Auschwitz nos muestra al hombre deshumanizado

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Esclavos y amos, y amos que son esclavos de ellos mismos, el miedo mueve a uno y el odio a los otros, toda otra fuerza calla. Todos son aquí enemigos o rivales. (Primo Levi. Los hundidos y los salvados)

 Un hombre transformado en una mera envoltura formal de piel y huesos, dentro de él un gran vacío, un despojo, un objeto sin nombre, sólo nominado por un número. Un Häftling, su número 174517 tatuado cual un animal en el brazo izquierdo, y ese “nombre” es el que sellará su lápida, su tumba, detrás del número un nombre: Primo Levi. Y una recomendación “no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí. Por lo tanto haber vuelto de Auschwtitz no ha sido suerte pequeña”.

Fotografía de los presos de Auschwitz-Birkenau durante la liberación - Foto: Gobierno de Rusia


El único lugar cargado de humanidad es el barracón de madera donde las palabras son sólo un recuerdo del dolor, de Heimweh, un dolor improferible por el hogar casi olvidado, un sueño inalcanzable. Y es así como Primo Levi sueña en el Lager aquello que luego en la vida real habría de acontecer, “no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes, hablan entre sí como si yo no estuviera allí”.

La experiencia concentracionaria para aquellos que han sobrevivido ha marcado definitivamente una divisoria de aguas, haber estado allí cuyo relato es casi imposible de transcribir, y los familiares y amigos que escuchan el testimonio pero sin oír en verdad nada, ya sea porque les resulta demasiado angustiante, porque lo teorizan con argumentos desafectivizados, o porque no logran entender lo que significa en verdad haber sobrevivido a ese horror.

Y esta sensación de incomprensión, de sentirse siempre sapo de otro pozo me sucede todo el tiempo siendo que tan solo soy hija de sobrevivientes y no estuve “ahí”. Pero mi educación, mi mirada sobre el mundo, mi lectura de los acontecimientos políticos, sus signos y sus maldades siempre me ponen en la vereda de enfrene, siempre con mi soledad.

Entonces Primo Levi cuando despierta de su sueño acota, “nace en mí un dolor desolado, como ciertos dolores de la infancia, ese dolor en su estado puro, que vuelve a salir a la superficie para tener frente a mí la garantía de estar efectivamente despierto”.

Y así tenemos esa concordancia horrorosa donde dormir y soñar tiene la misma connotación sufriente de cuando él está despierto. El dormir no lo consuela y no lo libera de nada. Es una cinta moebiana donde el adentro y el afuera se tocan infinitamente en esa continuidad devastadora que se llama Lager.

Y ahora despierto se encuentra con el número tatuado en el brazo izquierdo, esa marca imborrable donde la humanidad no debe olvidar, ni soslayar la mirada ante ese número pues es el signo de la barbarie, de lo que un hombre osó hacer a otro, y que nada impide que ese acto se vuelva a repetir, y de hecho imaginariamente acontece cada vez que un gobierno malvado, o sujetos antisemitas niegan la Shoá.

Toda esa barbarie nació con un estado totalitario, entonces, ¿cómo se reconoce y define a un estado totalitario? Cuando se introduce la censura hay así monopolio estatal sobre los medios de comunicación a fin de imponer una ideología única, la estatal. Un partido único dirigido por un Líder carismático o sea, demagógico objeto de un fanatismo casi religioso practicado por la masa enceguecida de sus seguidores. Se caracteriza por la violencia como forma de gobierno, a veces con la implementación de campos de concentración y en última instancia eliminar a sus adversarios, ya sea de orden político, religioso y racial. Y por último la centralización de la economía. Y este modelo de regir no sólo pertenece al pasado, lo vemos surgir hoy en día con demagogos de la talla de Fidel Castro, Perón, Chávez, Maduro, Cristina Fernández, Evo Morales y otros más que han hecho historia y que serán recordados por su despotismo y criminalidad.

