Democracia y religión: inquieta convivencia

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Joseph Hodara

La lectura de las 183 páginas del libro de Esti Wainstein - de gratuito y fácil acceso en google - y el suicidio de la autora que mereció la luz pública hace pocos días han tornado inevitable la reaparición de un tema que la sociedad israelí procura ocultar: el lugar y los deberes de la mujer nacida y formada en una congregación judía- ortodoxa y las agonías que debe sufrir cuando resuelve abandonar la cultura que la ha formado.  Estas fragmentadas páginas escritas por Wainstein han suscitado múltiples reacciones, desde aquellas que aluden a la calidad literaria del texto a otras que ponderan su credibilidad como testimonio de la peculiar cultura- la comunidad de creyentes Gur - que la modeló hasta el momento de la decisión de desertar de ella.
Subrayo que estos peculiares ordenamientos que presiden la praxis ortodoxa- vividos y descritos por Esti - deben ser tolerados por ciudadanos que adhieren al espíritu democrático. Lo que comunidades religiosas resuelven y practican en Israel es un asunto interno, a excepción de directrices y conductas que violan claramente las leyes y normas del Estado. Si las relaciones sexuales son en ellas estrictamente limitadas (en este caso, dos veces al mes) o se verifican sin diálogo erótico o corporal alguno, o si se le prohíbe al marido llamar por su nombre a su mujer - se trata de conductas que suscitarán probablemente atención entre psicólogos y antropólogos, pero no violan ninguna ley pública. La mujer es en estos grupos reina o esclava por libre voluntad y en nombre de Dios. Sólo ella puede desprenderse o violar los principios que la modelaron.
No es así cuando segmentos de la ortodoxia religiosa pretenden imponer sus normas- a través de sus representantes en la Knéset o mediante manifestaciones públicas- a la sociedad global en la cual apenas participan en su defensa o prosperidad. Es el reiterado caso de las agresiones que tienen como víctimas a las familias y a las mujeres que aspiran a celebrar un bar mitsvá en conjunto o se agrupan para rezar o festejar en un costado marginal del Muro jerosolimitano. Actitudes que niegan el carácter original y fundamentalmente laico del sionismo herzliano y de la colonización (kibutz, moshav) que puso bases a la factibilidad económica y política del país. Olvidan estas comunidades ortodoxas y antisionistas que apenas podrían sobrevivir en Israel si no contaran con los otros y otras que aseguran la viabilidad y la defensa del país.
Por añadidura, estas expresiones sectarias no sólo alientan el quiebre interno en Israel; también alejan y escinden a la diáspora judía que en gran medida presenta y cultiva versiones plurales y laicas de identidad. ¿Cómo puede un gobierno israelí o la agencia judía solicitar el apoyo de estas comunidades cuando al mismo tiempo alienta a grupos que las desprecian por presuntamente descarriadas e inmorales? ¿Hasta cuándo este doblez será tolerado tanto en Israel como entre los judíos que habitan otros países?
Israel arrancó como una democracia en mayo 1948; Ben Gurión prometió entonces que seguirá una Constitución que garantizará los derechos y deberes de los ciudadanos, incluyendo la debida restricción del ascendiente rabínico en la vida pública. Promesa incumplida hasta hoy. Situación que acentúa sustancialmente las tensiones en la ciudadanía israelí y la aleja – simultáneamente – de ese pluralismo cultural que fue el frustrado anhelo de Esti Wainstein.
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