Bnei Brak, bastión ultraortodoxo, donde la salud se enfrenta a la religión

Post thumbnailPersonas esperando fuera de un supermercado en Bnei Brak luego que Israel aplicara el cierre a la ciudad por el coronavirus Foto: REUTERS/ Ammar Awad
Una ciudad en el oeste del país, cerca de Tel Aviv, mantiene en vilo a Israel en su lucha contra el coronavirus. Muchos de los más de 200.000 ultraortodoxos de los siete kilómetros cuadrados que ocupa Bnei Brak respetan más a sus rabinos que al Gobierno y tiene su propia receta contra la pandemia: rezar.

Dos de las cuatro puertas de la sinagoga están trabadas desde afuera. En las otras dos, del lado de adentro hay policías. Visten trajes blancos, gafas protectoras, máscaras, guantes de latex azules y un cinturón donde portan el arma y las esposas. Fuera hay unos quince oficiales más, que llegaron en cinco vehículos que bloquean el acceso a la calle. Todos esperan, en silencio, a que unos veinte ultraortodoxos terminen de rezar para sacarlos, multarlos y cerrar el templo.

En la ciudad ultrareligiosa de Bnei Brak en los últimos días los casos de coronavirus aumentaron exponencialmente, convirtiéndose en el principal frente de la lucha del Gobierno israelí contra la pandemia.

"En el Estado judío no nos dejan rezar en la sinagoga, es una vergüenza", dice uno de ellos, que sigue: "Rezar nos protege, nos salva del coronavirus, nada más nos puede proteger".

La prohibición de rezar en sinagogas y templos de otras confesiones que rige en Israel desde la semana pasada fue ignorada durante días en esta ciudad, que solo comenzó a cumplir las normativas el domingo, una vez que fueron avaladas por sus principales rabinos, a quien los habitantes responden más que a las autoridades.

Según declaró ayer al Parlamento el doctor Ran Saar, CEO de uno de los principales proveedores de servicios de salud del país, los casi mil casos confirmados en la ciudad no reflejan las cifras reales que estarían cercanas al 40% de sus residentes infectados. Es decir, 75.000 personas, en un país donde la cifra de contagiados oficial no llega a 7.000.

Bnei Brak ha sido declarada "área restringida", con puestos de control policiales en los accesos y donde la entrada y salida está controlada por agentes. Se ha puesto en marcha un plan para evacuar a los residentes mayores de 80 años y para llevar a todos los infectados a hoteles, donde estén más aislados que en sus viviendas, ya que estas comunidad religiosa tiene una media de siete hijos por familia.

Horas antes de que se limitara el movimiento, recorrimos las calles de la ciudad, la más densamente poblada de Israel, algo que probablemente contribuyó decisivamente a la propagación del virus.

"El problema no es solo la cantidad de gente sino que estemos todos tan pegados", explica Shlomo, y sigue: "Otro factor es que compartimos muchos espacios, al ser una ciudad religiosa, todos se ven tres veces por día en las sinagogas, que deberían tener entre 30 y 50 personas pero meten 80".

Hace días ya que Shlomo no baja a rezar al patio con sus vecinos, sino que se suma desde su balcón al rezo generalizado del barrio. Confiesa que pensó en irse de la ciudad, pero tiene siete hijos y no tienen dónde ir.

En el mismo edifico vive Silvia, una argentina que inmigró con su familia a Bnei Brak hace un año y que, tras sumarse a la conversación desde su balcón, coincide en el problema de la superpoblación, aunque enfatiza la necesidad de rezar.

"Es muy importante, el único que nos puede salvar de esta enfermedad es Dios", apunta antes de regresar con su marido, que es médico y tiene su primer día libre tras varias jornadas consecutivas tratando infectados en el hospital del barrio.

A escasos metros, en la calle Rabi Akiva, arteria principal de la urbe, a la Policía no se la aplaude desde los balcones, se la insulta.

La gente está visiblemente enojada con el trato de las fuerzas de seguridad, a quién de por sí no respetan como autoridad y que por estos días se han convertido en el enemigo número uno.

"Es muy difícil para nosotros, como policías, decirle a la gente que no rece en los templos o que no rece en la calle, pero es lo que tenemos que hacer", confiesa la oficial Mirit Ben Mayor, que señala, casi con entusiasmo, que finalmente la gente ha empezado a cooperar un poco más en los últimos días.

Más allá de las señales alentadoras, como el cierre de la mayoría de las sinagogas o la disminución del tránsito de gente en las calles, uno de los elementos que marcan los residentes, tal vez el más difícil de combatir, es la sensación de comunidad que existe entre ellos y que los lleva a tomar menos precauciones.

Esa sensación que se evidencia cuando Ovadia, de unos 70 años, 40 de ellos en la ciudad, llega a un negocio de alimentación donde los dos hombres que atienden, más o menos de la misma edad que él, lo reciben sin mascarillas ni guantes y ya saben que va a querer una bolsa de alubias (frijoles, porotos) blancas. Él la recibe, les paga, y se va, no sin antes darles la mano y desearles "buena salud". EFE