De Salem a la cobertura de Israel: el prejuicio y lo indemostrable como pruebas

Post thumbnailCohete siendo disparado desde Gaza. Foto: REUTERS / Bashar Talib
Salem,1692. Juicios contra hombres y principalmente mujeres acusados de brujería. Juicios en los que, como parte del despropósito, se admitía una “evidencia” muy particular: el testimonio de la persona pretendidamente embrujada que sostenía que había visto la forma espectral o el espíritu de la acusada aparecerse ante ella – cuando el cuerpo de esta última estaba evidentemente en otro lugar. Se la denominó “evidencia espectral”.  Fantasma. Inexistente.

Esta “evidencia”, explicaba Sarah Kreutter (The Devil's Specter: Spectral Evidence and the Salem Witchcraft Crisis), fue un punto clave de prueba contra las brujas acusadas en Salem. Como la evidencia espectral era imposible de probar, decía Kreutter, los tribunales la habían utilizado con precaución en casos anteriores a Salem.

La “evidencia” se aceptaba “sobre la base de que el diablo y sus secuaces eran lo suficientemente poderosos como para enviar sus espíritus o espectros ante personas puras y religiosas para conducirlos por el mal camino. En la evidencia espectral, la admisión de las conjeturas de las víctimas se rige únicamente por los límites de sus temores e imaginaciones, independientemente de que se presenten o no hechos objetivamente probados para justificarlas. [State v. Dustin, 122 N.H. 544, 551 (N.H. 1982)]”.

2019 (pero desde hace más de veinte años). Una mayoría ensordecedora de medios de comunicación en español ofrece como “evidencia” – “contrastada” – los dichos de terroristas y partes interesadas como “prueba irrefutable” contra la “bruja” Israel. Y luego, claro está, juzgan. El veredicto es siempre culpable. Incluso aunque con el tiempo hasta los “espectros” de esas “evidencias” reconozcan (consciente o involuntariamente; o en discursos para consumo interno) que las cosas no eran como se habían presentado. Porque, además, y aunque los manuales deontológicos clamen contra la práctica de la parcialidad, Israel es el Salem de los medios: no están para informar, sino para sentenciar a dicho estado.

Y la prueba es la creencia, o la conveniencia, o el prejuicio; o todos a la vez.

En 1692 más de uno habría que creía en el diablo, sí, pero también más de uno que creía en las oportunidades (de desquite, económicas, etc.) que ofrecía esa credulidad. En 2019, en cambio, la “creencia” es bien otra, y comienza a aflorar nuevamente, sin rubor: el antisemitismo vulgarmente disfrazado de derechos humanos y solidaridad bajo la pancarta elocuente del anti-sionismo (significativa porque es éste la negación del derecho a la autodeterminación del Pueblo judío).

La gran pregunta es, ¿qué papel van a jugar los medios de comunicación? ¿Van a seguir ofreciéndole al público “evidencias espectrales” y alimentando, amplificando, ese odio? ¿O van a dedicarse a informar de manera equilibrada, verificando la información antes de correr a publicar una crónica sin pies ni cabeza o, peor aún, presuntuosos, soporíferos y errados hilos tuiteros?

El 12 de octubre de 1692, relataba Kreutter, el gobernador Phips puso fin a los encarcelamientos de nuevos acusados de brujería y tres días después disolvió las cortes que habían “juzgado” tales casos.

El gobernador le escribió al rey y a la reina de Inglaterra:

“Al indagar sobre el asunto, descubrí que el diablo había tomado el nombre y la forma de varias personas que sin duda eran inocentes y que, según mi conocimiento, eran de buena reputación, por lo que he prohibido que se cometiean más acusaciones sin necesidad ineludible, y que las que se cometieran se resguardaran de cualquier procedimiento en su contra en el que se sospechara lo más mínimo de cualquier mal que se pudiera hacer a los inocentes”.

No era un gesto de bondad el suyo. Ni un reconocimiento de falta. Nada de eso.

El gobernador decía que el asunto se había vuelto contra ciertas personalidades.

A diferencia de 1692, por ahora parecería que los medios de comunicación creen que las “evidencias espectrales” les arrojan más beneficios que perjuicios. Difícil saberlo. Eso sí, al antisemitismo, sin duda, lo nutre grandemente.

 

Marcelo Wio – Subdirector de ReVista de Medio Oriente