Conflicto árabe-israelí: fuera del tiempo, dentro de la mitología

Post thumbnailCiudad Vieja de Jerusalén.  Foto de David Shankbone - Trabajo propio
El tiempo, según lo define la Real Academia Española, es “la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro”. De manera similar, el diccionario inglés Thesaurus dice que es “el sistema de las relaciones secuenciales que cualquier acontecimiento tiene con cualquier otro, como pasado, presente o futuro; duración indefinida y continua considerada como aquella en la que los acontecimientos se suceden unos a otros”.

Es decir, el río heraclitano en el que no podemos bañarnos dos veces. El río donde quedan las huellas de cada inmersión, imperturbables, irrevocables.

Será por ello por lo que el conflicto árabe-israelí, tal como generalmente lo retratan los medios de comunicación en español, parece estar anclado a un presente perpetuo. Es decir, una inmovilidad donde los sucesos son siempre los mismos, desligados de cualquier otros. El tiempo, así, empezó y terminó en un pasado abstracto que fijó las características y especificaciones del enfrentamiento y de sus protagonistas - de manera trillada y maniquea – en una “lucha colonial” entre falsos “colonizador” y “colonizado”.

El tiempo, pues, siempre presente; salvo para sugerir, como en los mitos, unos fabulosos vínculos palestinos a un idílico in illo tempore cuando los árabes – que recién a mediados de los años 1960 comenzaron a llamarse “palestinos” (sobre todo a partir de la creación en 1964 de la OLP, a instancias de Egipto, por parte de la Liga Árabe – organización que entonces no reclamaba ni Gaza ni Cisjordania, puesto que estaban bajo ocupación egipcia y jordana, respectivamente, y formaban parte del pretendido continuo árabe-islámico) – vivían “en paz y armonía” hasta que la “llegada” de los judíos quebró esa utopía que, se espera, se restablezca.

Sin tiempo, es decir, cancelada la historia, el conflicto se puede definir a gusto. Porque, tal como se mencionaba en el trabajo The inscription of difference: news coverage of the conflicts in Rwuanda and Bosnia, de Garth Myers, Thomas Klak y Timothy Koehl, una manera de dar forma a las historias sobre un asunto en particular es simplemente no dar cuenta del mismo. Y, se añadía, la forma más común que tienen los medios de comunicación para representar algo es la omisión.

Y, justamente la ausencia de tiempo – o, más bien, la pretensión de su detención -, sirve al propósito de omitir todos los hechos que sean necesarios: guerras árabes de agresión en 1948 (luego de no aceptar la propuesta de partición en dos estados), 1967, 1973, terrorismo, sucesivos “no” árabe-palestinos a negociar y a ofrecimientos territoriales (generosísimos), corrupción de su liderazgo, responsabilidad del resto de estados árabes en dicho conflicto, refugiados judíos expulsados de países árabes, antisemitismo árabe y su papel en el conflicto, carácter religioso del conflicto para la parte árabe, las declaraciones dirigidas a sus ciudadanos (en oposición a las dirigidas a una audiencia internacional), etcétera.

Sólo sin tiempo es posible presentar al judío como un foráneo en su tierra histórica (borrando también su la presencia ininterrumpida en la región) y a los árabes como imaginarios aborígenes.

Además, esta “ausencia de tiempo” termina por igualar a las sociedades en un todo indiferenciado, uniforme: los palestinos como “víctimas indígenas” y los judíos israelíes como “victimarios foráneos”. Todo será descrito, entonces, a partir de este sencillísimo y fraudulento marco: las actividades terroristas palestinas serán así descritas como “de resistencia”, llevadas a cabo por “milicianos o activistas” pertenecientes a “movimientos”; en tanto que las israelíes llevarán la etiqueta de “colono”, cuando sea posible, y de “ocupante/opresor” en toda ocasión. Porque el público occidental debe interpretar “correctamente” lo que se le está ofreciendo: un conflicto “colonial”.

Y debe hacerlo porque así se le ofrece, ante todo al lector europeo, una provechosa oportunidad: la posibilidad de eximir los pecados pasados – en Europa el tiempo funciona, aunque se intenta jugar con la memoria, falible – coloniales, y los otros, mucho más recientes, elevándose moralmente por sobre los demás; especialmente sobre los judíos. Un encumbramiento que, desde suposiciones y prejuicios culturales, divide el espacio entre lo propio (occidental) y los ajeno (oriental, zahareño, que debe ser contentado). Y lo hace, claro, desde las imágenes estereotipadas que tiene de los árabes (infantilizados, primitivos) y los judíos (imágenes ancladas en el antisemitismo de siempre que, como decía Gregor von Rezzori en su novela La muerte de mi hermano Abel, es una dimensión metafísica en el Viejo Continente).

Por lo demás, cómo Israel no iba estar fuera del tiempo, si también se lo pretende ubicar fuera de las “normas” (morales), como una suerte de mal que planea sobre Medio Oriente, “desestabilizando” la concordia intrínseca de la región… Como un demonio quimérico.

Pero el tiempo existe.

Existe el “continuo no-espacial en el que los eventos ocurren en una sucesión aparentemente irreversible desde el pasado, a través del presente, hacia el futuro” (The American Heritage Dictionary of the English Language).

Es decir, existe el terrorismo palestino, existen sus palabras, sus objetivos, sus negativas a negociar (sus negativas a construir un estado junto a Israel), su corrupción. Existe todo ello.

El conflicto no es esa mitología que los medios pretenden vender. Es más complejo. Lleno de matices. De errores por ambas partes. De humanidad. La misma que con esta cobertura parecen querer negarle a Israel. A los judíos.

 

Marcelo Wio
Director adjunto de "Revista de Medio Oriente"