En los comienzos de un cálido verano

Post thumbnailAvigdor Liberman y Benjamín Netanyahu Foto: Amos Ben Gershom GPO
Acaba de comenzar ofi­cialmente el verano en el hemisferio norte, aunque los calores vienen sintiéndose en Israel desde hace un tiempo. Y con el comienzo del vera­no comienzan también a pla­nearse aquí las vacaciones, que convierten los meses de julio y agosto en un período lánguido y lento, poco propi­cio para otras actividades que aquellas asociadas al “dolce far niente”. Seguramente, consideraciones de este tipo son las que llevan a minimi­zar las campañas políticas para las próximas elecciones nacionales, fijadas para el 17 de setiembre, aunque tam­bién es posible que el bajo perfil que muestran hasta el momento las actividades electorales sean un producto del desconcierto -y quizás también del malestar- que esta nueva convocatoria ha­bría producido en gran parte de la sociedad israelí.

Pero puede que sean otras preocupaciones más acucian­tes en el horizonte cercano, las que generen ese aparente bajo interés por la política interna. Porque las tensiones en el Medio Oriente se están agravando peligrosamente, con la creciente confronta­ción entre los EEUU e Irán, y no hay forma de ocultar que esa confrontación afecta a Israel, por más que en los medios de comunicación ese tema se maneje de forma dis­creta, como manteniendo dis­tancias. Lo cierto es que la si­tuación geopolítica (eufemis­mo que se suele utilizar por estas latitudes para referirse a los conflictos tan frecuentes en el área) es muy delicada, con el episodio del reciente derribo del drone americano por parte de Irán, como cul­minación (hasta el momento) de una cadena de incidentes bélicos que se han venido su­cediendo en la zona. Con ese telón de fondo están tenien­do lugar estos días importan­tes conversaciones tripartitas en Israel entre los asesores de seguridad de alto nivel de los EEUU, Rusia e Israel. Es­tas conversaciones no tienen precedentes y en ellas el tema iraní, junto a discusiones al­rededor del futuro de la situa­ción en Siria, ocupa segura­mente un espacio central. Es de desear que todo ello lleve a que impere la cordura en la región, pero hasta que la ra­zón se imponga, mucho pue­de suceder.

Mientras tanto, en las (es­casas) discusiones internas alrededor de las próximas elecciones, lo que probable­mente resulta más saliente es la insistencia de Avigdor Liberman en promover la constitución de un gobierno de unidad nacional, al cual ha anunciado que adheriría siempre que se excluyera a los partidos religiosos. Ese gobierno estaría integrado, de acuerdo a sus planteos, por los partidos que obtuvie­ron la mayor votación en las recientes elec­ciones -Likud y Kajol Lavan- y por supuesto su propio partido (Is­rael Beiteinu). La base de la propuesta es pre­cisamente la exclusión de los partidos reli­giosos de la coalición gubernamental que se constituya después de la próxima elección, exclu­sión que probablemente re­sulte atractiva para una pro­porción creciente de la socie­dad israelí.

Pero lo que llama la aten­ción es la denominación de gobierno de unidad nacional, sin clarificar que es lo que eso significa. De acuerdo a cómo se lo define en Wiki­pedia, un gobierno de unidad nacional es un gobierno con una amplia coalición que abarca a todos los partidos (o a todos los partidos mayores) de la legislatura, formada usualmente durante tiempos de guerra u otra emergen­cia nacional. El énfasis en la existencia de una emer­gencia nacional que lleve a diferentes partidos a unirse por encima de sus diferen­cias parece ser la constante en las diferentes definiciones existentes de un gobierno de unidad nacional. Pero en los planteamientos de Liberman, sin embargo, no se hace men­ción alguna a situaciones de emergencia que requirieran un gobierno de unidad na­cional. Quizás la situación actual en Medio Oriente pu­diera justificarlo, pero estas circunstancias no parecen estar detrás de la propuesta de Liberman que, como se ha dicho, se apoya en la exclu­sión de los partidos religiosos en Israel en una coalición go­bernante. Y más allá de ello, la propuesta carece de todo programa, como por otra par­te es la característica de todas las propuestas electorales que se presentan a esta sociedad

