La consolidación del “Rey Bibi”: será el premier más longevo de la historia de Israel

Parece que lo único que queda ahora por debatir es cómo se repartirán los cargos en la nueva coalición de derecha, pero ya nadie duda de lo evidente: Netanyahu, el “rey de Israel”, se convertirá en el primer ministro más longevo de la historia, superando al fundador del estado David Ben Gurión.
Post thumbnailFoto: REUTERS / Ammar Awad
Como es habitual, las primeras encuestas a pie de urna generaron enorme confusión: en primera instancia, apuntaron a una ligera victoria de Gantz por cuatro escaños y un eventual empate entre los bloques.

Apresuradamente, el ex jefe del estado mayor cantó victoria y afirmó que “el pueblo de Israel ha hablado”. Habló, pero reforzando más si cabe al Likud de Beniamin Netanyahu, que a falta del recuento de los últimos votos, sumará 5 o 6 escaños a los 30 que logró en 2015. "Bibi melej (rey) de Israel", como le vitorean su acérrimos seguidores, tiene el terreno abonado para conformar una coalición derechista en coalición con ultraordotoxos y extremistas, que con la connivencia de la administración Trump, se prevé que continué el expansionismo de los asentamientos en Cisjordania y prolongue el status quo del conflicto palestino-israelí.

Ayer seguí la noche electoral en el pabellón Shlomo Arena al norte de Tel Aviv, la sede escogida por el partido gubernamental para seguir –y festejar tras el tardío discurso de Bibi a las 2am- el holgado triunfo de los likudniks. Tras los primeros sondeos televisivos, se extendió el nerviosismo y las caras de preocupación. A pocos cientos de metros, los seguidores del Azul y Blanco de Gantz y Lapid lanzaban las campanas al vuelo. Con unos primeros pero tímidos ¡rak Bibi! (solo Bibi), en los corrillos de militantes se asomaba su peor pesadilla: un gobierno de izquierda.

Pero tras diez años consecutivos al mando de Israel, Netanyahu se ha convertido en el amo y señor del sistema. Domina los tiempos como ninguno. Y como me explicó la experta en opinión pública Dahlia Scheindlin, “se ha convertido en un símbolo para los israelíes, ya sean detractores o seguidores”.

Cuando el fiscal general del estado Avichai Mandelblit confirmó la intención de imputar al primer ministro en tres casos separados de corrupción, Netanyahu se frotaba las manos. Definitivamente, la campaña se tornaba en un referéndum popular sobre su figura. Y, en el terreno de la polémica, la incitación y la confrontación, no existe ni de lejos una dirigente capaz de disputarle la partida. La de 2019 ha sido, probablemente, la campaña israelí en la que menos se ha hablado de política.

De hecho, el Likud ni ha presentado una plataforma política para la campaña. Ni la necesita: cuenta con un electorado fiel, que no titubea en la defensa a ultranza de su líder. En la recta final a la votación, sus seguidores circulaban con vehículo con la sintonía del Likud a todo volumen, y enarbolaban su rostro por todo el país. Recuerdo un revelador comentario que hizo la laborista Emily Moatti en un mitin de precamapaña del oficialmente hundido Partido Laborista, en un acalorado debate con kibutznikim críticos con el rol del laborismo: “yalla, sed un poco más likudnikim”. En otras palabras, pedía a los suyos que, por una vez, se dejen de tanta crítica interna y apoyaran a su líder, con la misma pasión que lo hacen los seguidores de Netanyahu.

A pesar del logro de Gantz -35 diputados para una fuerza recién fundada-, la mera apelación al “cambio” no ha bastado. Ha faltado oratoria y un sólido plan de alternativa de país. Los guiños incluyendo candidatos derechistas como Boogie Ya’alon no lograron “arrancar” votos en el campo del Likud. El centroizquierda de Israel despertó hoy tocado, en especial los partidos tradicionales de la izquierda sionista: Avodá (6) y Meretz (4), que representan la ideología fundadora del estado de Israel, contarán con una débil representación en la vigésimo primera Knesset de 120 escaños. El debate interno en los partidos no se ha hecho esperar. Los ánimos están bajos. Les espera una larga travesía en el desierto.

