Infausto recuerdo

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De Compostela a Ierushalaim


Elaboramos este artículo el último día del mes de marzo, en plena situación de confinamiento al que esta pandemia denominada Coronavirus nos ha conducido a los habitantes de nuestro país, así como de otros muchos.

Un acontecimiento histórico tuvo lugar un treinta y uno de marzo del año 1492; en la ciudad andaluza de Granada, los Reyes Católicos españoles firmaban el decreto redactado por el inquisidor Marqués de Torquemada, por el cual se ordenaba la expulsión de los judíos del reino de España, salvo para aquellos que llevaran a cabo una reconversión hacia el cristianismo.

Hace más de cinco siglos de aquella decisión, la cual afectaba a un porcentaje inferior al cinco por ciento de la población total que por aquel entonces habitaba en los territorios bajo mandato de los reyes Isabel y Fernando. Realizar valoraciones sobre hechos en tiempos tan lejanos resulta arriesgada, más aún si cabe a la vista de las diferentes valoraciones que los historiadores y estudiosos de la época han concluido en sus respectivos trabajos. No obstante, llama poderosamente la atención la inquina sobre una minoría, que apenas llegaba a las dos cientos mil personas entre un global de seis millones. Esa orden de expulsión no resultó producto de la improvisación, ya que previo a la promulgación de la citada disposición, la vida de las familias judías a lo largo de la geografía peninsular no había resultado fácil, sino todo lo contrario. Habiendo épocas de normalizada convivencia, en general, los judíos fueron blanco de estigmatización y de ataques por parte de la mayoría cristiana.  De ahí que se hubieran producido reconversiones a lo largo de los siglos para resarcirse ante la comunidad. Pero por qué esa aversión, cuál era su origen… La respuesta al interrogante habría que buscarla en los años treinta y cuarenta de la pasada centuria en la Europa Central y del Este. Los despiadados nazis y sus acólitos también dirigieron su odio y maldad hacia los judíos de sus propios países, los cuales porcentualmente suponían una exigua minoría. El objetivo, la aniquilación total de los mismos, la solución final. Bien es cierto que otros colectivos también fueron sentenciados de la misma forma.

No es fácil comprender las motivaciones esgrimidas en 1492. Bien es cierto que sabemos lo que es atacar y matar en nombre de Dios. Que les podemos decir a la sociedad israelí sobre el asunto en cuestión. A lo largo de la historia, la persecución de los judíos escondía, por lo general, un sentimiento de envidia hacia la cultura del esfuerzo, el progreso y el vanguardismo que este grupo  siempre hacía gala allá dónde se encontrara.

Las consecuencias de aquella errada decisión histórica fueron devastadoras para la economía local. Atrás quedaron prósperos negocios; emprendedores y profesionales liberales abandonaron la tierra que ellos estaban contribuyendo a mejorar. El destino de esos miles de familias fueron localidades europeas -entre otras-, que bien supieron beneficiarse del aporte de esos nuevos pobladores.

Aquí primó el fanatismo religioso, la incultura y el atraso. A que nos resulta familiar…