“El lenguaje es más que sangre”

Post thumbnailLos huesos de las mujeres alemanas anti-nazis todavía se encuentran en los crematorios del campo de concentración en Weimar, Buchenwald, Alemania, tomada por el Ejército de EE.UU. Prisioneros de todas las nacionalidades fueron torturados y asesinados. 04/14/1945. Foto: Wikipedia - Dominio Público
El filósofo Franz Rosenzweig considera que “el lenguaje es más que sangre”, pero ¿esta afirmación se la puede aplicar al lenguaje utilizado durante doce años del régimen nazi? ¿Ha desaparecido el lenguaje del nazismo, toda esa parafernalia rimbombante y falaz que tomó la mente y los cuerpos de los alemanes durante el gobierno de Hitler?

La expresión de una época se la define por su lenguaje. Víktor Klemperer, judío alemán, doctor en filología románica, nace en Landsberg an der Warth, actualmente Polonia, en 1881, como noveno hijo del rabino Wilhem Klemperer. A partir de los años veinte ejerce como profesor en Dresde. En 1906 contrae matrimonio con la pianista Eva Schlemmer, no judía, y este hecho, al ser un matrimonio mixto, lo exime de ser deportado a los campos de concentración. No abandona Alemania a pesar de la persecución nazi. Lo obligan a renunciar a su cátedra como profesor en Dresde, sufre las discriminaciones raciales dadas las leyes de Nuremberg, y lo más doloroso para él es cuando le expropian su valiosa y preciada biblioteca personal amén de que como judío no podía usar la biblioteca pública.  En sus estudios lingüísticos dice que el Tercer Reich se expresa con una uniformidad espantosa en todas sus manifestaciones y en toda la herencia que ha dejado: tanto en la fanfarria desmedida de sus pomposos edificios como en sus ruinas, tanto en el tipo de soldados y hombres de la SA y SS, en las autopistas como así también en las fosas comunes. Todo expresa una grandilocuencia, un afán desmedido de dar a ver una grandeza que se extinguiría en tan sólo doce años y hubo de frustrar a los fanáticos de querer eternizar una Germania de mil años.

Víktor Klemperer define la voz del Hitler y sus discursos como un “berreo”, un ladrido desmedido y ensordecedor acompañando sus palabras, huecas, banales, mentirosas, narcisistas, y dicho estilo del vocifereo sigue aconteciendo con los discursos interminables, de un tono desesperado de los dictadores del presente. Quizás berrean para que no se oiga la nada de su decir, para atemperar sus mentiras y promesas falaces de un orden absolutamente demagógico.

El lenguaje es más que sangre cuando es una necesidad de expresar, de decir verdades, de comunicar a los sujetos y hacer entre ellos un lazo social, ¿pero es sangre cuando está teñido de mensajes viles, de órdenes de ejecución y condenas en cámaras de gas?

Y vemos como ese afán de cobrarse de la sangre de los judíos, no sólo de Alemania sino de toda Europa, hace que la elite de la SS sea convocada, ya a fines de 1941, a reunirse el 20 de enero de 1942 en las afueras de Berlín, en el barrio residencial de Wannsee, siendo una cohorte de quince canallas de altos rangos, que con el eufemismo de Endlösung, Solución Final o definitiva,  van a sellar el destino de los judíos de Europa, primero “reinstaládolos en el Este”, que quería decir enviarlos a los campos de concentración y luego la orden era: “ningún judío en Europa debía sobrevivir después de la guerra. Del protocolo creado de un máximo de once millones de víctimas, serán tácticamente asesinados seis millones”.

Todo el lenguaje durante el Tercer Reich flotaba en la misma mediocridad, tanto en lo expresado verbalmente como en lo escrito, notaba una chatura literaria pues estaba tomado de frases hechas de una ideología masificada que apuntaba a exterminar la cultura como así también a los hombres que la defendían, de allí que judío era sinónimo de una cultura judeocristiana a la que había que eliminar, erradicar del imaginario colectivo del pueblo alemán ario.

Y es así, en esa soledad literaria, que Víctor Klemperer recuerda un viejo poema que recita una y otra vez: “amis que vent emporte, et il ventait devant ma porte” (los amigos que el viento se lleva ante mi puerta). El nazismo puso a prueba ese poema, cuáles fueron “los amigos” que el viento, el nuevo viento de la discriminación hiciera que desaparezcan de su presencia, ante su puerta, los que delataban, los que usaban la excusa aria para llevar a cabo viejas envidias, viejas reyertas, y las puertas de los judíos quedaran “huracanadas” de tantos vientos que desolaban, arrasaban viejas amistades, y otra vez, y otra historia, ya no medieval, sino moderna, enfrentaba al judío en su soledad, en su condición de tal: ser judío portando esa estrella amarilla humillante, color que viene del medioevo y que denotaba el color de la peste.

