La Parashá de la Semana - Una nación de narradores

Al convertir a los israelitas en una nación de narradores, Moshé ayudó a transformarlos en un pueblo ligado por la responsabilidad colectiva.
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Parashat Ki Tavó - Rabino Jonathan Sacks

Howard Gardner, profesor de educación y psicología de la Universidad de Harvard, es uno de las grandes mentes de nuestro tiempo. Es bien conocido por su teoría de las “inteligencias múltiples,” por la cual la inteligencia no es una sola cosa que pueda ser definida y medida sino que son muchas cosas – una muestra de la dignidad de la diferencia. Ha escrito asimismo muchos libros sobre liderazgo y creatividad, entre ellos uno en particular, Leading Minds (Mentes que lideran), que es importante para comprender la parashá de esta semana.

La propuesta de Gardner es que lo que hace a un líder es la capacidad de narrar un tipo particular de historia – una que nos representa a nosotros mismos y que confiere el poder y la resonancia a una visión colectiva. Es el caso de Churchill, que contó la historia del coraje indomable de Gran Bretaña en su lucha por la libertad. Gandhi lo hizo con respecto a la dignidad de la India y de la protesta sin violencia. Margaret Thatcher habló sobre la importancia del individuo frente al Estado cada vez más abarcador. Martin Luther King expresó que una gran nación no registra diferencias de colores. Las narrativas dan al grupo una identidad compartida y un sentido del objetivo a alcanzar.

El filósofo Alasdair MacIntyre también hizo énfasis en la importancia de la narrativa en la vida moral. “El hombre,” escribió, “es en sus acciones y en la práctica así como en sus ficciones, un animal esencialmente narrador.” Es a través de las narrativas que comenzamos a entender quiénes somos y cuáles son las acciones que hemos sido convocados a realizar. “Si privas a los niños de cuentos los dejarás desarraigados, titubeantes y ansiosos tanto en palabras como en actos.” Saber quiénes somos es en gran medida entender de cuál narración o narraciones somos parte.

Las grandes preguntas – “¿Quiénes somos?” “¿Por qué estamos aquí?” “¿Cuál es nuestra tarea?” – tienen la mejor respuesta por medio de un cuento. Barbara Handy lo expresó de esta manera: “Soñamos en narrativa, nuestros ensueños son en narrativa, recordamos, anticipamos, tenemos esperanzas, creencias, dudas, planes, revisiones, críticas, construcciones, chismes, enseñanzas, odio y amor por medio de narrativas.” Esto es fundamental para entender por qué la Torá es la clase de libro que es: no es un tratado teológico o sistema metafísico sino una serie de historias interrelacionadas extendidas a través del tiempo, desde la travesía de Abraham y Sara partiendo de la Mesopotamia hasta Moshé y el deambular de los israelitas por el desierto. El judaísmo es menos sobre la verdad como sistema que sobre la verdad como narrativa. Y nosotros somos parte de esa historia. De eso se trata ser judío.

Una buena parte de lo que hace Moshé en el libro de Devarim es recontar la historia para la generación siguiente, recordándole qué hizo Dios por sus padres y algunos de los errores que ellos mismos cometieron. Moshé, además de ser un gran libertador, era un narrador supremo. Pero lo que hace en la parashá Ki Tavó va todavía más allá.

Le cuenta al pueblo que cuando entren, conquisten y se establezcan en la tierra, deben llevar los primeros frutos maduros al santuario central, el Templo, como forma de dar gracias a Dios. Una Mishná en Bikurim describe la jubilosa escena del pueblo que converge hacia Jerusalem desde todo el país llevando los primeros frutos con el acompañamiento de música y celebración. Sólo llevar los frutos no era suficiente. Cada persona debía pronunciar una declaración. Esa declaración se convirtió en uno de los pasajes más conocidos de la Torá, porque, aunque originalmente dicho en Shavuot, el festival de los primeros frutos, en los tiempos post-bíblicos se transformó en el elemento central de la Hagadá de la noche de Pesaj:
Mi padre era un arameo errante, y cuando bajó a Egipto vivió allí, siendo escaso en número y transformándose allí en una gran nación, en número y en poder. Pero los egipcios nos maltrataron y nos hicieron sufrir, sometiéndonos a duras tareas. Entonces imploramos al Señor, el Dios de nuestros ancestros, y el Señor oyó nuestra voz y vio nuestra miseria, yugo y opresión. Entonces el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con gran terror y con portentos y maravillas.

Deuteronomio 26:5-8

Aquí, por primera vez, recontar la historia de la nación se transforma en un deber para todo ciudadano de la nación. En este acto, conocido como vidui bikurim, “la confesión hecha sobre los primeros frutos,” a los judíos se les ordena, en cierta forma, ser una nación de narradores.

Este es un desarrollo notable. Yosef Jaim Yerushalmi nos dice que “Sólo en Israel y en ningún otro lugar, el mandato de recordar es sentido como un imperativo religioso para todo el pueblo.” Repetidas veces en Devarim aparece el mandato de recordar: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto.” “Recuerda lo que te hizo Amalek.” “Recuerda lo que Dios le hizo a Miriam.” “Recuerda los días de antaño; considera a las generaciones hace tiempo pasadas. Pregunta a tu padre y él te dirá. Pregunta a tus mayores, ellos te explicarán.”

