Mirar hacia atrás es un gesto peligroso. Sin embargo, para saber dónde se va hay que saber de dónde se viene. No puedo asegurar que la Historia sea reiterativa, o pendular, o simplemente inaccesible. Sí sé que no se trata de un libro que abarquemos con nuestras manos y hojeemos. Se trata de algo que hacemos sin saberlo, formando parte de ella; en la misma medida, por lo menos, que forma ella parte de nosotros. Y sé también que cada pueblo es una historia mínima, construida con los mismos capítulos: una historia, a ciegas y no escrita, que (esa sí) no se repetirá jamás.
Cada pueblo, como la Humanidad, es un ``continuum'' constelado de cicatrices de heridas que ni siquiera ha recibido aún.Durante cientos de años, y desde la primera década del siglo XX, muchas sociedades (países) han manipulado, hasta sus últimos rincones, la vida de un pueblo para imprimirle una huella de identificación adversa, o quizá simple y desgarradamente para seguir marginándolo.
Por eso surgió el nacimiento del sionismo como elemento unificador. Fue el que adquirió el inicio de la ``vuelta'' a Palestina de las generaciones de judíos de la Diáspora. Y aquel mensaje: ``El año que viene, en Jerusalén'', del profeta Isaías unos 700 años a.C., sigue vigente. Es la consigna del pueblo judío: una fuerza milenaria que comenzó a tener valor político a finales del siglo XIX, que cuajó con la proclamación del Estado de Israel en 1948 y que vive aún hoy una considerable angustia dentro de una zona ensangrentada y en continua agitación. Mucho dolor, muchos muertos, propios y ajenos: una historia cruel que es parte de la historia de los siglos. Está sin dirimir.
Con frecuencia se ha dicho que 1948, año de la creación del Estado de Israel, era el de una nueva era para el pueblo judío. En él desembarcaban ideas y fuerzas históricas de signo fuertemente contradictorio, pero acabaría precipitando primero la división de Occidente, y posteriormente el odio y la guerra. Conflicto que no ha cesado.
Parece difícil imaginar cómo la confianza de la comunidad internacional, propia seña de identidad de libertad y democracia, el sentimiento mesiánico de algunos países y la eclosión de tensiones étnicas, acabarían encontrándose en el origen de una guerra después de haber recorrido caminos difíciles.
Claro está que los motivos que llevaron a una parte de los países occidentales a críticas (después de aprobar) la creación del Estado de Israel tuvieron, sin duda, un peso importante de la actual situación en la zona. ¿Por qué nos desgranamos la cabeza? ¿Debemos, acaso, tomarnos alguna vez la honestidad de eludir tales episodios? Jamás, en detalle de lo ocurrido.
No obstante, creemos saber lo suficiente para afirmar con absoluta certeza que las causas no
Cuando Kafka murió (1924) había en el mundo 15 millones de judíos, la mayor parte de ellos en Europa, también en la Diáspora. Vivian cada día la sensación del exilio: formaba parte de su vida cotidiana y de su lamentación. Después de las discriminaciones, persecuciones y el Holocausto, y cuando todo parecía tener solución, la actuación de un Occidente dependiente contribuyó de manera decisiva a los problemas ya existentes hoy en la zona.
En esa estrategia, el pueblo judío de la Diáspora ha sido utilizado (o forzado) por Gran Bretaña y por Estados Unidos con finalidades de política imperial para controlar los productos del petróleo, el Canal de Suez y el Mar Mediterráneo.
La política de la comunidad internacional para la zona ha provocado, además, un éxodo no previsible: la salida de colectivos árabes de Israel y el casi millón de judíos que tuvieron que abandonar los países árabes donde estaban asentados desde hacía siglos. Algo que suele omitirse cuando se habla de los asentamientos judíos en Palestina. Una vez más, la política mediática occidental contribuye a avivar el conflicto con informaciones inciertas. Como tampoco se menciona el hostigamiento sufrido por los judíos en estos países árabes.
En esta sucesión inacabable de acciones anti judías, un Occidente hipócrita se encarga de dirigir la gran sinfónica de todo aquello que suene a Israel. No es extraño que la alegría producida por los nuevos modos de vida en 1948 se manifieste ahora desordenadamente.
Desaparecido el desequilibrio por el que la comunidad internacional apoyó la creación del Estado de Israel, su actual ``mediación sesgada'', sin examen de conciencia, avivan el fuego de organizaciones que, por otra parte, estaban y están en las listas de ese organismo como terroristas.
Porque, a fin de cuentas, para las grandes potencias, las que controlan una comunidad internacional arcaica, por no decir decadentista, sólo hay blanco y negro, bueno o malo. Y Oriente Medio, con un conflicto permanente, se divide en rufianes y héroes, formas decadentes o eternas, siglos de incertidumbre y milenios de gloria. Pero con un posicionamiento claro a favor de aquellos a los que presentan como víctimas de una operación diseñada por esa comunidad. La misma que, con su pasividad, ayudó al destierro y cerró los ojos cuando se sometió al yugo al diabólico judío.
Israel es, pues, objeto de esa cruzada del Occidente democrático contra su pueblo: ahora convertido en ``infiel''. Esperemos que la festividad de Pesaj traiga la libertad y la paz deseada para el pueblo israelí y sensatez y claridad para la comunidad internacional.
(*) Diego Martínez es periodista español.

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