¿Cómo se da la metamorfosis del fanático? Se toma de los pequeños cambios, no ve el panorama en su conjunto y menos aún está preparado para una lectura y una visión en proyección a futuro, de las consecuencias tanto para él como para sus hijos, ahora ya capturados por el Führer, ya no les pertenecen, son del Padre de la patria por encima del padre de familia.

Klemperer aloja en su casa a un joven que pasa a ser parte de la familia, un joven brillante, un técnico en maquinarias. Pero poco a poco él es testigo de su transformación debido a que van minando su cerebro con los discursos políticos vociferados del insignificante cabo que se va erigiendo en el nuevo Führer de la Alemania empobrecida.

Víktor Klemperer le pregunta al joven, cómo es que puede simpatizar con esa gente, a lo que responde: “no quieren nada distinto del socialismo, también son un partido obrero”, a lo que Klemperer responde “¿no ves que quieren la guerra?”, y el joven en su ignorancia e ingenuidad le dice, “a lo sumo una guerra de liberación en beneficio de toda la comunidad, del pueblo, también de los trabajadores y de la gente humilde”. Y Klemperer asombrado no entiende cómo alguien acogido y educado en su casa puede adherir a un partido que niega a los judíos su condición, tanto humana como alemana, por el hecho de su origen no ario.

Yo me hago la misma pregunta, cómo es posible que en la Argentina, país donde resido, que judíos intelectuales, colegas pensantes, puedan simpatizar con el peronismo, figura que adhirió francamente al nazismo amén de permitir la entrada de ellos antes, durante y luego de finalizada la guerra al país, que apoyan la gestión de este nuevo gobierno con una vicepresidente abiertamente antisemita por sus dichos, con una sentencia que cae sobre ella por la muerte del Fiscal Alberto Nisman, judíos fascinados con sus discursos, más bien ladridos, y comprando sus palabras y promesas como este joven obrero lo hiciera en épocas del incipiente nazismo. Parece que la historia se repite y los ignorantes, amén de ingenuos, siguen comprando el mismo producto: ilusiones, mentiras, y espejitos de colores a costa de hipotecar el futuro de una Nación y el crecimiento cultural y económico de nuestros hijos, digo nuestros porque cuando las cartas están echadas y los nuevos gobernantes se pronuncian, las consecuencias las sufrimos todos y cada uno de nosotros, aunque no los hayamos votado.

Esa adhesión masificada es efecto de la propaganda. ¿Cómo opera la propaganda, esa herramienta implementada por Hitler y Goebbels? Introduciendo en las masas palabras aisladas pero repetidas hasta el hartazgo, millones de veces hasta captar el inconsciente del pueblo que deja de pensar libremente y las repetirán de forma mecánica, moldeando así las emociones y haciendo que la masa obre de manea compacta y al unísono, donde resta el ladrido, el berreo como música de fondo ya  sin que se le preste atención a su contenido, y queda tan sólo un mandado, de ¡ve y haz!, no hace falta que pienses ni cuestiones. Y el Führer pasa a ser así un ser supremo, por encima de Dios, más allá de cada padre, él es el Padre de la Patria al cual no se lo cuestiona, su palabra es ley, se lo obedece y venera. Así opera la propaganda sobre las mentes masificadas y compactas junto al montaje de grandes espectáculos, escenas grandilocuentes, festivales con mucha música ensordecedora, mucha cerveza para empachar al cuerpo y el cerebro. Pensar y disentir queda absolutamente prohibido y quien lo hiciese su destino es Dachau, primer campo de concentración para presos políticos, intelectuales, maestros, catedráticos, periodistas y judíos.

De esta manera somos testigos del nacimiento de un fanático y con él muera la cultura y la lengua culta. Se oye sólo el repiqueteo del tambor, el llamado a la obediencia, siendo que uno de los apodos de Hitler en sus comienzos era Tambor.

Víktor Klemperer concluye: “el tambor mayor fue mi primer encuentro estremecedor con el nacionalismo, al que hasta el momento había considerado, a pesar de su expresión, una aberración deleznable y pasajera de algunos insatisfechos menores de edad. Allí vi por primera vez el fanatismo en su forma específicamente nacionalsocialista: desde esa figura muda vino a mi encuentro por primera vez el Lenguaje del Tercer Reich”. Pero a pesar de sus esfuerzos como filólogo de desmontar el lenguaje masificado, no obstante somos nuevamente testigos al ver que los líderes demagógicos y sus discursos con ladridos desmedidos, banales y huecos se repiten otra vez, y un pueblo ingenuo amén de estar cada vez más embrutecido, los oye embelezado, y los que no, pareciera que quedamos fuera del sistema, somos los nuevos “masacrados”, los segregados de la cultura völkisch, populachera y chusma, de la nueva modalidad de conducción antidemocrática y antisemita, de la que somos otra vez los chivos expiatorios de la Historia. ■