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Publicado 19/08/2014
Opinión
ISRAEL, LA IGLESIA CRISTIANA Y HAMÁS

 

 

A propósito del conflicto armado entre Israel y Hamás

Por: Rubén Gómez

No pienso justificarme por lo que voy a decir. He oído y leído tantas barbaridades en las últimas semanas que por dar mi opinión no creo que pase nada. Afortunadamente todavía hay libertad para expresarse. Internet en general y las redes sociales en particular son un claro exponente de ello. Nos ha costado sangre, sudor y lágrimas poder opinar libremente, y yo siempre defenderé ese derecho aunque no esté de acuerdo con lo que se diga.  

 

No soy amigo de la política, y menos aún de los políticos. Por consiguiente, nada más lejos de mi ánimo que defender al actual gobierno de Benjamín Netanyahu o alinearme con todas y cada una de las decisiones que toma el estado de Israel. La cuestión es otra. Lo que me importa es el pueblo judío.

 

Se puede y se debe ser crítico con aquellas actuaciones que consideremos equivocadas, y cualquier persona que conozca mínimamente Israel sabe perfectamente que es un país muy dado a opinar y criticar, algo que, dicho sea de paso, no está al alcance de los países que lo rodean. Ahora bien, una cosa es discrepar y otra muy distinta incurrir en el antijudaísmo y el antisemitismo. El mundo occidental, y Europa en particular, parecen no haber aprendido de los horrores recientes de su historia.

 

De todos es sabido que la casi totalidad de los medios de comunicación españoles es descaradamente antijudía. Una cualidad que comparten la mayoría de los mal llamados “intelectuales” y demás creadores de opinión. El resultado salta a la vista: la opinión publicada va haciendo mella en la opinión pública y un alto porcentaje de personas acaba asumiendo de forma totalmente acrítica esa postura. Da igual que esté basada en mentiras, medias verdades y prejuicios, muchos prejuicios.

 

Paralelamente, y esto es lo que de verdad me preocupa, la iglesia cristiana hace un deplorable ejercicio de dejación de sus funciones. Renuncia al Antiguo Testamento, que para muchos solamente es Palabra de Dios de boquilla; renuncia a enseñar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20, 27); renuncia a sus raíces espirituales; renuncia a ser una voz profética y se diluye en el mar de ignorancia e hipocresía de nuestra sociedad.  

 

Y es que, amigos míos, ¡qué fácil es opinar desde la comodidad de nuestro despacho! ¡Qué sencillo resulta todo cuando se siguen las consignas del pensamiento único tan característico del progresismo occidental! ¡Qué bien queda la equidistancia, no mojarse, no comprometerse! ¡Qué bonito es creer que podemos quedar bien con todo el mundo, aunque sea un engaño!

 

Y yo me pregunto: todas estas plañideras profesionales, hipócritas hasta la médula, ¿dónde están cuando se cometen todo tipo de atrocidades en contra de los niños, las mujeres, los indefensos, en tantos y tantos lugares del mundo? ¿por qué no se hacen declaraciones solemnes, manifiestos grandilocuentes, manifestaciones masivas contra las matanzas en Sudán, Siria o Irak, por citar tan sólo tres ejemplos recientes? Resulta paradójico que una sociedad que ni se inmuta ante la muerte de miles de niños abortados anualmente se indigne cuando el pueblo de Israel defiende su legítimo derecho a existir frente a la agresión permanente de terceros. Peor aún: ¿dónde está la iglesia cristiana? ¿por qué habla tanto cuando debería callar y guarda un silencio cómplice y cobarde cuando es el momento de alzar la voz? Demasiadas subvenciones, demasiado politiqueo, demasiada inanidad.

 

Israel se defiende del islamismo retrógrado, fanatizado, intolerante y abyecto que representa Hamás. No está en guerra con los palestinos, sino con aquellos cuya razón de ser es la destrucción del pueblo judío. Podría hablar largo y tendido sobre la democracia israelí, que ya la quisieran para sí muchos países europeos, con una clara división de poderes e igualdad real de oportunidades para todos (judíos, árabes, drusos, beduinos, etc.). Podría mencionar la superioridad moral de los judíos frente a los demás pueblos de su entorno (algo que casi nunca se pone sobre el tapete). Podría poner muchos ejemplos de esfuerzo, sacrificio y emprendimiento que han convertido a un país con apenas sesenta y seis años de vida en uno de los punteros del mundo civilizado, a pesar de tener que desarrollarse en medio de uno de los entornos más hostiles que existen. Podría pero no voy a hacerlo–y lo mío me cuesta. Mi intención es otra.

