“Esto marcha y cada día se ofrecen mayores motivos de esperanza”, (21 de julio de 1944, Ana Frank (foto).
Esa mañana como todas las mañanas subió a su escondite predilecto, al altillo, ahí en lo alto, lo más alejado de ese mundo hacinado que debía compartir diariamente con tantos otros entre esas cuatro paredes.
Al subir todo se transformaba. El mundo por un instante se le hacía otro. Se sentía como cualquiera de esas niñas que espiaba desde su rinconcito solitario, capturando ese pedazo de cielo que por ahí se filtraba.
Las palomas la habían descubierto y diariamente venían a cobrase su pedacito de pan por hacerle de compañeras de juego a esa solitaria criatura.
Pero esa mañana de agosto, particularmente el sol estaba tan radiante que desplegaba con más fuerza sus alas sobre el viejo canal. Es así como Hanna se arriesgó un poco más, no le alcanzó con verlo brillar desde el solitario altillo. Esta vez atrevió a asomar su negra cabellera que fue desperezando lentamente por la ventana de la claraboya. Desde allí en lo alto sintió como se filtraban todos los olores que transitaban por su querido canal. Reconoció el de los tulipanes, los pescados que en esa esquina el viejo Karl vendía, el olor a repollo que salía de alguna chimenea, la cerveza de las botellas apiladas en los tachos de basura. Todo un mundo transitaba frente a ella que desde su discreta ventana solía espiar.
Y mientras recorría extasiada el mundo que por tan poca cosa se le había ampliado, siente por primera vez sobre sí un par de ojos maliciosos que la sorprenden en esa infantil travesura. Digo maliciosos, pues al toparse con los de ella, ve reflejada la sorpresa y la burla de esos ojos incrustados en la cara de la Sra. Elfride y ahora sobre ella. Esa vieja cascarrabia que solía trabajar en la fábrica de su padre antes de que la vida se le haya reducido a ese apretado escondite.
Esos ojos le hicieron recordar su inmensa casa de blancas paredes, con la habitación para ella sola pues Margot tenía la suya. El colegio donde se adentraba en la aventura cotidiana de aprender cosas nuevas. Recordó también cuando sus padres reían y la casa desbordaba de la generosidad, la de ellos, en una marcada hospitalidad por las incontables reuniones. Cuando pensaba que su vida siempre habría de ser como en ese instante, atrapado allá en el tiempo entonces, nunca terminaría de entender que fue lo que pasó para que todo cambiara, para que su vida pendiera de si esa puerta escondida tras la biblioteca fuese descubierta o no por algún observador sagaz, indiscreto.
Pero ese día, la tontería de su entusiasmo hizo que todas las esperanzas quedaran reducidas a nada.
Bajó lentamente, y sin decir nada a nadie, su puso a escribir en su diario como todos los días, no sin antes leer lo que primero en él había escrito y que leía como un talismán de la buena suerte antes de agregar alguna nueva palabra. Leyó: “Espero poder confiártelo todo como no he podido todavía hacerlo con nadie; espero también que serás para mí un gran sostén”`.
Ninguno percibió su profunda tristeza y aquel terrible secreto que la atormentaba. No se atrevió siquiera a contarle a su padre lo que allá arriba le había sucedido. Y mortificada por esa inesperada mirada comenzó a escribir:
Agosto 2 de 1944
Hoy es un día radiante, en un agosto distinto al anterior. En este día pareciera
Las palomas como siempre vinieron a saludarme. La Sra. Elfride también estuvo como en los otros tiempos hecha una “cascarrabia”. Sus horribles ojos negros me sorprendieron cuando…...
Dos días después, la SS entraba en el escondite secreto. No dudaron ni por un instante de que alguien no estuviera en algún lugar de ese edificio de dos plantas, escondido, burlando la sagacidad nazi. Es más, sabían incluso que se trataba de la familia Frank.
A los restantes que también allí hallaron, fueron una verdadera sorpresa para sus verdugos. La voz anónima de una mujer que los advirtió no pidió nada a cambio. Dice que lo hizo de “puro patriota”.
Todos sus desesperados moradores fueron deportados al campo de exterminio de Baden Baden. Ninguno volvió con vida.
Hanna y Margot serían separadas de sus padres y morirían de cólera en marzo de 1945, a tan sólo dos estúpidos meses de que la guerra finalizara.
Ante el descuido y la sorpresa por la irrupción de esos oficiales, el diario de Hanna fue rescatado por la mano anónima de una mujer que se apiadó de la situación.
Hoy, 2 de agosto de 1954, ya pasados diez años de aquel trágico episodio, fecha en que las autoridades holandesas decidieron hacer de aquel refugio un museo histórico, una multitud quedó reunida frente al pequeño busto de la joven escritora. Hay autoridades, funcionarios, gente toda conmovida por aquella enigmática atrocidad.
De la familia Frank sólo el padre ha sobrevivido a la masacre. Está parado en silencio frente a lo que allí acontece. Escucha sin oír el solemne discurso de palabras hechas, que no le dicen nada, que no le habrán de devolver a su pequeña Hanna, ni a Margot, ni a su querida esposa.
Y en medio de aquella intensa emoción, nuevamente una mano anónima se desliza entre el gentío y deja caer a los pies del padre el diario de tapas rojas que fuera de su hija.
Enmudecido y perplejo lo toma, y lentamente va recorriendo sus páginas sin seguir orden ninguno. Lo abre finalmente en la última hoja y lee: Elfride también estuvo como en otros tiempos...
Al levantar sus ojos, esos tristes ojos negros ya cansados de tanto ver, su mirada se detiene en el rostro de una mujer desconocida.
Su aspecto desaliñado parecía ser de una pordiosera. Sus cabellos denotaban un prematuro encanecimiento, y sus ojos le llamaron la atención por lo desorbitados y maliciosos.
Esa máscara loca no la conocía, pero algo como por detrás de ella, algo en la mirada, lo llevó a buscar y reconocer su posible rostro en otros tiempos.
La memoria empezó a recorrer en forma desenfrenada caras, historias, personajes allá lejos de historias pasadas. Hasta que finalmente se detiene en la palabra “cascarrabia”, y entonces sí, grita con toda su voz: Elfride.
La vida quedó detenida en el instante de esa palabra y allí comprendió que había sido ella, sólo ella la que por nada le había arrebatado la vida. No podía entender tanta maldad.
Se le acercó sin prisa, pensando, midiendo palabra por palabra lo que le iba a decir. No se podía permitir ningún desenfreno, ninguna injuria. Sólo se dignó a decir: “Mi hija murió en un instante, a usted le llevará toda una vida su muerte, le deseo una lenta agonía”.
A la fecha de ese mes de agosto del año 1954, la vida sería generosa con Elfride, a la que aún le quedarían otros treinta años de una insoportable existencia.

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