Las elecciones ya pasaron a la historia y entramos en la etapa de armar la coalición. Luego vendrá la apertura de sesiones de la Knéset y la designación de los ministros. Mientras tanto, las papas que los políticos de la coalición dejaron cocinando a fuego lento, empiezan a quemarse y el humo se va haciendo más espeso.
El intento de barrer debajo de la alfombra los temas más espinosos que estaban sobre la mesa, para adormecer al electorado, fracasó por completo.
Los ciudadanos con su voto expresaron, sin lugar a dudas, que la protesta social, el reclutamiento igualitario, el precio de la vivienda, el proceso de paz, la pesada carga que recae sobre el sector productivo mientras que otro se dedica, supuestamente, a estudiar, son los asuntos que queman.
Ya no es posible ocultar los problemas o pasarlos de nuevo a interminables debates de comisiones. El público le dijo al partido de gobierno que está desconforme, por más que sus líderes prefieran referirse solamente al “logro” de ser la mayor bancada sin reconocer, con valentía su fracaso después de perder un cuarto de sus bancas.
El otro gran fracaso pertenece al Laborismo. Las encuestas hace un mes señalaban que obtendría más de 20 escaños y en la práctica llegó solamente a quince. Ahora no basta co refugiarse en el hecho que sus rivales le restaron votos. La ciudadanía no va solamente detrás de frases publicitarias sino que espera definiciones ideológicas y planes de acción concretos, algo que Shelly Yachimovitz no supo, o no quiso, revelar.
Sepan desde ya los grandes perdedores de estas elecciones: si se conducen en este período de la misma manera, en los próximos comicios, recibirán un castigo mucho mayor.
En el otro lado de la balanza, los vencedores tendrán la obligación de justificar ante su electorado la confianza que recibieron.

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