El Balcón, de Jean Genet

Post thumbnailJean Genet - Foto: Wikipedia - CC BY-SA 3.0
La vieja mano sigue trazando versos para el olvido (Jorge Luis Borges)

De arte, artistas y sus obras, otra vez voceros de su tiempo. Ahora está en la mira, o más bien nos mira, Jean Genet, con su pieza de teatro El Balcón.

El director teatral Lorenzo Quinteros está trabajando en esta creación de Jean Genet, publicada en 1956, obra que él reconoce ser difícil por la complejidad de sus caracteres, dónde la genialidad de Genet da a ver la intrincada relación humana cuando se subvierten todos los semblantes. Entonces, por ese Balcón, muestreo de la vida, con la excusa de un burdel, vemos las relaciones de poder y de sometimiento, o sea, el lado de los unos y los otros que juegan sus personajes, ahí donde caen todas las máscaras, tanto sociales como las internas, y cada sujeto da a ver su forma particular de goce que, por cierto, no tiene concordancia con la impostura “moral, occidental y cristiana”.

Jean Paul Sartre se ocupa minuciosamente de la obra y del personaje Jean Genet. De él podrá decir que pueden convivir los opuestos más absurdos “lo más sublime con la basura del callejón”, de su libro San Genet, comediante y mártir (1). En el prólogo de este libro por parte de Eduardo Grüner, él agrega que “una figura como la de Jean Genet tenía que ser fascinante (para Sartre): un delincuente, mentiroso, homosexual sadomasoquista que al mismo tiempo es un extraordinario escritor, un espíritu brutalmente exquisito, un santo al revés que se hace apóstol del Mal, un místico de los infiernos”.

Para acompañar lo arriba mencionado hacemos hablar a Jean Genet por boca de su personaje El Juez (del libro El Balcón), quizás la máscara que más lo representa, pues el escritor Genet muestra la hipocresía del mundo y su justicia, o mejor dicho su injusticia donde a los únicos que les cae el peso riguroso de la Ley es a los pobres dado que los ricos son inimputables, tanto del presente como de todos los tiempos. Dice: “Si se juzgara con seriedad cada fallo, me costaría la vida. Por eso estoy muerto. Vivo en la región de la exacta libertad. Rey de los Infiernos, lo que peso son muertos como yo. Es una muerta como yo (La Ladrona).”

En este Balcón vemos cómo Genet pone al descubierto el incremento del poder policíaco, o sea, político, persecutorio y despótico, donde los personajes del prostíbulo se saben vigilados por esa gran mirada panóptica, tema ya desarrollado por George Orwen en su libro 1984, donde acuña el término Big Brother.

También Michel Foucault en Vigilar y Castigar (2) desarrolla la aplicación del Panóptico, construcción arquitectónica inventada por Bentham. Aquí no sólo se ejerce el poder llevado a sus límites más eficaces, sino la función de la mirada es aplicada como censura y autopunición por parte del encarcelado que se sabe mirado todo el tiempo sin poder él ver a su vez, aunque no sabe si esa mirada en verdad existe. Ahí vemos el peso de la ilusión y la persecución imaginaria de cada encarcelado, o sinó, de cada ciudadano en un régimen totalitario, tan en boga y puesto en función hoy en día sobre todo en países latinoamericanos.

Entonces, se estatiza la función de la mirada como una presencia constante, opresiva y vigilante que no da al sujeto escapatoria a la recreación de lo íntimo, imponiéndose así una presencia ominosa de un Otro todopoderoso. Si bien esta presencia es subjetiva en cada uno, no obstante ha sido realizada, efectivizada por los regímenes totalitarios.

Y así como el encarcelado actúa para esa supuesta mirada, da a ver lo que se espera de él, Sartre dirá de Genet, que ante la duda de si en verdad el niño Jean Genet fue descubierto robando, él seguía actuando cual sospechoso, dando a ver lo que esa mirada de escenario esperaba ver de él, o sea, a un pequeño ladronzuelo pescado in fraganti, poniendo al Otro social en la función de regulador, carcelero, moralista y “gran educador” de pobres y desahuciados, típico lugar del discurso capitalista.

Y en ese juego de miradas Genet construye su obra El Balcón, desenmascarando la satisfacción voyeurista del espectador y el goce de aquel que da a ver lo que se espera de él en la actuación cuando todas las máscaras íntimas han caído, haciendo entonces del que mira un cautivo, un sometido de la escena expuesta que no deja de ser su más íntima y verdadera esencia, pero ahora actuada y puesta sobre la escena, atrapando así a la propia mirada.

Nos detenemos en el título de la pieza teatral de Genet Le Balcon. Esa pasarela expuesta con su doble borde: ofrecerse a ser visto y a la vez en esa misma mostración se puede ver pasar el mundo, sus personajes, el paso del tiempo, la espera entonces, la muerte.

El mundo pasa a ser así una gran escena mediática, donde hoy se habita en la era del show off, de lo efímero, lo superficial y la pura imagen.

Las modelos son el paradigma de esa mostración, ese desfilar por las pasarelas sin siquiera inmutarse por lo que muestran, por lo que los ojos ávidos y descarnados les arrancan.

Se debilita el pudor y el recato, sinónimos en otra época de lo femenino, de la posición enigmática de la histeria. La histeria ya quedó fuera de diagnóstico en el DSMIV y con ella su valor de uso.

La economía política del mercado hoy subvierte esos valores, aplastan el deseo dado que se aúnan objetos del deseo confundidos con la supuesta necesidad. Entonces, se globalizan los goces dado que la ferocidad de esa mirada aplasta todo intento de constituir un signo de diferencia y de intimidad. Se entroniza la era del Big Brother, todo se da a ver frente a un público curioso e insaciable, quedando reducida la sexualidad a una gran pornografía. Lo obsceno embauca a la mirada teniendo que desentrañarse entonces, dónde quedó el velo de lo prohibido, dónde se instala la verdadera escena de lo político, esa que no tan fácilmente se da a ver pues pertenece al reducto íntimo de los Amos del mundo.

