La Parashá de la Semana: El maestro como héroe

No son los poetas sino los maestros los que modelan la sociedad, entregando el legado del pasado a los que construyen el futuro. Esa percepción sostuvo al judaísmo mucho más que cualquier otra civilización, y comenzó con Moshé en el último mes de su vida.
Post thumbnailMuchacho leyendo la Torá de acuerdo con la costumbre sefaradí Foto: Sagie Maoz Wikimedia CC BY-SA 2.0
Parashat Devarim - Rabino Jonathan Sacks

Imagina la siguiente escena. Tienes 119 años y 11 meses de edad. El final de tus días está a la vista. Tus esperanzas han recibido golpes devastadores. Dios te ha dicho que no entrarás en la tierra hacia la cual has conducido a tu pueblo durante cuarenta años. Has sido criticado repetidas veces por el pueblo al que guiaste. Tu hermana y tu hermano, con quienes compartiste el peso del liderazgo, han fallecido. Y sabes que ninguno de tus hijos, ni Gershon ni Eleazar, te sucederán. Tu vida parece estar llegando a un final trágico, tu lugar de destino trunco, tus aspiraciones no realizadas. ¿Qué haces?

Podemos imaginar una serie de respuestas. Podrías hundirte en la tristeza, reviviendo lo-que-podría-haber-ocurrido si las circunstancias hubieran sido diferentes. Podrías seguir rogándole a Dios que cambie Su parecer y te deje cruzar el Jordán. Podrías dedicarte a recordar los buenos tiempos, cuando el pueblo cantó la canción del Mar Rojo, cuando dieron su aprobación al pacto en el Sinaí o cuando construyeron el Tabernáculo. Estas serían las reacciones humanas normales. Moshé no hizo nada de esto – y lo que sí hizo, cambió el curso de la historia judía.

Durante un mes Moshé congregó al pueblo a la orilla oriental del Jordán y se dirigió a ellos. Estas expresiones constituyen el núcleo central del libro de Deuteronomio. Son extraordinariamente amplias, cubriendo la historia de lo transcurrido, una serie de profecías y advertencias sobre el futuro, leyes, narrativas, una canción y una serie de bendiciones. Todas juntas representan la visión más profunda y abarcadora de lo que significa ser un pueblo santo, dedicado a Dios, construir una sociedad que podría postularse como modelo para la humanidad en cuanto a combinar libertad y orden; justicia y compasión; dignidad individual y responsabilidad colectiva.

Pero por encima de lo que dijo Moshé en el último mes de su vida está lo que él hizo. Cambió de posición. Modificó su relación con la gente. Ya no fue Moshé el libertador, el dador de leyes, el generador de milagros, el intermediario entre los israelitas y Dios, sino que se transformó en la figura que perdura en la memoria judía: Moshé Rabenu, “Moshé nuestro maestro.” Así es como comienza Deuteronomio – “Moshé comenzó a proclamar esta Ley” (Deuteronomio 1:5), empleando un verbo, be’er, que no hemos encontrado antes en la Torá en este sentido y que aparece una sola vez más hacia el final del libro: “Y escribirás muy claramente (ba’er hetev) todas las palabras de esta ley en estas tablas” (27:8). Él quería exponer, explicar, clarificar. Él quería que el pueblo comprendiera que el judaísmo no es una religión misteriosa, solo comprensible para unos pocos. Es – como manifiesta en su último discurso – una “herencia de (toda) la congregación de Yaakov” (33:4).

Moshé se transformó, en el último mes de su vida, en maestro educador. En estas alocuciones hace más que decirle a la gente lo que es la ley. Él explica el porqué de la ley. No hay nada de arbitrario en ella. La ley es la que es por la experiencia de la persecución y la esclavitud del pueblo en Egipto, que fue el tutorial del pueblo de por qué necesitamos la libertad, la libertad gobernada por la ley. Dice una y otra vez: harán esto porque una vez fueron esclavos en Egipto. Ellos deberán recordar y nunca olvidar – dos verbos que aparecen repetidas veces en el libro – de dónde vinieron y qué se sentía al ser exiliados, perseguidos e impotentes. En la comedia musical Hamilton, de Lin-Manuel Miranda, George Washington le dice al joven e impetuoso Alexander Hamilton: “Morir es fácil, joven; vivir es más difícil.” Efectivamente, en Deuteronomio Moshé les dice varias veces a los israelitas: la esclavitud es fácil; la libertad es más difícil.

A lo largo de Deuteronomio Moshé alcanza un nuevo nivel de autoridad y sabiduría. Por primera vez lo escuchamos hablar extensamente con voz propia, más que como mero transmisor de las palabras de Dios. Su poder de captación de la visión y del detalle es infalible. Él quiere que el pueblo comprenda que las leyes que le ordenó Dios son por su propio bien, no sólo por el de Dios mismo.

