La operación militar en la Franja de Gaza, que Israel llevó a cabo en diciembre de 2008 y enero de 2009, despertó en todos los rincones del mundo occidental y oriental una ola de boicots a Israel sin antecedentes.
Desde el sindicato de portuarios suecos, organizaciones de estudiantes universitarios estadounidenses, partidos y diferentes organismos afiliados con la izquierda latinoamericana, y cientos de otros destinos en el mapa mundial donde poco y nada saben del conflicto y de los motivos que llevaron a la ofensiva militar en sí, se convirtieron las protestas, marchas y boicots a Israel, en una yerba popular fácil de fumar.
Luego, a medida que las negociaciones indirectas de paz entre israelíes y palestinos no avanzaban en ninguna dirección, la Autoridad Palestina decretó un boicot a aquellos productos israelíes que fueran manufacturados en asentamientos judíos en Cisjordania.
Hoy, Israel, enfrenta otro tipo de boicot. Uno más complejo. Uno muy difícil de resolver, de saltear e, incluso, difícil de ignorar.
El boicot cultural sobre la ciudad de Ariel, ubicada más allá de la llamada “línea verde”, no hace más que revivir una llama que nunca se apagó del todo en el seno de la sociedad israelí: los territorios ocupados en 1967.
Ya es más de medio centenar de actores y distintos profesionales del teatro israelí, los que se niegan a actuar frente al público de Ariel, donde se anunció una serie de espectáculos en celebración de la apertura
“Los colonos y los asentamientos no es algo que me divierta y yo no quiero divertirlos a ellos”, declaró Yousef Sweid, miembro del elenco de una obra que se representa en el Teatro Nacional Habima de Tel Aviv.
Israel es un país democrático, donde la libertad de acción y de expresión siempre se juzgan con una lupa más que permisiva. Si vamos a ser honestos, la diputada Hanin Zohavi, no podría expresarse con tanta libertad en la Gaza que tanto defiende, ni podría seguir ocupando su cargo luego de haber participado en una actividad similar a la de la flotilla turca, si esto hubiera ocurrido en cualquiera de nuestros países vecinos.
Pero volviendo al boicot cultural sobre Ariel, que ha recibido el apoyo de escritores e intelectuales de gran renombre, como A.B. Yehoshúa, Amos Oz, David Grossman y Sami Mijael; hay que tener en cuenta que se está boicoteando una idea, la llamada política de ocupación.
Cabe resaltar que Ariel, así como Maalé Adumim y Gush Etzión, son los tres grandes bloques de asentamientos que tanto el lado israelí, como el palestino, concuerdan en que quedarán bajo la soberanía de Israel como parte de cualquier acuerdo.
Cabe resaltar, también, que muchos de quienes realizan el boicot al que están en su total derecho de hacerlo, son empleados de los teatros públicos, subvencionados por el mismo Estado que subvenciona el Teatro Habima.

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