Quiero llamar nuevamente la atención de todos los amigos que leyeren este articulo, que nuestra continua insistencia en relación al tema de Israel y del pueblo Judío no es, para nosotros, solamente la novedad pasajera o la curiosidad de un rato, sino algo que tiene que ver directamente con nuestra salvación (y también con la condenación) pues, como lo he repetido muchas veces, la relación de la Iglesia de Cristo con ese pueblo es una ligadura inseparable que al tratar de ignorarla inevitablemente nos trae perjuicio.
El Señor mismo, Jesucristo, nos declara esta verdad en una forma enfática cuando dice: “porque la salvación, viene de los Judíos”. La Iglesia no salió del aire ni se formó de la noche a la mañana de entre las gentes. La Iglesia nació de la raza Judía y por tanto, nació “Judía”. El mismo Señor, como hombre, fue Judío, Su madre y su linaje humano eran de la simiente de Israel; los apóstoles eran también de la simiente de Israel y los primeros millares de integrantes de la Iglesia, en sus principios, fueron también judíos. A su tiempo, Dios también abrió la puerta para nosotros los Gentiles conforme a sus promesas de misericordia, pero, también la prevención está muy clara en la Palabra de que si ignoramos este misterio, el resultado lógico será que nos volveremos arrogantes (Rom. 11:25).
Más precisamente eso es lo que el diablo ha conseguido en el transcurso de los años y de los siglos. Para estas fechas, la tremenda ignorancia de la Iglesia entre los Gentiles es un hecho triste e innegable. Multitudes de cristianos (ministros y fieles) nunca se han detenido para considerar en serio este tema, antes por el contrario, han sido influenciados por el espíritu del anticristo para que la propia hija (la Iglesia), no solamente desconozca a su madre (la raza Judía), sino aún hasta para que la aborrezca y desprecie. Para muchos, esto es algo que no tiene importancia, y no me lo imagino sino que me consta porque lo he visto, no solamente entre mi propia raza y gente, mas también entre hermanos de otros linajes y lenguas. Pero así como el Señor mismo está sacando a sus hijos de entre los sistemas religiosoas de la Babilonia, así también, Él mismo está revelando la verdad que menciono, y haciendo entender a Sus hijos e hijas que debemos amar a la raza y el pueblo que ha sido usado por Dios en el transcurso de los siglos para traernos la maravillosa salvación de que ahora disfrutamos.
Más y más me ha llamado la atención al paso del tiempo, en mi caminar y en mis viajes, el ver a mis hermanos haciendo referencia, con toda familiaridad, de los patriarcas, los profetas, los apóstoles, y en general, haciendo mención de datos, enseñanzas e ilustraciones que están en la Santa Biblia, sin detenerse para fijarse que todos los personajes que citan, y el pueblo del mismo Libro, no son Latinos, ni Anglos, ni Arios, ni de ninguna otra raza conocida, sino Judíos, de la simiente de Israel. En cambio, a la hora de que alguien les ha llamado la atención sobre esa verdad, cuantos son los que he visto reaccionar sorprendidos, y aun disgustados, diciendo: “¡Nosotros no tenemos nada que ver con los Judíos ni con Israel!” Pues gústenos o no, aceptémoslo o no, creámoslo o no, la verdad sigue en pie porque nuestra salvación viene de los Judíos, y esta declaración la hizo nada menos que un Judío llamado Jesús de Nazaret (Juan 4:22). Para mí, y para todos mis hermanos que estamos despiertos a esta verdad, este tema no es una novedad, es parte de nuestra vida en Cristo y nuestro gozo es hablar de ello y hacer participantes de ello a todos los que nos fuere posible.
De acuerdo con lo señalado en la Palabra del Señor, Israel es el reloj del tiempo profético de Dios. La parte que el pueblo Judío tiene en plan de Dios, no es porque ellos lo escogieron así, sino porque Dios, en Su voluntad absoluta, así lo determinó. Muchos de ellos, inclusive, no quisieran que así fuera, pero para el tiempo presente “sin arrepentimiento son las mercedes y la vocación de Dios”. Pero el tiempo sigue caminando inexorablemente y a cada paso estamos más cerca del día en que las promesas últimas de Dios en relación a Israel se cumplan, y “entonces, todo Israel será salvo” como está escrito. No olvidemos, por tanto, que si Dios quiso tener misericordia de los “acebuches” para injertarnos en la oliva fina, ¡Cuánto más no hará por las ramas naturales que fueron quebradas, cuando llegue el tiempo!
Una vez más me dirijo a Ruth, la Moabita (la Iglesia Gentil), para que recuerde las palabras que le ha dicho a su madre, Noemí (la raza Judía): “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios”. Nosotros en tiempo pasado, no éramos pueblo de Dios, mas ahora lo somos por su misericordia y por el sacrificio de nuestro Cristo. No olvidemos nunca el origen de nuestra salvación, antes recordémoslo, amando a Israel.
Un hecho innegable es que, en forma intermitente, pero continua, los hechos y acontecimientos originados o relacionados con Israel invariablemente tienen repercusión mundial. Esto en si, debe ser una comprobación poderosa de la Palabra de Dios para los que estamos despiertos a las verdades proféticas. Tenemos que aceptar que es un país minúsculo en comparación con la grande mayoría de las naciones de la Tierra, por lo tanto, no cuenta por su tamaño sino por el lugar que ocupa en los planes proféticos de nuestro Dios. Sigamos, pues, pendientes de los acontecimientos originados o relacionados con Israel, pues por medio de ellos Dios esta hablando al mundo entero, pero más particularmente a Su Iglesia fiel que está despierta a las verdades de la Palabra Santa.
Extracto de un escrito del Pastor: Efraim Valverde Sr. / www.evalverde.com