“Las masas gracias a cuya excitación Hitler llegó al poder, deberán seguir siendo excitadas en forma incesante, aún cuando él mismo no exista”, es el pensamiento de Elías Canetti. Estas se deben ver a sí mismas en esa incesante repetición que es la copia de unos a otros, es donde se van exaltando amén de embruteciendo. Debido a ello son necesarios los grandes despliegues como ser los desfiles, la música ensordecedora, las grandes concentraciones, todas manifestaciones camino al pan y circo venido de la antigüedad romana. Y el líder demagogo si bien quiere perpetuarse habrá de asegurarse que sus sucesores, que lo querrán emular, no obstante, jamás sean tan exitosos como él. Pone el acento en su propio narcisismo y no le interesa la continuidad como un bien y un patrimonio de la Nación. Hitler ha sido un cabo insignificante con delirios de grandeza, palaciegos, con mansiones cual templos venidos del Imperio romano o el griego, con columnatas neoclásicas, recintos que contengan a la masa chusma serán sus herramientas en desmedro de los pensantes, intelectuales, religiosos para así, vía el despotismo, perpetuarse en el poder en ese sueño de una Germania de los mil años.

Pero detrás de ese déspota, caprichoso y tiránico habrá un hombre negador de la realidad, no queriendo que se le informe la verdad de las derrotas ni la cantidad de alemanes muertos. A diferencia de Churchill que se mostraba frente a las víctimas de la guerra y arengaba a los civiles para que no perdieran la esperanza junto a un Londres bombardeado, de ahí nos viene su mentada frase de “sangre sudor y lágrimas”. En cambio Hitler, como buen cobarde, tiránico y negador que era, se recluía y no dejaba que le saquen fotos frente a las ciudades bombardeadas y su población hambreada. Sólo se mostraba frente a las masas cuando el entorno era glorioso y triunfante. Debido a ello pensamos que tiene el perfil psicológico de un cobarde miserable, amén de mitómano, entonces nuestra conjetura es que jamás osaría suicidarse sino más huir en la denominada “ruta de las ratas” rumbo a la Patagonia argentina, viviendo en un habitat palaciego pero agazapado como una rata despreciable, cambiando su aspecto, su famoso “bigotito” para que nadie lo reconociera. En cuanto a esta conjetura de haber vivido en la Argentina sigo la tesis del historiador Carlos De Nápoli.

Hitler supo muy bien manipular al pueblo alemán y su concepto de masa. El símbolo de masa para los alemanes era el ejército, rígido, numeroso, “un bosque en marcha” como lo define Elías Canetti. La metáfora del bosque es debido a que alude a la rigidez y la prolijidad del alemán, esos árboles alineados, esbeltos, unidos en una masa compacta. El bosque como herencia de sus antepasados que vivieron en él y que vía el ejército y su rigidez vuelven a él. Para la Alemania nazi, bosque, ejército, masa y obediencia son el signo y el símbolo de su Nación y a este inconsciente colectivo es lo que Hitler con su tiranía supo muy bien captar. Agradeció con emoción y sentido entusiasmo la venida de la Primera Guerra Mundial, siendo que esa Gran Guerra fue la cuna del nacionalismo, pero lo que terminó de sellar su nacimiento fue el Tratado de Versalles pues en él se estableció la disolución del ejército alemán y la prohibición de fabricar armas de guerra en una Alemania vencida.

Fue así como la prohibición del servicio militar, esa tradición de alinear “el bosque” es la que selló el nacimiento del nazismo. El partido nazi viene al lugar del ejército, ese pueblo sumiso, obediente y alineado que precisa de ser dirigido por un líder de masas. Para un alemán la palabra Versalles era sinónimo de la prohibición del ejército, hecho que le era imposible de concebir como Nación. Tener un ejército era honrar la memoria de los padres de la tradición alemana y prusiana, sin él era como no tener religión, de allí que Hitler se instala como un nuevo Dios y aporta una nueva religión.

Versalles no sólo es el nombre de ese Diktat para los alemanes sino que fue el lugar de residencia del rey Luis XlV, palacio que él construyó en las afueras de París. También fue el soberano que más humilló a los alemanes, incorpora Estrasburgo y su catedral a Francia, región que pertenecía a los alemanes, sería la zona de la Alsacia, amén de que destroza el palacio de Heidelberg, ciudad que luego sería cuna de las mentes más destacadas de la cultura alemana con su universidad.

