La Parashá de la Semana - Rav Yerahmiel Barylka

Post thumbnail
PARASHAT JAYE SARA - Sara, continúa viviendo en el tiempo

La parashá de esta semana, Jaye Sara, nos trae en su contenido y también en su nombre, una serie de mujeres que ocupan un lugar trascendente del cual podemos llegar a conclusiones sumamente válidas para nuestra vida también hoy. Si bien nuestra parashá comienza con la muerte de Sara y la compra de su sepultura y por ello lleva su nombre, en su médula aparece el enlace entre Yitzjak y Rivka y casi al pasar, una referencia el envejecimiento de Avraham. La vida misma en todos sus matices. El texto que habla de la muerte de Sara, se titula “la vida de Sara”, siguiendo el principio tan conocido que “los justos después de su muerte, son llamados vivientes”.

Quien deja tras de sí, una heredad tan importante como la de Sara, continúa viviendo en el tiempo, hasta nuestros días en los que hablamos de ella como si estuviera presente. Sus hijos siguen vivos y continúan su conducta, logrando que sus acciones perduren en nosotros. Por ello, la elección de la esposa de Yitzjak, que debía ocupar el lugar de su madre en la tienda donde habitaba, es realizada con tanta minuciosidad y relatada con tanto detalle. No fue suficiente que Rivka no fuera hija de otras culturas y creencias contradictorias con el mensaje familiar, sino que necesitaba contar con las virtudes que permitan el encadenamiento de las generaciones. Yitzjak no podía lograr la continuidad de Avraham y de Sara, sin una pareja.

“Un día, Avraham le dijo al criado más antiguo de su casa, que era quien le administraba todos sus bienes: -Pon tu mano debajo de mi muslo, y júrame por .A., el Dios del cielo y de la tierra, que no tomarás una mujer para mi hijo de esta tierra de Canaán, donde yo habito,…” (Bereshit 24:2-4).

Avraham conocía el nivel de la moral de sus vecinos, y no desea que su descendencia se una a ellos. En eso no transige. Interfiere en la libertad que gozaba Yitzjak para formar pareja. Con ello, Avraham no juega.

“Irás a mi tierra, a mi cuna, y de allí escogerás una esposa para mi hijo Yitzjak”. Punto. Avraham no interfiere en la elección de la pareja para su hijo mayor, Ishmael, que se enlaza con una mujer egipcia, tal como egipcia era su madre “habitó en el desierto de Parán y su madre lo casó con una egipcia” (Íb. 21:21).

Avraham sabe qué hubiera deseado Sara y también la respeta. Yitzjak se enamora de Rivka, y de los valores que trae consigo que son los de su madre. “Yitzjak llevó a Rivka a la carpa de Sara, su madre, y la tomó a Rivka por esposa y la amó. E Yitzjak se consoló de la muerte de su madre” (Íb. 24:67).

La tienda de campaña de Sara representa según los comentaristas, no sólo el espacio físico, sino el mensaje espiritual. “Avraham (que tuvo con Ketura, seis hijos más) entregó todo lo que poseía a Yitzjak. Y a los hijos de sus concubinas les hizo regalos y, los separó de su hijo Yitzjak, mientras él todavía estaba con vida, enviándolos a las regiones orientales”, nos dice la Torá en el capítulo 25. Nuestro patriarca, actúa con los hijos de Ketura según el mismo modelo que había usado con el hijo de Hagar. Los separa de su casa, los aleja de Yitzjak. No son como él. No deben influenciarlo. Deja a Ketura con sus hijos para que los eduque como ella siente, tal como dejó a Ishmael con Hagar. A toda vista, a los ojos de cualquier padre de nuestra época, esa actitud discriminatoria de Avraham con respecto a su descendencia subleva y provoca un sentimiento de desagrado. Incluso en el reparto de los bienes materiales que no entrega igualitariamente entre su descendencia.

