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Publicado 15/04/2010
Opinión
Al cumplirse un nuevo aniversario de la Independencia
Occidente: 62 años de espaldas a Israel

Autor: Diego Martínez *



Antisemitismo y poder mediático
A principios de agosto del pasado año publicaba en esta misma sección un comentario en el que venía a decir que desde antes de su creación como Estado, ya se apreciaba una campaña contra Israel. Una estrategia iniciada, precisamente, por aquellos que apoyaron su constitución y que ahora, con el paso de los años, se dicen mentores de la llamada cultura de las civilizaciones, pero la realidad descubre que es la antítesis de esa pretendida cultura. ¿Por qué lo de anti Israel? ¿Se escenifica así simplemente el conflicto palestino? No. La estrategia tiene un fin de intereses económicos y geoestratégicos, y su objetivo no es otro que mantener e incrementar la tensión en Oriente Medio. También es fruto de una funesta lógica mediática, de la escasa o desapercibida existencia de información alternativa o de la alarmante connivencia de la opinión pública. Póngase el acento que se quiera.
Y todo esto se intensificó más desde el mismo día de la Declaración de Independencia de Israel, el 14 de mayo de 1948. Aquel principio: “Eretz Israel (Tierra de Israel) fue el lugar de nacimiento del pueblo judío. Aquí toma forma su identidad espiritual, religiosa y política. Aquí obtuvieron por vez primera un Estado, crearon valores culturales de importancia nacional y universal y aportaron al mundo el Libro de los Libros”, fue algo efímero. En menos de 24 horas, los ejércitos regulares de Egipto, Jordania, Siria, el Líbano e Irak lo invadieron, forzando a Israel a defender la soberanía recién recobrada en su patria ancestral.
Una acción, por cierto, que no tuvo la respuesta adecuada de un Occidente que velaba más por sus intereses que por el destino del nuevo Estado. Y al atacar al país israelí, el mundo árabe creó no uno sino dos problemas: el de los árabes que salieron de Israel y el de los judíos que abandonaron los países árabes. Además, algunas de las comunidades judías llevaban asentadas en aquellas tierras muchísimos años antes del advenimiento del Islam. Ni ellas ni ningún otro grupo de hebreos -cito a Julián Schvindlerman- representaban la más mínima amenaza para el poder político, ni mucho menos a la existencia de los respectivos Estados, ni a un desafío económico, ni nada por el estilo. De hecho eran contribuyentes netos de esas sociedades. Se fueron dejando tras de sí una rica historia que era antiquísima: en algunos casos, milenaria.
La historia del pueblo judío es un verdadero éxodo, aunque algunos lo nieguen, igual que negaron el Holocausto. Antes de la creación del Estado israelí, gran parte de los emigrantes judíos (la mayoría de la diáspora europea) llegaron a Israel en la primera mitad del siglo XX. Era una mirada que volaba entonces por una Europa convulsa, en la que vivían millones de judíos.
Era también vísperas del comienzo del horror. El antisemitismo ganaba espacio, incitado por los sectores más extremistas de un nacionalismo perverso que emergía en algunos países, estimulado por la llegada al poder del Nacional Socialismo en Alemania. Fue el principio

de ciertas leyes que obligaban a ajustar la población estudiantil de acuerdo con la población de habitantes de una raza o comunidad en la población general. Le siguieron las leyes anti judías, basadas en las sanciones de Nuremberg, los traslados de “todos los hombres judíos sanos” a campos de trabajo, los guetos, las deportaciones masivas a Auschwictz. Más tarde, el silencio. Silencio largo, por cierto, de las grandes potencias en todo lo relacionado con el pueblo judío.
Los años de construcción del Estado se vieron enturbiados por serios problemas de seguridad. Los acuerdos de armisticio de 1949 no solamente no abrieron el camino hacia la paz permanente, sino que fueron constantemente violados. A los bloqueos del Canal de Suez, al impedir el paso de barcos con destino a Israel o que habían zarpado del nuevo Estado, y del Estrecho de Tirán, se multiplicaron las incursiones terroristas a Israel desde los países árabes. Este terrorismo árabe-palestino, que se inició décadas antes de la Independencia de Israel, continúa hoy.
Precisamente, la fundación de la OLP en 1964 colocó a esa organización a la cabeza de la acción terrorista. Y lejos de cumplir el compromiso asumido por los palestinos en 1993 de renunciar a este tipo de acciones, sentando así las bases del proceso de paz palestino-israelí, los ataques continuaron. Ahora las acciones vienen de las organizaciones extremistas Hamás y Hezbollah, con el apoyo de Irán y Siria, países que son, a su vez, armados por las potencias occidentales. No parece en cambio demasiado razonable explicar estos hechos recurriendo a la retórica, la del victimismo del pueblo palestino, un término excesivamente ideologizado y cada vez más ajeno a la realidad. Israel es un Estado permanentemente amenazado y que tiene absoluto derecho a existir y, como cualquier otro Estado, derecho a la defensa propia.
Pero existe una estrategia que presenta a los palestinos como el pueblo oprimido. Y el oprimido, a la vez que odia, envidia al opresor inconscientemente: porque sólo ha conocido la propia bondad “maltratada” y la maldad “triunfante” de quien le oprime. La necesidad de no olvidar, en relación al Holocausto, es otro de los argumentos que no se sostienen de la campaña anti israelí, en una confusión de la historia y de las propias raíces del pueblo judío.
No se pueden omitir cuáles fueron los cimientos de lo que hoy es el Estado de Israel, cómo se fraguó su construcción y quiénes han sido sus principales actores. Y cómo el movimiento mediático intervino en el conflicto de Oriente Medio. Porque nunca como hoy, los grupos de poder se dieron a la tarea de manejar medios de información para desestabilizar esquemas que perturban sus intereses más concretos. Es el montaje de un Occidente incoherente.
Sin embargo, en todo lo relacionado con lo anti israelí, hay que reconocer que lo están haciendo de manera tan recurrente, y a veces tan obvia, que la manipulación de la información ya no pasa desapercibida. Y en estos 62 años de su vida independiente, Occidente sigue dando la espalda a Israel y permanece silencioso ante el crecimiento del antisemitismo.
(*) Diego Martínez es periodista español.

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Comentarios
1. Excelente Diego
Autor: Diana
2. AHORA ESTOY SEGURO
Autor: DANIEL OR
3. GRACIAS
Autor: Chana Marechal
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