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Publicado 14/12/2012 03:53
Opinión
Hacia el enfrentamiento civil en Egipto
Prof. Antonio Hermosa Andújar, Sevilla



Deslumbrados quizá por la novedad, nuestros reflejos no supieron resistir los embates de la inercia y cedieron el terreno con demasiada facilidad a nuestros deseos; pero el espectáculo de masas árabes clamando por trabajo y libertad en lugar de por más islam, y de dirigir la rabia que era el ariete de su frustración contra su propia dirigencia en lugar de contra los demonios habituales, Occidente e Israel, partes de un único y mismo todo, nos hizo ceder a la vanidad de la memoria histórica y recordar la importancia de Francia en la fundación del actual Estado de Egipto en el siglo XIX o del experimento liberal vivido entre las décadas de 1920 y 1940; o bien ceder a la credulidad de que la fuerza endógena del impulso democrático había cobrado vida propia en el mundo árabe, había construido una fortaleza con las palabras y los actos de los manifestantes en Túnez, Egipto, Libia incluso; y aunque dicha fortaleza hasta inspiraría a las degradadas democracias occidentales y las impulsaría a renovarse, a rescatar de la hoguera sagrada de sus orígenes y de algunas de sus llamaradas posteriores ese foc de llibertat del que hablara Salvador Espríu, que la riqueza no puede comprar ni el tiempo envejecer.
Soñando sueños ajenos para no dejarnos engañar por los nuestros, casi llegamos a olvidar que más allá de la cortina de libertad con la que los manifestantes aislaban el paladio de la Plaza Tahrir -el centro espacial que prefiguraba su mundo futuro, en el que la ciudadanía al completo de ese nuevo Estado practicaba la democracia- del resto de Egipto, el viejo mundo, integrado sociológicamente por una baja clase media y el amplísimo estrato de pobres, mantenía sus empalizadas enhiestas, y que, embozados para que sus ojos no descubriesen sus intenciones, los guerreros musulmanes de profesión y vocación depositarios de las creencias de aquéllos, a los que el número garantizaba el poder, afilaban sus armas para combatir desde el trono al nuevo enemigo.

La mano izquierda ignora lo que hace la derecha
Pero también ese nutrido y en cualquier caso mayoritario ejército de liberticidas soñó mal sus sueños. En efecto, la revolución simbolizada en Tahrir había sido en esencia una revolución social, por muchas y capitales que fueran sus repercusiones políticas; había trastocado una gran parte de los cimientos de la sociedad egipcia en sus luchas contra el faraón, y aun cuando logró deponerle del trono nunca tuvo acceso a él. Los Hermanos Musulmanes y sus actuales aliados salafistas, tantas veces enfrentados entre sí -a veces directamente, por cuestiones meramente religiosas; otras indirectamente, merced a la mediación de Mubarak, titiritero de los segundos contra los primeros-, para entonces ya habían aprendido lo útil que es saber contar aunque sea de letras, y estos enemigos jurados de la democracia se pasaron en masa al enemigo sin abjurar de su docta religión, tan santita ella que puede juntar a un califa con un imán en una sola persona y hacer que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha por la gracia de Alá, o sea, por lo graciosos que son quienes también por estos pagos teológicos hablan en nombre de la divinidad: ponían así, simultáneamente, una vela a dios y otra al diablo, los dos númenes tutelares de toda religión monoteísta, siendo el número la cortina de humo bajo la que ocultaban el maridaje entre su ateísmo político y su blasfemia religiosa. Ellos sí podían, contando con los dedos, completar políticamente la revolución social democrática… aunque para ello tuvieran que pactar con la versión local egipcia del diablo, a saber, el Ejército, garantizando la exculpación de todos sus crímenes. Así que, adelante con las elecciones democráticas.
Y en ellas, como se esperaba, salió a relucir el Egipto real, y los Hermanos Musulmanes y sus correligionarios enfrentados se repartieron la tarta del poder una vez hecho el recuento de votos. Ahora tocaba decidir.
A decir verdad, eso es sólo una parte del proceso de gobernar, pero visto lo visto, esto es, visto el quehacer de Morsi, el actual presidente de la república egipcia, ambas cosas se identifican entre sí, y con hacer lo que al Ser Supremo venga en gana después. Sin cualidad, el número gana y la voluntad que representa al número

