Desierto y reconstrucción: Un homenaje a la vida

Post thumbnailFoto: Wikipedia - CC BY 2.0
Hace no mucho antes de esta cuarentena hube de llegar de un viaje a Israel y por primera vez me dije porqué no escribir algunas líneas de lo que más me impresionó en cuanto a éste recorrido a mi vuelta a casa, la Argentina. Es así como decidí dar forma a algunas ideas que aquí las asiento. No es un relato en relación a los lugares más conocidos de Israel, Jerusalén, Tel Aviv o Haifa, sino acerca del impacto que me causó el largo recorrido en micro que va desde Beer Sheva a Eilat, esa inmensidad llamada Aravá, la sabana israelí.

Mi ojo recorre con la mirada una extensa planicie, en el llano de una geografía desértica, en esa sequedad sin vida, también se podrá ver, en medio de esa nada, la carpa de un beduino, construyendo con un imaginario propio las coordenadas para la ubicación de dos horizontes y poder trazar con ellos un camino, una ruta sin las marcas de la civilización, sin los nombres de planos y carreteras. El que su hospeda en el desierto hace su propio trazo dejando huella cada vez y lo inscribe como propia en su constante andar. Traza su Aravá.

Tampoco hay marcas en el agua. Y lo que se perdió en medio de esos dos continentes, me refiero a mi viaje desde Europa a la Argentina a la edad de tres años luego de que mis padres sobrevivieran a la Shoah, corporizado imaginariamente por una carterita roja, que empujó al sujeto a recomponer allí, con ese vacío, con esa pérdida, la letra de su inconsciente: su marca como inmigrante. Su marca en la Aravá.

No hay los nombres del Otro, de esta manera se construye con la falta, huella generacional, digo huella cual estela en la mar. Se puede hacer así del vacío un rasgo particular, una mirada propia, tomada de la vida y para la vida. Se deja diluir entonces el nombre “hijo de sobrevivientes” para encontrar en la aridez del desierto una mirada particular, casi acogedora, ya que allí todo es dable y por hacer, sin la presencia del Otro, sin sus Nombres como carga y sin sus demandas.

El afecto que se presentificó ante la desolación desértica fue el de la angustia, pero también el de la libertad con un sabor acogedor pues se sabía que ya nadie más pediría algo a pagar.

Fueron 230 km. de Beer Sheva a Eilat, donde en esa planicie árida -Aravá- se descubrió cuánto queda aún por hacer a pesar del desanudado y el desarraigo, la desorientación, y las no palabras. Esa geografía ha dejado mudo al sujeto. Es la primera vez que durante tanto recorrido no hubo palabra ni escrito que pudiera testimoniar la perplejidad frente a la Aravá.

La vuelta a la Argentina ha marcado por primera vez el encuentro con un lugar, una nueva patria, hecha del entrecruzado entre lengua, tierra y historia, la aquí construida. Comienza así a contabilizarse una nueva geografía haciendo de ese nudo un arraigo que cura al sujeto del no-lugar. El apátrida ha quedado allá, quizás en ese país, crisol de juderías, para encontrar en esta nueva vuelta la propia planicie donde anidar. Aravá. De hijo de sobrevivientes a beduino, errancia del decir, sin Otro, donde cada cual deberá batallar en el paso, en la marca, con su propio desierto, con su propia Aravá.

El cuerpo está conmovido, desamparado, percibe que el partenaire-Otro le devuelve algo del a, ese tapón del cual se sirvió para obturar su falta. Ya no dice “haz esto o aquello”, sino eres libre, “haz lo que quieras”. Hay la propia Aravá. Se le devuelve un cuerpo y el cuerpo se siente desorientado, es una nueva modalidad de orfandad. Es el sujeto el que decide y dice: “Tomo de vos o te dejo cuando yo quiero” no cuando decidís irte como cuerpo.

Esta devolución de a usado produce un destrozo en el sujeto ya que aún no ha identificado su propio síntoma quedando del lado del sujeto tanto un exceso de goce como de objeto que no sabe aún dónde ubicar. Esto es lo indigesto que se come a sí mismo, quita energía y desorienta en el mundo.

Desierto, Aravá, objeto devuelto y falta de horizonte se presentifican como un entrecruzamiento atroz. Planicie entonces que ubica a cada uno en la responsabilidad de su acto no por fuera de la angustia, afecto verdadero pues no engaña el trazo ni el camino a tomar.

Planicie entonces, como superficie verdadera que hace del desierto Una morada, encuentro de cada uno con su goce, camino a construir con él un síntoma nuevo para la vida.

Y es a ella a la que se debe homenajear.

Se agradece así la sorpresa de la Aravá dado que dio al sujeto la oportunidad de un encuentro azaroso con lo verdadero transformado en acontecimiento. Fue la superficie árida y virgen la que nos dio la posibilidad de una nueva escritura, trazo entre coordenadas y líneas de horizonte para poder reconocer un resto, usarlo como ganancia en un tiempo más útil para la propia vida y su constante creación.

Aravá, finalmente te encontré y con ella se ha de trazar una huella en mi desierto, una nueva marca en la mar.