No podemos disimular tampoco que el récord de continuidad ideológica de su prole tiene mucho que desear. La Torá nos dice que Avraham tuvo por lo menos ocho hijos, y sólo uno es merecedor de ser su continuación. Después de la muerte de Sara, se preocupa por la esposa de Yitzjak, pero no muestra interés por las parejas de sus otros hijos. Para Yitzjak envía a buscar por una mujer que sea lo más parecida a los de la madre de este hijo. Yitzjak no aparece en el texto bíblico cuando su padre y su criado se preocupan por su continuidad. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? Después de la experiencia de su atadura, no encontramos a Yitzjak junto a Avraham. No se asoma en el relato de la llegada de Avraham, a Beer Sheva como había estado junto a su padre cuando se dirigían a pasar la prueba. Sus caminos se bifurcaron después de la experiencia. Los midrashim se dividen tratando de explicarnos dónde podría haber quedado. Algunos intérpretes lo dejan en el monte Moriá hasta su boda. Allí habría quedado después de la experiencia. Otros, dicen que Yitzjak permaneció estudiando Torá, separado de su padre, en las yeshivot de Shem y de Ever y otros incluso, dicen que Yitzjak llegó al Jardín de Edén y allí permaneció escondido.

Pero de pronto, “Ytzjak había vuelto del pozo de Lajay Roí, -«Viviente-que-me-ve»-, él reside en la región del Néguev. Y salió Ytzjak a deliberar (lasuaj) al campo, a la hora de la tarde” (Íb. 24:62).

Yitzjak regresó al lugar donde “Hagar dio a Dios, que hablaba con ella, el nombre de: «Tú eres el Dios que me ve», porque dijo: « ¿Acaso no he visto aquí al que me ve?» Por lo cual llamó al pozo: «Pozo del Viviente- que-me-ve»…” El lugar donde había nacido Ishmael, su hermano mayor. (Íb. 16:13-14).

Después de su aquedá, va al lugar donde estaba Hagar, ¿acaso para devolverla a Avraham?, como nos enseña Rashí citando el midrash, o ¿para unirse en el dolor y el sufrimiento de Hagar, identificándose con ella y con el de su hermano Ishmael? Lo que nuestros sabios comprendieron del término lasuaj, tan difícil de traducir, es que en ese espacio, Yitzjak instituyó, la plegaria minjá, porque allí fue a elevar sus rogativas. Sintiendo lo que el salmista, con sus palabras inimitables nos dice (Tehilim 102) como modelo: “Oración de un afligido, cuando está angustiado y delante de .A. derrama su lamento. . A., escucha mi oración y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; inclina a mí tu oído; apresúrate a responderme el día que te invoque”. La oración de Yitzjak pasó a ser fija porque surgió de la congoja y de la zozobra, de las profundidades de su alma. En el mundo jasídico, se diría que en el campo, hasta el césped se une a la oración fortaleciéndola, y Rabí Jyiá bar Abá, aprende del versículo, que siempre debe elevarse la oración desde una casa que tenga ventanas (Brajot 31 a), para poder estar unido al medio que lo rodea, a las personas y a la naturaleza: “Los árboles de .A. están llenos de savia, los cedros del Líbano que él plantó. Allí las aves hacen sus nidos; en los cipreses tienen su hogar las cigüeñas. En las altas montañas están las cabras monteses, y en los escarpados peñascos tienen su madriguera los tejones” Para apreciar, ¡cuán numerosas son tus obras! .A., ¡Todas ellas las hiciste con sabiduría!

Yitzjak, se eleva aún más después de la aquedá, al unirse al dolor de Hagar, que le permite abrir su corazón en la oración, para poder desde ese momento, ver a Rivka. Desde el pozo del “Viviente que me ve”, puede ver a su pareja. “De pronto, al levantar la vista, vio que se acercaban unos camellos. También Rivka levantó la vista y, al ver a Yitzjak, se bajó del camello y le preguntó al criado: – ¿Quién es ese hombre que viene por el campo a nuestro encuentro? -Es mi amo -contestó el criado. Entonces ella tomó el velo y se cubrió”. Recién entonces, pudo llevar a Rivka, tomarla por esposa, amarla, y consolarse por la muerte de su madre. Al fin, había encontrado a la sucedánea de la madre, la que educará a sus hijos, que son los de Avraham, Yitzjak y Yaakov, a los que nos referimos en nuestras plegarias. Sara ya no está con nosotros, pero, queda su espíritu. A partir de ella y de Rivka, continuamos nosotros, los hijos de Avraham, que no somos los únicos de él, pero, sí los únicos de Sara, que continúa viva en nosotros. La mujer. La que nos formó en sus valores. Los principios que tuvo Rivka, la esposa de Yitzjak.