacciones, en las asociaciones. La Torá es terrestre porque Dios busca vivir sobre la tierra. De esa forma, la tarea del judaísmo es crear una sociedad con la Divina Presencia en su seno. Si el judaísmo estuviera confinado a temas del espíritu, habría dejado grandes áreas del emprendimiento humano – toda la política, la economía y la sociología – fuera de la esfera religiosa.

Lo que fue y es particular de Israel es que es el único lugar en la tierra (salvo algunas excepciones de corta duración como los himyaritas del siglo séptimo y los kázaros del siglo octavo, cuyos reyes se convirtieron al judaísmo) en el que los judíos han tenido la oportunidad de crear toda una sociedad bajo normas judías. Es posible vivir una vida judía en Manchester o en Monsey, Madrid o Minsk. Pero es siempre una experiencia truncada. Sólo en Israel pueden los judíos llevar a cabo sus vidas en el lenguaje de la Biblia, en los tiempos definidos por el calendario judío y en un espacio saturado de historia judía. Sólo allí son mayoría. Sólo allí pueden construir un sistema político, una economía y un medio ambiente basado en los valores judíos. Sólo allí puede el judaísmo ser lo que estaba destinado ser – no sólo un código de conducta para individuos sino esencialmente, la arquitectura de una sociedad.

De ahí que debe haber algún espacio en la tierra en la cual los judíos puedan practicar su autogobierno bajo la soberanía divina. Pero ¿por qué específicamente en Israel? Porque es, y siempre ha sido, un lugar clave y estratégico donde tres continentes – Europa, África y Asia – se juntan. Al carecer de la vasta y plana extensión fértil del delta del Nilo, o del valle del Tigris- Éufrates (o en la actualidad de los yacimientos de petróleo de Arabia), nunca podría ser la base de un imperio, pero debido a su ubicación, siempre fue codiciado por los imperios. Por lo cual era políticamente vulnerable.

Era y es ecológicamente vulnerable porque los recursos acuíferos dependen de la lluvia, que en esa región son siempre impredecibles (de ahí las frecuentes hambrunas mencionadas en Génesis). Su existencia por lo tanto, nunca podía darse por sentada. Repetidas veces su gente, sobreviviendo a los desafíos, lo sentiría como un milagro. Pequeña, geográfica y demográficamente, dependería de un logro significativo – político, militar y económico – por parte del pueblo. Lo cual a la vez dependería de su fortaleza y su sentido de misión. De ahí que los profetas supieran, tanto natural como sobrenaturalmente, que sin justicia social y un sentido de vocación divina, la nación finalmente caería, y sufriría un nuevo exilio.

Estos son, de alguna manera, los fundamentos empíricos del misticismo de Haleví y Najmánides. Son tan ciertas en la actualidad como lo eran en los tiempos antiguos. Existe una franqueza, una naturalidad de la experiencia judía en Israel que no puede ser encontrada en ningún otro lado. La historia nos cuenta que el proyecto en construcción de una sociedad bajo la soberanía divina en una tierra vulnerable es, desde el punto de vista estratégico, del más alto riesgo. Sin embargo, a través de cuarenta siglos, los judíos supieron que era un riesgo que valía la pena correr. Pues sólo en Israel es Dios tan cercano que Se lo puede sentir en el sol y el viento, sentirlo más allá de los montes, oírlo en las inflexiones del lenguaje diario, respirar Su presencia a la mañana temprano y vivir, peligrosa, pero confiadamente, bajo la sombra de Sus alas.




Fuentes

  1. Ver D. J. Clines, The Theme of the Pentateuch [El tema del Pentateuco] (Sheffield: JSOT, 1978).

  2. Mechilta, Parshat Bo 14.

  3. El Kuzari, II:9–12.