 

Occidente tiene una sensibilidad selectiva, un doble rasero. Se mueve por intereses, no por convicciones. Ha sucumbido al embrujo de la multiculturalidad, a los cantos de sirena de una permisividad y tolerancia sin límites, al relativismo, al “todo vale”, al “todos somos iguales”. Pues no señor. Todos somos diferentes. Nuestros valores nos llevan a crear sociedades donde haya igualdad de oportunidades, a pesar de nuestras diferencias. No nos dejemos engañar. Todas las culturas no son igualmente buenas, ni igualmente respetables. Hay que respetar y defender cuanto haya en ellas de positivo, pero no aquello que atenta contra los valores más profundos de los pueblos nacidos en el seno de la cultura judeocristiana, cuya raíz última surge de la Biblia.

 

Todos los conceptos que nosotros manejamos en Occidente sirven de bien poco en Oriente Medio. Allí rigen otras normas, otras maneras de hacer las cosas. Nuestra escala de valores, esa que cuando nos interesa nos saltamos a la torera, tampoco es la misma que tienen allí. Por lo tanto, pontificar desde aquí sobre el bien y el mal, sobre lo que hay que hacer y lo que no, es, además de absurdo e inútil, un ejercicio de ignorancia y etnocentrismo.

 

Algún día, me temo que demasiado tarde, Occidente se dará cuenta de que el pueblo judío está luchando por él mismo y por nosotros. Que los valores que defiende también son los nuestros, y que a base de tirar piedras contra nuestro propio tejado acabaremos a merced de aquellos que quieren destruir todo lo que tanto amamos. Aquí no hay componendas posibles, ni negociaciones que valgan. Es una lucha sin cuartel por la supervivencia. Es una guerra de ideas. Si claudicamos se impondrá la barbarie, la intolerancia. De momento ya estamos perdiendo en el terreno de la información. Asumimos como ciertos términos como “genocidio”, “ocupación”, “terrorismo de estado”, “respuesta desproporcionada”, “masacre”, “apartheid”, “bloqueo”, “ilegitimidad” y tantos otros que no tienen base real alguna. Primero adoptamos el vocabulario de los terroristas y al final compartimos sus objetivos o, en el mejor de los casos, nos convertimos en sus cómplices…

 

Hamás es un grupo terrorista que no tiene el menor respeto por la vida de aquellos a quienes dice defender. Son fanáticos que emplean cualquier medio para conseguir sus fines. Su palabra no vale nada y les importa un pimiento la tierra o el pueblo palestino. Lo único que quieren es borrar a los judíos de la faz de la tierra y eliminar todas las voces discrepantes. Así de sencillo. No es un conflicto de tierras, es un choque brutal de ideologías, de religión. Nadie ha recibido más subvenciones, más ayudas, que los palestinos. Sin embargo, entre la corrupción endémica de las autoridades palestinas y el odio feroz de grupos como Hamás, la Yihad Islámica, etc., el pueblo palestino sigue sumido en la pobreza y la decadencia. Las ayudas no llegan a la gente común. Se despilfarra y malgasta tratando de conseguir por todos los medios el objetivo, tan demencial como satánico, de exterminar a los judíos. Y a todo esto, Occidente está en Babia, con su progresismo de salón y demás zarandajas, bailándole el agua a los verdaderos causantes de tanta violencia y crueldad, a los que colocan a la población civil como escudos humanos, a los que ejecutan sumarísimamente a los moderados y a quienes son sospechosos de no ser de su cuerda, a los cobardes que mandan inmolarse a los demás mientras ellos se ocultan en hoteles de lujo y búnkeres, a los que conculcan los derechos humanos más fundamentales, a los misóginos, a los que matan a los homosexuales, a los que quieren conquistar el mundo entero e imponer un califato retrógrado a sangre y fuego.