hace y deshace a su antojo, ya se sabe, como cualquier déspota no democrático. Por eso la gobernabilidad democrática no sabe prescindir de la cualidad democrática, es decir, de los derechos humanos y de una determinada organización del poder que le acompaña, una trama que engloba derechos individuales inviolables y procedimientos obligatorios, junto a instituciones que se reparten el ejercicio del poder.
A Morsi, que ya tuvo bastante con contar los votos no se le puede pedir, hermano musulmán como es, que siga contando, razón por la cual ha eliminado del gobernar todo cuanto no sea decidir y confunda esto con lo que quiere aquí y ahora, sin que ni tribunales, ni instituciones ni derechos puedan ofrecer garantías contra esa omnímoda voluntad.
Y, por si fuera poco, sus ovejas han hecho y aprobado una Constitución de más de doscientos artículos en un cuarto de hora, lo que permite apreciar las grandes preocupaciones de la mayoría por las minorías, de los religiosos por los laicos, o incluso por los de otras confesiones no mayoritarias, y, en suma, el gran espacio en ella concedido a la discusión, al pluralismo, a la tolerancia y a la integración de las diversas fuerzas sociales en unas mismas reglas de juego válidas para todos. Una vez más me parece oír aquí las terribles palabras de Samir Kassir al hablar de "la enfermedad árabe".

Intento de implantar el fascismo islámico en Egipto
Pero seamos sinceros. Ese defecto de legitimidad que desde ya marca la titularidad y el ejercicio del poder en Egipto, puede deberse o no a la grotesca singularidad de un narciso más que se enamora de sí mismo al verse reflejado en un espejo con todas las insignias del mando. Pero, en cualquier caso, acabe o no convertido en califa y levante en sus manos el báculo y la espada cual nuevo leviatán, y rompa así una tradición que en el país de los faraones es casi milenaria, lo cierto es que dicha forma de comportarse es totalmente congeniable con el Islam, y que al final ni Alá ni sus muchachos le van a pedir cuentas por ello.
Por mucho que sus agoreros prodemocráticos lo juzguen más o menos conciliable con la democracia, no es sino un enemigo nato de la misma, y cuando alguien quiere aducir el ejemplo turco -una república democrática de fe islámica- como argumento legitimador, la respuesta no es mucho más halagadora, porque en la medida en que Turquía se organiza y actúa en base a instituciones democráticas (dejo de lado hasta qué punto es realmente así), en esa misma medida se está descoranizando mal que le pese a sus fieles o a quienes la predican como ejemplo.
El resultado de ese intento de Morsi por convertirse en un tirano más, y de sus partidarios por degradar la Constitución a arqueología política; vale decir, el resultado de este intento de implantar el fascismo islámico en Egipto por parte de estos siervos de la gleba religiosa que hoy dominan numéricamente la sociedad ha sido el enfrentamiento contra la otra parte, ordenada tras el pabellón de la libertad y que no está dispuesta a dejarse abatir por el contubernio fascista conformado por la autoridad presidencial y su batallón de seguidores.
Unos acusan a Morsi y familia de defender la "dictadura", mientras éstos proclaman que lo que en verdad hacen es "defender el Islam". ¡Y los dos tienen razón! Los demócratas critican la dictadura islámica que avanza magnis itineribus, en tanto los islamistas aspiran a imponer su ideología dictatorial, en la que caben numerosas variantes institucionales, frente a los demócratas.
¿Aprenderán los demócratas de Egipto que el Islam, la tradición cultural más importante de su país, es al mismo tiempo el peor enemigo de su voluntad de renovación; y, aún mejor, lo aprenderán sin que haya baño de sangre de por medio? ¿Correrá dicha enseñanza por otras regiones árabes? ¿Y qué hará la comunidad internacional, ceder una vez más a la tentación del realismo en la arena internacional, a la Realpolitik o a la razón de Estado, en lugar de defender a la humanidad tomando partido por los derechos humanos y la libertad de los demócratas egipcios?
De lo que caben cada vez menos dudas es de que sobre la primavera árabe ha caído, gélido, el invierno musulmán.



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