Todos los pueblos antiguos tuvieron dioses. Todos tenían leyes. Pero sus leyes no provenían de un dios; eran de un rey, un faraón o un gobernante – como en el famoso código legal de Hammurabi. Los dioses del mundo antiguo eran vistos como fuente de poder, no de justicia. Las leyes eran dictadas por hombres para el mantenimiento del orden social. Los israelitas eran distintos. Sus leyes no fueron hechas por sus reyes – la monarquía en el Israel antiguo era única en el sentido de que el rey no tenía el poder de legislar. Sus leyes provinieron de Dios mismo, el creador del universo, y libertador de Su pueblo. De ahí la declaración vibrante de Moshé: “Observad (estas leyes) cuidadosamente, pues así mostrarán a las naciones vuestra sabiduría y comprensión; escucharán acerca de todos estos decretos y dirán ‘Seguramente esta es una gran nación de gente sabia y comprensiva’” (Deuteronomio 4:6).

En este momento definitorio de su vida, Moshé comprendió que aunque no estaríafísicamente con el pueblo cuando entraran a la Tierra Prometida, sí podría estar intelectual y emocionalmente si les daba enseñanzas para que pudieran llevar consigo en el futuro. Moshé se transformó en el pionero de lo que quizás sea la contribución mayor del judaísmo al concepto de liderazgo: la idea del maestro como héroe.

Los héroes son personas que han demostrado tener coraje en el campo de batalla. Lo que sabía Moshé es que la mayoría de las batallas importantes no son militares. Son espirituales, morales, culturales. Una victoria militar mueve las piezas del tablero de la historia. Una victoria espiritual cambia vidas. La victoria militar es casi siempre de corto alcance. Ya sea porque el enemigo ataca nuevamente o porque aparece un nuevo oponente más peligroso. Pero las victorias espirituales pueden – si su lección no es olvidada – durar para siempre. Aun personas bastante comunes, como Yiftah por ejemplo (en el libro de Jueces Cap. 11-12), o Sansón (Cap. 13-16), pueden ser héroes militares. Pero aquellos que enseñan a la gente a ver, a sentir y a actuar en forma diferente, que agrandan los horizontes morales de la humanidad, son por cierto, más inusuales. De estos, Moshé fue el más grande.

No solo él se transforma en maestro en Deuteronomio. En palabras grabadas en el corazón judío desde entonces, le dice a todo el pueblo que ellos deben transformarse en una nación de educadores.

Haz saber a tus hijos y a los hijos de tus hijos, cómo te erguiste ante el Señor tu Dios en Joreb. (Deuteronomio 4:9-10)

En el futuro, cuando tu hijo te pregunte, “¿Cuál es el significado de los testimonios, decretos y leyes que el Señor nuestro Dios nos ordenó?” Le dirás: “Fuimos esclavos del Faraón en Egipto, pero el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte…” (Deuteronomio 6:20-21)

Enseña (estas palabras) a tus hijos, hablándoles a ellos cuando estás en tu hogar o cuando estás de viaje, cuando te acuestas y cuando te levantas. (Deuteronomio 11:19)

Indudablemente, las dos últimas órdenes que Moshé le dio a los israelitas fueron de características explícitamente educativas: reunir a toda la población en el séptimo año para escuchar la lectura de la Torá, para recordarles su pacto con Dios (Deuteronomio 31: 12-13), “Escriban para ustedes esta canción y enséñenla al pueblo de Israel” (31: 19), que se interpreta como una orden para que cada persona escriba para sí un rollo de la ley.

En Deuteronomio una nueva palabra entra en el vocabulario bíblico: el verbo l-m-d, que significa enseñar. El mismo no aparece ni una sola vez en Génesis, Éxodo, Levítico ni en Números. En Deuteronomio aparece diecisiete veces.

No hay registros de nada parecido en el mundo antiguo con respecto a la educación universal. Los judíos se transformaron en el pueblo cuyos héroes eran maestros, cuyas ciudadelas era escuelas y cuya pasión era el estudio y la vida de la mente.

La transformación de Moshé en el final de su vida es la más inspiradora de toda la historia de la religión. En ese único acto, se liberó de la tragedia. Se convirtió en líder, no de su tiempo, sino de todos los tiempos. Su cuerpo no acompañó a su pueblo al entrar en la tierra, pero sí lo hicieron sus enseñanzas. Sus hijos no lo sucedieron, pero sí sus discípulos. Pudo haber sentido que no transformó a su pueblo en vida, pero en la perspectiva global de la historia lo cambió más de lo que cualquier otro líder pudo haberlo hecho, transformándolo en el pueblo del libro y la nación que no construyó zigurats ni pirámides, pero sí escuelas y casas de estudio.

En las famosas palabras del poeta Shelley, “los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo.” (1) En verdad, sin embargo, no son los poetas sino los maestros los que modelan la sociedad, entregando el legado del pasado a los que construyen el futuro. Esa percepción sostuvo al judaísmo mucho más que cualquier otra civilización, y comenzó con Moshé en el último mes de su vida.





  1. Percy Bysshe Shelley, “A Defence of Poetry,” (Una defensa de la poesía) en The Selected Poetry and Prose of Shelley (Selecciones de poesía y prosa de Shelley), ed. Harold Bloom (Toronto: New American Library, 1996), 448.