 

Pues ¿qué queréis que os diga? Yo prefiero ser verdaderamente progresista y defender la vida, la convivencia, el respeto al diferente, la justicia social, los derechos humanos, el conocimiento, la libertad de culto. Y eso, amigos, es Israel. Con todas sus deficiencias y contradicciones, cierto, pero con su inquebrantable voluntad de construir un futuro mejor para todos sus ciudadanos y contribuir así al bienestar del resto del mundo (¿tengo que recordar aquí cuántos premios Nobel judíos ha habido a lo largo de la historia?). Claro que todo eso no depende de uno solo. Si los vecinos disparan cohetes y misiles contra ti día sí y día también, habrá que defenderse, ¿no? Israel no puede permitirse el lujo de no defenderse, de perder una guerra, porque le va en ello la supervivencia de sus ocho millones de habitantes, incluidos los más del millón de árabes israelíes, los árabes más libres de todo el mundo árabe.

 

Pero ya está bien de tener que explicar lo obvio. Quien de verdad desee conocer la realidad de la situación no tiene más que recurrir a la información procedente de fuentes serias que se encuentra disponible en Internet o a darse una vuelta por allí. Así podrá constatar los hechos. 

 

Dicho esto, quisiera volver a lo que de verdad me importa desde el punto de vista creyente. Israel fue el pueblo que Dios escogió para bendecir al mundo. Tenía un llamamiento claro de parte de Dios: ser luz para las naciones. Su desobediencia y particularismo hizo que el Señor los castigara duramente, pero su llamamiento, promesas y alianza son irrevocables. Israel es el tronco y nosotros, los no judíos que creemos en Jesucristo como Mesías, hemos sido injertados en él (Romanos 11, 24). No nos toca a nosotros entender o cuestionar los motivos. Dios no eligió al pueblo judío, como tampoco a nosotros, porque fuera especialmente numeroso, apto, amable, educado o generoso. Lo hizo por amor, por pura gracia, y porque mantiene su palabra, su pacto (Deuteronomio 7, 6-8). Yo no tengo todas las respuestas, pero sí sé que como creyentes deberíamos amar lo que Dios ama. El Señor Jesús era judío, los apóstoles eran judíos, la primera iglesia cristiana era judía, y de ella venimos nosotros. Flaco servicio nos hacemos a nosotros mismos cuando queremos saber más que nuestro Hacedor, cuando pretendemos enmendarle la plana al Salvador, cuando siendo injerto queremos erigirnos en tronco. Hermanos míos, seamos humildes y prudentes, “no seamos tal vez hallados luchando contra Dios” (Hechos 5:39).

 

 

Desde el punto de vista de la teología bíblica me parece absolutamente inconcebible que uno conozca el carácter revelado de Dios, lea los textos hebreos que hablan del pacto (berit) perpetuo (‘olam) del Señor con Abraham y sus descendientes y aún así le dé la espalda al pueblo judío como si Dios lo hubiera desechado o reemplazado. El mismo Dios que tiene misericordia de nosotros y nos ama a pesar nuestro, no por nuestro merecimiento, es el que sigue acordándose de su pueblo Israel. Es hora de que los cristianos, que a menudo hemos formado parte del antisemitismo, sepamos posicionarnos sincera y humildemente a favor de los propósitos de Dios para este mundo. El pueblo judío, al igual que nosotros los creyentes no judíos, seguimos formando parte de los planes de Dios. Pertenecemos al mismo tronco y estamos llamados a proclamar su verdad a un mundo cada vez más inmerso en la oscuridad.

 

Esta cuestión no tiene nada que ver con la interpretación literal de las Escrituras, y mucho menos con el fundamentalismo o con especulaciones escatológicas más o menos peregrinas, sino con la esencia del carácter de Dios, con la condición irrevocable de su llamamiento y sus dones, con el testimonio de las Sagradas Escrituras (Antiguo y Nuevo Testamento) y, en última instancia, con la fe obediente y consecuente de aquel que se sabe débil e insignificante pero que está eternamente agradecido por haber sido objeto del amor eterno de Dios en Jesucristo.   



Comentarios
1. para ruben gomez
Autor: realista
2. Opinión
Autor: Jaime Gil Sandoval
3. con los pies en la tierra
Autor: Kabrito
4. mas de lo mismo
Autor: lidia
6. DIOS BENDIGA A ISRAEL.
Autor: SAUL ALONZO
8. para lidia
Autor: realista
9. buen reportaje
Autor: joel castillo gil
10. al realista,
Autor: lidia
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mesiasenfrentados
Sobre el Autor

emmanuel garcía

Latino americano. Estudioso de las profecías delJudaísmo, Cristiabnismo e Islamismo. Padre de 4 hijos. Abuelo de 9 nietos y subiendo. Profesional de la odontología

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