En medio de todo este caos -agravamiento de la situa­ción geopolítica en la región, conversaciones tripartitas sin precedentes entre EEUU, Rusia e Israel sobre temas de seguridad regional, prepara­ción (al ritmo que sea) de las próximas elecciones naciona­les- se inserta la convocatoria estadounidense para discu­tir, en Barhéin, la propuesta económica del “acuerdo del siglo”, preparado por los EEUU para alcanzar la paz entre Israel y los palestinos. La reunión correspondiente está terminando estos días, seguramente sin resultados claros y sin la participación oficial de los propios intere­sados, aunque quizás su re­sultado más importante sea el de mostrar interés por man­tener viva la necesidad de resolver el conflicto, contra las presiones por continuar con el estatus quo. Y eso ya es ganancia.

En el intertanto, el com­portamiento económico de Israel parece constituirse en el mejor ejemplo de una so­ciedad en la que impera el automatismo del mercado, ya que la atención de la po­blación -y del gobierno- está en otra parte. Y mientras ello ocurre, comienzan a produ­cirse cambios estructurales de importancia en el funcio­namiento de esta economía, que es preciso seguir con atención, puesto que lo posi­tivo que estos cambios traen consigo pueden también re­sultar, en algunas circunstan­cias, peligrosos. Una rápida mirada a los resultados de las relaciones económicas exter­nas de Israel puede ilustrar lo anterior.

En los últimos cuatro años, del 2015 al 2018, las expor­taciones de Israel de bienes y servicios crecieron a un ritmo anual del orden del 5.6%, y en el 2018 alcanzaron un valor cercano a los 110 mil millo­nes de dólares, lo que repre­senta valores aceptables en un entorno internacional que se caracteriza por su lentitud en materia de crecimiento. Pero si descomponemos esas exportaciones, encontramos que las de bienes han creci­do sólo a un 1,6%, mientras que las de servicios han au­mentado aceleradamente, a una tasa promedio anual del 11.3%. De esta manera, las exportaciones de servicios, que en el 2015 representaban ya el 39% del total de expor­taciones, pasan a constituir el 46% en el 2018. Y todo pare­ce indicar que esa tendencia continuará.

De hecho, el ba­lance del comercio exterior de bienes en Israel es persisten­temente negativo, es decir, las importacio­nes de bienes superan largamente las expor­taciones de bienes; y ese balance sólo se convierte en positivo cuando se le agrega el balan­ce del comercio exterior de servicios. Pero como ya se ha señalado en otra ocasión (ver Nota publicada en AU­RORA el 2/5/2018) “lo que es destacable es que prácti­camente la mitad de esas ex­portaciones de servicios son llevada a cabo por empresas multinacionales establecidas en Israel y la otra mitad por empresas israelíes con sucur­sales en el exterior, de modo que el alto crecimiento de las exportaciones de servicios se concentra en un número limitado de empresas.” En esa nota se señalaba también que la dependencia económi­ca de Israel no se limitaba a su inserción en los esquemas de globalización, sino que se refería en gran medida a la concentración de un número acotado de empresas mul­tinacionales situadas en los puntos claves de la dinámica económica del país. Y éstas pueden fácilmente retirarse si acontecimientos políticos de diferente naturaleza los lle­varan a ello.

No cabe duda; tanto en lo político como en lo econó­mico estamos, para decirlo de manera diplomática, en situaciones delicadas. Sólo cabe esperar que la inventiva nacional, tan elogiada en el campo de las innovaciones, decida aplicarse de una bue­na vez a la conducción de los asuntos públicos, a los que buena falta les hace un lide­razgo con visión nacional. ■