Atentado a la embajada de Israel en Argentina: difundimos el discurso no pronunciado del ex embajador Itzhak Shefi

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En Aurora habíamos informado que la ceremonia que tuvo lugar en Buenos Aires de conmemoración del atentado a la embajada de Israel ocurrido en 1992 no estuvo a la altura diplomática que se merecía, e incluso varios lectores protestaron por la ausencia del palco de oradores del ex embajador de Israel Itzhak Shefi, que estaba en funciones cuando ocurrió el siniestro hecho.

A Buenos Aires viajó una numerosa comitiva desde Israel, incluyendo familiares de los fallecidos, y funcionarios de la cancillería. Sin embargo, no viajó ningún ministro del gobierno.

Tenemos en nuestro poder el escrito que el señor Shefi hubiera pronunciado, en un marcado contraste con los otros discursos de los que estuvieron en el palco, que entre otros temas, enfatizaron la calidez de las relaciones entre Argentina e Israel, la potencialidad de futuros negocios, un ex empleado de la embajada que hoy es embajador en la India destacó las excelentes relaciones comerciales entre la India e Israel, y el embajador actual en Buenos Aires insistió sobre el peligro del régimen teocrático iraní para la paz mundial, pero un hecho brilló por su ausencia: la impunidad de un atentado aún no resuelto.

 

Palabras del Embajador (r) Itzhak Shefi al recordarse los 25 años del Atentado a la Emabajada de Israel en Argentina. Buenos Aires, 17 de marzo 2017

 

Familiares, colegas, amigos,

 

Han pasado 25 años desde que un brutal atentado –cometido por manos criminales- provocara la voladura de la embajada dejando, como resultado, 22 víctimas y más de 200 heridos.

Algunos dirán que son sólo números, simples estadísticas.

Pero no para nosotros.

No para nosotros como hombres de buena voluntad.

No para nosotros que no estábamos en ningún frente de batalla, sino que veníamos a cumplir una labor.

No para nosotros, que vimos cómo caía, como si fuese n castillo de naipes, un palacete.

No para nosotros que recorrimos, una y otra vez, hospitales acompañando, en el duelo, a los familiares.

No para nosotros que intentamos volver a construir lo destruido y seguir, como si el destino nos obligase, a ser memoria y justicia.

No para nosotros que conocimos sus muros y sus historias, sus visitas ilustres, desde Primeros Ministros a un Presidente, desde científicos a hombres de las artes.

25 años de sueños rotos, de familias destruidas, de hijos sin padres, y de padres sin hijos. De la ruptura de la cadena natural, en donde los más jóvenes acompañarían, hasta el final, a los más viejos.

Cada uno de las víctimas dejó una familia enlutada. Rachel y yo, compartimos ese dolor, porque cada caído forma parte de nuestra familia.

Quiero acá, 25 años después, dejar constancia que, la mayoría de sobrevivientes, se incorporaron al trabajo, cumpliendo –con marcas en las caras, en los cuerpos y los corazones-  su labor con dedicación y entrega.

A ellos, por siempre, nuestro profundo agradecimiento.

 

Llegué a la Argentina en 1989 como embajador. La tarea era continuar la labor desarrollada por mis antecesores. Sería nuestra última misión, antes de volver a casa, de manera definitiva.

Los objetivos eran claros: fortalecer los lazos de amistad, estimular el diálogo entre dos pueblos y ahondar la alianza entre los judíos e Israel y sus hermanos de la diáspora.

Nada de esto hubiera sido posible sin la entrega de mis colaboradores, en especial aquellos a los que recordamos.

Fuimos recibidos por la hospitalidad de su gente. Contamos con la ayuda de los miembros del gobierno, gobernadores, intendentes, el mundo de la cultura a través de sus mejores representantes, conocimos y gozamos de vínculos estrechos con los medios de comunicación y de una comunidad judía entregada que veía a Israel como una prolongación de sus añoranzas e historia.

La sociedad argentina fue, para la pareja Shefi, un ejemplo de imitar: abierta, acogedora, interesada y curiosa.

Pero, de un día al otro, nuestro mundo cambió. Nos despertamos del sueño de manera violenta.

Fue doloroso escuchar las falsedades con que se intentaba convencer, a la opinión pública, que se trataba de una “implosión” causada por el ficticio arsenal, almacenado en el subsuelo del edificio.

Y que el policía, a cargo de la custodia del ingreso de la embajada, había dejado su lugar para acompañarme a una entrevista, 10 minutos antes del atentado.

En este momento tuve plena conciencia, sin ser investigador profesional, que hubo complicidad de elementos locales con los terroristas foráneos y que manos ocultas intentaban cubrirse echando la culpa a las víctimas.

En todos estos 25 años no hubo, siquiera, intención de reparar los daños. Los agresores no fueron detenidos. La causa continúa y, sin darse por cerrada, no tiene avances significativos.

Es ahora el momento en que me pregunto:

¿Cómo se puede legitimar la impunidad, mientras las heridas permanecen abiertas, a pesar que se empeñan en cerrarlas por la fuerza del olvido?

¿Por qué se hizo tan poco por llegar a la verdad, impartir justicia y reparar lo acontecido?

¿Cuánto tiempo más deberemos esperar?

¿Hasta cuándo los culpables gozarán de protección y las víctimas seguirán siendo burladas?

Cubrir a los involucrados equivale a negar la enfermedad de la sociedad.

Es como un cuerpo gangrenado al que se resiste a amputar la parte enferma. No se deben tapar las evidencias, y nuestro clamor debería ser el de todos los que quieren un presente y un futuro mejor.

Con mis 89 años, no creo alcanzar a ver a los ejecutores y a sus cómplices de la masacre juzgados y condenados.

Pero nuestra obligación es tomar conciencia que, sin memoria, no habrá justicia.

Debemos recordar y transferir este legado a los que nos siguen.

Solo por un motivo: Mantener viva la justicia.