El mercado de consumo catapulta y expulsa lo que no condice con esa única posición de goce, la de los “cuerpos modelos” que alimentan el imaginario capitalista. “Gordos-feos-viejos”, hacen un conjunto fuera del sistema dado que muestran la castración, y de “eso” esta sociedad de consumo ya globalizada no quiere enterarse.

Auschwitz también fue un gran Balcón. Por él desfilaron millones de cuerpos reducidos a restos sobre los cuales se realizaron todo tipo de experimentos: con gemelos, en los úteros, en los huesos, pero fundamentalmente se experimentó sobre el límite de la resistencia humana, hasta dónde puede durar un sujeto desmochado, desahuciado, sin nombre, sin la mirada deseante del otro, no alimentado, los bien llamados “musulmanes”.

Y Genet escribe su obra a diez años de finalizado ese horror, pero ahora tomado el mundo de sus consecuencias, un mundo que ya no volvería a ser el de antes pues cuando se ha franqueado el límite ya todo es posible.

Entonces, él nos muestra un estado de bajezas, agujerea los cuerpos y saca de ellos lo peor de su goce, el máximo de sus infiernos ahí donde todos los semblantes ya no sirven para nada.

A 75 años de finalizada esa Guerra estamos hoy en el ojo del huracán, ese infierno que nos lo vaticinó Lacan cuando anunció cuáles serían los efectos futuros del campo de concentración, el discurso de la ciencia y sus nuevos latigazos sobre el sujeto, y el lugar del analista como resto de dicho discurso, posición que haría vacilar su función, o sea, pudiendo éste caer dentro o fuera del sistema, acorde al lugar que la ciencia le otorgue, pudiendo quedar el psicoanálisis y el analista como un recuerdo histórico, romántico y nostálgico.

Siendo así, quizás habrá que subirse al Balcón, mostrar nuevos ropajes, crear nuevas ofertas para que se reinstale la demanda acorde a este nuevo mercado, habrá que generar un deseo según el ojo mediático, mundo de nuevos disfraces pues con los semblantes ya no se puede operar dado que éstos quedaron demodé.

Entonces, con lo único que cuenta el analista, en esa soledad deseante, es con su apariencia, ese punto de mirada fuera del sistema para que lo pueda cuestionar y lo haga a él a la vez menos visible, menos vulnerable, no tan fácilmente localizable. Como dice Genet acerca del personaje del Juez, hacer de él un muerto para poder obrar en libertad. Y el analista también está del lado del Juez dado que autoriza el derecho, sí, el derecho a un goce particular fuera de todo sistema colectivizado.

Esta pieza teatral al igual que la vida dan a ver que policía, poder y mirada quedan quizás en el lugar de esa función vacante, inoperante y caída que sería la “función paterna”. Ese poder policíaco ahora deja cada vez más desprotegido al sujeto pues cualquiera puede usar y abusar de él -quedando el humano reducido a una nuda vida- sin ninguna función superior que haga de reguladora de los excesos y maldades del Otro, “al igual que los apátridas quedaron al arbitrio de la maldad del sistema nazi durante la Segunda Guerra Mundial.” (3)

Con Auschwitz nos viene ese legado, el uso de los cuerpos como deshecho, la mano de obra esclava, el crimen sin castigo y todo ello sin el menor amparo, ya sea tanto de Dios como del Padre.

Siendo así, Genet nos advierte que “el artista o el poeta no tienen por función hallar la solución práctica de los problemas del mal” ...” Pero ningún problema expuesto debería resolverse en la imaginación, sobre todo porque la solución dramática corre hacia un orden social acabado. Por el contrario, que estalle el mal en el escenario, que nos muestre desmedidos y nos haga huraños, si es posible, y sin otro recurso que nosotros mismos”. (4)

Habla del poeta y el poema y si ambos están tomados por la nostalgia, “el canto destruye su pretexto, nuestros poetas matan lo que querían hacer vivir”.

Siendo así, Genet apela a la maldad, o sea, opera con la pulsión de muerte, única verdad que puede defender al humano de las maldades venidas del Otro, entonces Jean Genet, vectoriza su mirada hacia delante, futuro incierto para que la humanidad no quede atrapada en ese pasado nostálgico, certero e inútil, junto a la pincelada de romanticismo, posición que hace del sujeto un ingenuo desmochado entonces, sometido a las maldades de sus pares.

Llamamos a esos Otros: discurso capitalista, liberalismo feroz y globalización tanto económica como de goce, siendo esta globalización la verdadera forma de segregación de la condición humana, una nueva manera de campo concentracionario. Con este pensamiento se desprende que Auschwitz no es pasado, es la maldad expuesta con sus nuevas máscaras, de ahí que el artista las desarticula cada vez, nos arroja hacia delante, expone sus maldades como un intento de advertirnos que la estructura del mal es un incurable entonces, pudiendo reconocerla, quizás, podamos saber hacer con ella como una nueva forma de estética que haga de ganancia en la propia vida.

  • Sartre J. Paul, San Genet, comediante y mártir, Editorial Losada, Buenos Aires 2003.

  • Foucault M., Vigilar y castigar, Siglo veintiuno, Buenos Aires 2002.

  • Rubin de Goldman Bejla, Nuevos nombres del trauma. Totalitarismo, shoá, globalización, fundamentalismo. Libros Del Zorzal, Buenos Aires, 2003.

  • Genet Jean, El Balcón, Editorial Losada, Buenos Aires 1998.