Hitler en su afán de una Germania de los mil años hace de Versalles la causa de una guerra camino a la victoria. Aparece el Tercer Reich con sus saludos de Sieg Heil, Heil Hitler y se emplea como símbolo del nazismo la cruz gamada. Dirá al respecto Elías Canetti, Premio Nobel en 1981 en su libro Masa y Poder, “su efecto es doble: el signo y el término. Ambos tienen algo cruel. El signo tiene algo de dos horcas torcidas, amenaza al observador de manera un tanto traicionera, como si quisiera decir: espérate, te asombrarás de lo que aún colgará de aquí. Desde el momento que la cruz gamada contiene un movimiento rotatorio, también el es de índole amenazadora: recuerda los miembros rotos de aquellos que antes eran atados a las ruedas. Reúne una amenaza de crueles castigos con alevosa capciosidad y una disimulada advertencia a la disciplina militar.”   

Surge así con todos estos símbolos una nueva Alemania camino a la militarización, camino a erradicar a los judíos, rumbo a la eutanasia para deshacerse de los inservibles que infestan la pureza aria, camino a las cámaras de gas que estaban pensadas desde el comienzo y que nadie quiso leer entre líneas el deseo fervoroso de su Führer asesino y también el nacimiento de un mito, que si bien viene de la Edad Media, ahora reforzado, del judío como usurero, al que se lo culpa de la inflación en la Alemania post guerra, el judío como el “malo” pero que sabe manejarse muy bien con el dinero cuando nadie ya sabía como hacerlo entonces, se lo va a responsabilizar de las debacles mundiales, argumento aún vigente por los nuevos antisemitas. Siendo así, a esos “bichos” había que matarlos, exterminarlos cual una plaga donde nos resulta impensable que el pueblo alemán haya tolerado y adherido pasivamente a tal masacre. El gran argumento como causa de tal obrar es que culparon a los judíos de la gran inflación en Alemania donde el marco se hundió hasta una billonésima parte de su valor. Fue debido a esa inflación que motivó el fenómeno de masas donde culparon a los judíos de toda Europa de ese debacle económico.

Tenemos así dos sobrevivientes de Auschwitz, Primo Levi y Jean Améry. Uno italiano, el otro austríaco. Améry se suicida en un hotel de Salzburgo en 1978 abriendo una llave de gas, Levi en 1987 arrojándose por la escalera de su casa en Turín, ninguno de los dos pudo curar “la crisis del alma” a pesar de que ambos dejaron su testimonio por escrito, no obstante no alcanzó a sanar ni cifrar tanto dolor. A diferencia de Elie Wiesel que provenía de una familia religiosa, ninguno de los dos, Améry y Levi eran religiosos pues venían de familias asimiladas. Las leyes raciales discriminatorias les recordaron su origen. Mussolini las decreta en Italia en 1938 y Hitler en 1935. Se volvieron judíos por obligación, por la marcación y la mirada persecutoria del otro, motivo por el cual terminaron ambos hacinados en Auschwitz. Ambos eran ateos por convicción filosófica y dada la experiencia vivida llegaron a la conclusión de que Dios no puede existir en un mundo que ha engendrado un Auschwitz, que este Dios no hizo nada, dejó que criaturas se encaminaran a las cámaras de gas, argumento que da cuenta de su no existencia el cual comparto plenamente.

Nos importa la escritura de ambos por el gran esfuerzo que hicieron por dar cuenta de lo improferible, de mostrar todo el mal que un hombre es capaz de infligir a otro de manera nunca antes realizada y es en ese sentido Auschwitz que inscripto como la ruptura de la civilización del siglo XX marcará una nueva orientación de la humanidad, de su obrar inclasificado y que por ende ha entrado como un nuevo Paradigma de Mal, y cuando se dice paradigma significa que cualquiera lo puede emular, repetir y mejorar.

El gran peligro es que Auschwitz sea relatado o recordado como un hecho histórico más. Debido a ello rescatamos una y otra vez los testimonios de los que estuvieron allí, que tanto su relato oral como escrito sea un no olvidar, una no banalización y que represente a cada uno de nosotros, siendo que las víctimas de ese horror den cuenta de la memoria de toda la sociedad dado que la memoria, su relato tenga una función redentora, de no olvido y a la vez, que imponga un Nunca Más, pues el Lager no fue un accidente casual, sino un cálculo armado, pensado y llevado a cabo por humanos de una condición nunca antes vista como tal.

Auschwitz fue un agujero negro de la historia, una barbarie inigualada hasta el presente. Sus crímenes fueron anónimos, sin sujeto y sin testigos, pretendiendo ser una guerra contra la memoria dirá Primo Levi, y es contra ese olvido, a que no acontezca, que se escribe de forma desafiante, desesperada, con apremio, una y otra vez.