No pienso que exista quien crea que las conversaciones de paz con los palestinos pueden llegar a feliz término. Así como se presenta el panorama político del Medio Oriente, la paz entre palestinos e israelíes no pasa de ser una meta inalcanzable. Hasta me atrevo a asegurar que los delegados de las partes lo saben antes de sentarse a discutir. El único valor que se le pueden dar a los esfuerzos para llegar a un acuerdo, es dilatar y seguir dilatando lo que más se pueda el estallido de la violencia. Nada más que eso.
Los palestinos no aceptan las fronteras que Israel les ofrece y los israelíes las que los palestinos les exigen. Todos los demás puntos son negociables y factibles de solucionar. Pero Israel nunca aceptará volver a las fronteras existentes antes de la guerra de los seis días, simplemente por razones de seguridad. Mientras Israel no confíe en la paz que le pueden ofrecer los árabes, no puede bajar la guardia. Y la paz que los árabes ofrecen, no es la paz de todos los árabes, es la paz de un débil grupo sujeto a la influencia de poderosos grupos radicales vecinos, que no han cambiado su manera de pensar, que mordidos con el veneno de su tradicional antisemitismo, siguen convencidos que Israel es un intruso en la zona.
En ningún momento descuidar la defensa
También así es posible la paz en el Medio Oriente, una paz que, aunque forzada y artificial, el pueblo de Israel sabrá apreciar mientras espera tiempos mejores. Esperanzas no le faltan al pueblo de Israel. Siempre las tuvo. Las tuvo no en vano durante siglos de diáspora. Las tiene hoy soñando en una paz justa y duradera, que bajo un diáfano cielo sin obscuros nubarrones de guerra, cobije de esos horrores a su pequeño país. Tampoco esta vez será en vano.

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