El vidui bikurim es más que esto. Comprimido en el espacio más corto posible, resume la totalidad de la historia de la nación. En apenas unas frases tenemos “los orígenes patriarcales en la Mesopotamia; la aparición de la nación hebrea en medio de la historia, más que la prehistoria mítica; la esclavitud en Egipto y la liberación ulterior; el momento de clímax de la obtención de la tierra de Israel, y atravesando todo – el reconocimiento de Dios como el Señor de la historia.”

Aquí debemos señalar un matiz importante. El pueblo judío fue el primero en encontrar a Dios en la historia. Fue el primero en pensar en términos históricos – del tiempo como escenario de cambio en contraposición con el tiempo cíclico en el que las estaciones se suceden, la gente nace y muere, y en realidad nada cambia. El judío fue el primer pueblo en escribir la historia – muchos siglos antes de Herodoto y Tucídides, con frecuencia descritos erróneamente como los primeros historiadores. Pero en hebreo bíblico no existe la palabra que signifique “historia” (la más cercana es divrei hayamim, “crónicas”). En su lugar se usa la raíz zajor, qué significa “memoria.”

Hay una diferencia fundamental entre historia y memoria. La historia es “su narración” el registro de eventos que ocurrieron en algún tiempo a alguien. La memoria es “mi narrativa.” Es el pasado internalizado y convertido en parte de mi identidad. Eso es lo que quiere significar la Mishná en Pesajim cuando dice, “Cada persona debe visualizarse como si él (o ella) hubieran salido de Egipto.”

A través de Devarim Moshé advierte al pueblo – no menos de catorce veces – que no olvide. Si olvida el pasado perderá su identidad y sentido de dirección y sobrevendrá el desastre. Aún más, no solo recibe el pueblo el mandato de recordar, sino que se ordena que lo transmita a sus hijos.

Todo este fenómeno representa un formidable conjunto de ideas: acerca de la identidad como materia de memoria colectiva; acerca del ritual de narrar la historia de la nación; y sobre todo acerca del hecho de que cada uno de nosotros es el guardián de esa historia y de esa memoria. No le corresponde solo al líder o a una élite entrenada recordar el pasado, sino a cada uno de nosotros. Este también es un aspecto de la evolución y de la democratización que encontramos a través de todo el judaísmo como modo de vida. Los grandes líderes cuentan la historia del grupo, pero el más grande de ellos, Moshé, le enseñó al grupo a transformarse en una nación de narradores.

Hoy en día todavía puede verse el poder de esta idea. Como señalo en mi libro The Home We Build Together (El hogar que construimos juntos) si visitamos los memoriales presidenciales en Washington, veremos que cada uno de ellos lleva una inscripción tomada de sus propias palabras: la de Jefferson es ‘Tomamos estas verdades como evidentes…’ la de Roosevelt ‘Lo único que debemos temer es el temor mismo,’ en la alocución de Lincoln en Gettysburg y su segundo discurso inaugural, ‘Con maldad hacia ninguno; con caridad hacia todos…’ Cada memorial cuenta su historia.

Londres no tiene nada equivalente. Tiene muchos memoriales y estatuas, cada uno con una breve inscripción diciendo a quién representa, pero nada de discursos o citas. No hay historia. Aún el memorial de Churchill cuyos discursos rivalizaban con los de Lincoln en cuanto a poder, contiene una sola palabra: Churchill.

Estados Unidos tiene una narrativa nacional porque su sociedad está basada en la idea del pacto. La narrativa es el corazón de la política del pacto porque ubica a la identidad nacional en una serie de eventos históricos. La memoria de esos eventos evoca los valores por los cuales lucharon los que nos antecedieron, y de los cuales nosotros somos los guardianes.

La narrativa del pacto es siempre inclusiva, propiedad de todos los ciudadanos, tanto los recién llegados como los nacidos en el lugar. Les dice a todos, con independencia de clase o credo: esto es lo que somos nosotros. Crea una sensación de identidad común que trasciende otras identidades. Es por eso, por ejemplo, que Martin Luther King lo pudo utilizar en tal sentido en algunos de sus grandes discursos. Le estaba diciendo a sus compañeros afroamericanos que debían verse como parte igualitaria de la nación. Al mismo tiempo les decía a los blancos norteamericanos que honren el compromiso de la Declaración de la Independencia en la frase que dice que ‘todos los hombres fueron creados iguales.’

Inglaterra no tiene el mismo tipo de narrativa nacional porque no está basada en un pacto sino en jerarquías y tradición. Inglaterra, escribe Roger Scruton, “no era una nación, un credo o un lenguaje o un estado sino un hogar. Las cosas en el hogar no necesitan explicación. Están ahí porque están ahí.”(8) Históricamente Inglaterra fue una sociedad basada en clases en la cual hubo élites que gobernaban en nombre de la totalidad de la nación. Estados Unidos, fundada por Puritanos que se veían a sí mismos como un nuevo Israel unidos por un pacto, no era una sociedad con gobernantes y gobernados sino una nación de responsabilidad colectiva. De ahí que la frase central de la política norteamericana, nunca usada en la inglesa, sea: “Nosotros, el pueblo.”

Al convertir a los israelitas en una nación de narradores, Moshé ayudó a transformarlos en un pueblo ligado por la responsabilidad colectiva – de unos con otros, con el pasado y el futuro, y con Dios. Al enmarcar una narrativa a la que las sucesivas generaciones puedan hacer propia y enseñarla a sus hijos, Moshé convirtió a los judíos en una nación de líderes.