La expulsión de los niños filipinos: algo más que una injusticia

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Los vaivenes del presente juego electoral esconden más de lo que se publica y comenta. Ciertamente, los enredos de Barak con un traficante del sexo suscitan justa atención; también su ingreso a un Meretz ampliado para el cual será el principal sustento financiero. También la torcida influencia de Yair Netanyahu en el ministerio de justicia encaminada a asegurar el nombramiento de funcionarios que se ajustarán a la voluntad de Bibi merece comentarios. Pero lo que se perfila inexcusable -histórica y humanamente- es la escasa y tardía atención que los medios han consagrado hasta hoy a la decisión de devolver a Filipinas niños que nacieron y se educan en Israel. Acto que concede triste legitimidad a los actos de otros gobiernos que en tiempos idos expulsaron -cuando no dieron muerte- a criaturas judías.

Al suscribir esta medida, el actual ministro del interior parece olvidar no sólo algunos principios humanistas que repite en sus matinales oraciones; también su propia biografía como un infante que llegó a Israel después de sufrir -él y su familia- oscuras experiencias.

Cabe recordar que madres y padres de estos niños llegaron al país con la debida autorización gubernamental para realizar labores domésticas en familias que pueden pagar por estos servicios. Y al paso de los años se insertaron en otras tareas al tiempo que sus hijos aprendían el hebreo y gozaban la amistad de sus compañeros en las aulas y en los hogares.

Ellos no conocen el país donde nacieron sus padres ni aspiran a adoptar su identidad. Se consideran israelíes y el hebreo es el idioma-cultura que los modela. La expulsión decretada por el ministro del interior es un acto que debe provocar lágrimas en el Dios a quien él formalmente le reza.

La decisión de devolver estos niños al país donde no nacieron y donde hablarán un idioma que no conocen lastima el humanismo judío y resta legitimidad a no pocas de sus enunciados y protestas.

Se sabe que en otras fronteras alejadas de Israel se prohíbe el ingreso de refugiados y se les obliga a retornar a los países de origen donde conocen limitaciones y pobreza. Conducta que provoca justificado repudio. Pero ¿qué cabe decir y cómo calificar a quienes vomitan a niños nacidos y formados en nuestro país y en nuestra cultura por considerarlos extraños y prescindibles?