Como ocurriera en 2015 (“los árabes están votando en masa”), el Likud dinamitó la jornada electoral: a primera hora, se reveló que activistas del partido repartieron 1.300 cámaras para “controlar” las votaciones en poblados árabes. No tardó en reconocer su responsabilidad, alegando que el problema es “la conducta en estas comunidades”. De nuevo, esparcir sin escrúpulos la incitación contra un sector –heterogéneo- que representa cerca del 20% de la población, tildándolos de tramposos, o apoyadores del terrorismo. Sí, hay líderes árabes incendiarios en la Knesset. También los hay judíos. Pero cada comentario de esta índole es una puñalada a los tantos árabes de bien de Yaffo, Haifa u otras ciudades, que no solo promueven buenos vínculos con sus vecinos judíos, incluso llegan a votar a los partidos sionistas, como me reconoció un paleta de Beit Jan a la entrada del mercado Carmel de Tel Aviv.

Si la ley “estado-nación” ya había enfurecido al electorado árabe, la jugada de las cámaras terminó provocando una participación con mínimos históricos, un dato que favorecía el fortalecimiento de las formaciones minoritarias de extrema derecha, necesarias para prolongar el mandato de Bibi.

También supo jugársela a la denostada prensa israelí: si bien durante sus cuatro años apenas concedió entrevistas a los grandes canales, la última semana se apresuró en aparecer en múltiples cadenas. Logró monopolizar el mensaje, y expandir el derogativo término smolaní (izquierdista) contra sus adversarios políticos.

Fuera de los dos grandes protagonistas de la noche, pocos ponen el foco en los partidos haredíes: Shas y la Unión por el Judaísmo de la Torá, tercera y cuarta fuerza con 8 diputados respectivamente. Como me explicó Shai, “yo voto a Shas para entrar al jardín del Edén. Tenemos que cuidar a nuestros partidos, sobre todo cuando los laicos pretenden destrozarnos el shabbat”, dijo en alusión a los anunciados planes de Gantz de aprobar transporte público y apertura de colmados en ciudades laicas durante el día de descanso judío. Apenas minutos después de conocerse los primeros sondeos, ya anunciaron su incontestable apoyo a Netanyahu para conformar el gobierno. Con una elevadísima tasa de natalidad y un voto fiel al dictado de los rabinos, la influencia del sector ultraortodoxo solo aumenta en el fragmentado escenario político israelí.

Entre tanta oferta en la derecha dura, la “Nueva Derecha” de Ayelet Shaked y Naftali Bennett, con su polémico clip anunciando un perfume “fascista”, no logró pasar el porcentaje mínimo. Tampoco el mesiánico Moshe Feiglin con su “Zehut”, que distribuyendo flyer pro-marihuana en Florentine pretendía captar el voto fumado de jóvenes sin conciencia política. Netanyahu también se salió con la suya: apeló al voto unitario de la derecha y “absorbió” a ambas formaciones. Por su parte, Avigdor Liberman de “Israel Beitenu” mantuvo la popularidad entre sus votantes y estará representando con 5 escaños. Kulano del “financiero” Moshe Kahlon, que también apostará por Bibi, se queda con 4.
Los árabes Hadash-Ta’al (6) y Ra’am-Balad (4) lograron sobrepasar el porcentaje mínimo y seguirán en la Knesset.

Parece que lo único que queda ahora por debatir es cómo se repartirán los cargos en la nueva coalición de derecha, pero ya nadie duda de lo evidente: Netanyahu, el “rey de Israel”, se convertirá en el primer ministro más longevo de la historia, superando al fundador del estado David Ben Gurión.